Entre el mito y la realidad: Hugo Chávez

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«No podía hablar, pero lo dijo con los labios: “Yo no quiero morir, por favor, no me dejen morir”, porque él quería a su país, se inmoló por su país». Según el general José Ornella, jefe de la guardia presidencial del difunto Hugo Chávez, esas fueron las últimas palabras que pronunció el venezolano más famoso de estos tiempos.

En esa postrera declaración del golpista y la subsiguiente interpretación de su edecán es posible separar al ente sobrehumano del hombre de carne y hueso, es fácil trazar una frontera entre la criatura que debía volver al polvo y el cadáver que será exhibido como animal exótico.

El impulso final de Chávez retrata su humanidad: es un hombre a punto de enfrentarse a su condición de mortal. Es un moribundo que siente un miedo atroz. Está rodeado de gente, pero va a morir solo. Por una vez, lo compadezco. Teme porque él, que lo ha hecho (casi) todo —desde dar un golpe de estado hasta no jurar su cargo presidencial—, jamás ha muerto, y lo aterra no saber qué le espera en el más allá, si es que lo hay.

Su súplica quizá no estaba destinada al consumo público, pero su ayudante la reveló, mostrando al Chávez más vulnerable de que se tenga memoria. Si lo hizo a propósito o “se le fue” es lo de menos. Lo que importa es que para contrarrestar el lamento de su jefe, lo interpreta al instante. Donde Chávez dice: “Yo no quiero morir, por favor, no me dejen morir”, Ornella explica sus razones: “porque él quería a su país, se inmoló por su país”. Con esto da a entender que el moribundo en ese instante no está preocupado por su muerte física, ni por privarse ya por siempre de sus seres queridos. No, según la versión de su acompañante, lo que le preocupa es ese pueblo al cual dividió durante catorce años para luego no darle la cara en más de dos meses.

En esta hora fúnebre, uno hace un esfuerzo considerable por no burlarse del dolor ajeno. Luego viene Maduro y anuncia que van a convertir a Chávez en pieza de museo. Ha muerto el hombre. Embalsaman al mito.

No seré yo quien le pida seriedad ni coherencia al chavismo. Si votaron por ese señor ya dieron clara señal de que carecen de ambas. Pero no acusen a sus detractores de tirar a relajo al difunto. Lo tiró a relajo quien tomó la decisión de embalsamarlo. Lo tiró a relajo quien reveló su último deseo. Lo tiran a relajo sus propias huestes que, al paso que vamos, van dejando claro que nunca le permitirán descansar en paz.

Cae la nieve en New Jersey. Cada copo parece susurrar las que deberían haber sido las palabras finales de quien se declarara hijo putativo del Libertador: «Condenadme, no importa. La histeria me embalsamará».

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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