¿Cómo dejaste aquello?

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Por Ernesto Fumero Ferreiro

Ya hace un par de semanas que regresé de Cuba. Algunos amigos y colegas me han preguntado cómo dejé aquello y la verdad es que no les he podido contar mucho. Una de las razones es que cuando estoy en Cuba no miro mucho aquello sino más bien me concentro en estar con mi familia, conversar y pasar momentos agradables con ellos, resolverles algunos problemas, que mis niñas disfruten un poco del verano, sol y mar cubanos tras el invierno sueco y cosas así. Eso hace que buena parte de mi tiempo transcurra en hoteles, restaurantes, tiendas en dólares, taxis y otros lugares turísticos. Nada de eso tiene que ver en realidad con aquello.

En realidad, he notado que cuando he ido a Cuba siento una cierta apatía por enterarme de lo que sucede, por mirar la sociedad profundamente, en contraste a lo que hago aquí afuera donde casi diariamente me mantengo al tanto de las noticias, me intereso y me indigno. Y no creo que sea solo por falta de tiempo o porque las principales fuentes de información sean los medios oficiales que detesto. Supongo (y digo supongo pues no es nada que haga de forma consciente) que también es que una parte de mí trata de bloquear esa realidad. Si me detuviera a mirar demasiado aquello me sentiría tan mal que no podría disfrutar nada del tiempo que quiero compartir con mi familia. Pero, bueno, ¿de verdad no pude ver nada? No, en realidad hay dos o tres observaciones que puedo compartir.

Si comparo la oferta en las tiendas tengo la impresión que esta vez me fue más fácil encontrar las cosas que yo quería que durante mi visita anterior, tres años atrás. Esto no quiere decir mucho. Además de que no está basado en ningunos números o comparación rigurosa, la oferta de mercancías en las tiendas cubanas no es nada constante o predecible. Un producto puede haber un día y otro no, puede estar abundante durante una época y perderse de un día para otro sin previo aviso. Recuerdo que durante uno de mis viajes le pregunté a mi hermana “¿hay ‘tal cosa’ en las tiendas?” y la respuesta fue: “Yo no sé. Ve a la tienda. Si hay es porque hay, si no, no hay”. En fin, que la momentánea escasez de hace tres años o la momentánea “abundancia” de esta vez pudieran ser fluctuaciones estadísticas y no muestras representativas del estado de la economía cubana.

Otra cosa diferente a tres años atrás era la presencia de los pequeños negocios particulares y vendedores por gran parte de la ciudad. En la mayor parte de los casos en estos lugares fui atendido por gente genuinamente amable, eficiente e interesada en darme un buen servicio. Si obvio el trasfondo de economía de supervivencia o el análisis de la élite cogiéndose los pedacitos buenos del país y dejando las migajas al resto de la gente, me dio esperanza encontrarme con estas personas, probablemente por mi natural admiración por el pequeño empresario, por su espíritu creador y emprendedor (del que yo en gran parte carezco).

Algo que me hizo mirar literalmente aquello, al menos por un momento, fue una conversación con Alicia. Caminábamos por mi antiguo barrio y le preguntaba si me podía imaginar allí de niño. Me dijo que sí, pero me preguntó si las cosas eran igual entonces. Traté de contarle algunas diferencias, pero la más evidente era la que estaba ante mis ojos. El barrio de mi niñez fue construido principalmente en los años 40 y 50 del siglo pasado. Eso quiere decir que cuando yo era niño aquellos edificios y aceras tenían unos 15 o 20 años y se conservaban relativamente bien. Ahora han pasado 40 años más, sin mantenimiento, y el deterioro y la destrucción son evidentes. Una de las cosas que a mí más me duele de Cuba es la destrucción de la riqueza y la belleza que el país había creado durante décadas. Es en el deterioro de las ciudades y de la Habana en particular donde se me hace más palpable.

Por supuesto que durante mi tiempo allá también hablé con mi familia de aquello. En parte contaba cosas de las que yo me entero desde aquí afuera y de lo que ellos tienen muy poca información y en parte ellos me contaban a mí de su vida cotidiana y de las cosas que conocen. Así podía enterarme de casos de corrupción y cosas parecidas. También me contaban explícitamente cosas que ya conocía o sospechaba. Cosas como que la gente (incluso altos dirigentes o ex dirigentes) ya no creen en aquello, pero nadie cree que haya una solución. Que la gente solo se preocupa por sobrevivir y no le interesa meterse en la política por temor o por no creer que dé una solución. Que la gente quería que Chávez y Maduro ganaran, no porque creyeran que fuese lo mejor para Venezuela sino por temor a los apagones de los 90. Incluso la gente podía estar consciente de que esto era pensar a corto plazo, pero el temor a un deterioro de sus vidas y la inseguridad por una mejora a largo plazo les hacía pensar así.

En fin, mis tres semanas en Cuba no me dan mucho para hablar de aquello. Mi mentalidad de científico no me permite generalizar unas observaciones tan limitadas en cantidad, tiempo y espacio. Algunas de estas observaciones me dieron esperanzas, otras no. De todas formas, aquí se las dejo.

***
[Ilustración: Santana].

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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2 respuestas a ¿Cómo dejaste aquello?

  1. Tula Gomez dijo:

    Hoteles, playas, turismo….¡Siá, cará!

  2. Anónimo dijo:

    Lo que mas me gusto es la filosofia de la hermana

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