Paranoia con Pachanga

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Paranoia con Pachanga
Rafael López Ramos

Capítulo 21
El quejido de los héroes

(Pepe Maravilla)

Somos cucarachas. Ni siquiera corderos, como dice la gente. En su obediencia y sumisión, el cordero conserva una especie de dignidad, a lo que hay que sumar la mirada triste y el pelaje que le completan esa belleza ingenua. No ofenda a los corderos, asere. Nosotros no somos nada más que cucarachas escurridizas frente al peligro. Siempre huyendo de la bota divertida que nos quiere aplastar y que siempre al fin nos aplasta. Y tal parece que estaremos huyendo hasta el fin de los tiempos, según ese chiste en que a Él le regalan una tortuga que dura doscientos años y dice “no puedo aceptarla porque los animalitos se nos mueren de viejo cuando uno empieza a encariñarse con ellos”. Entonces, guarachemos, compatriotas / miedo mentira qué rico mi son / miedo mentira qué rico mi son / para poder seguir escapando de la bota perseguidora. El miedo y la mentira como proteína que nos da fuerzas para escapar, por eso todos dicen “ahí, escapando”, como alegres y jodedoras cucarachas. Yo también siento miedo, pero no trato de escapar ¿para qué? de todos modos nos va a joder, queramos o no (Pascual Angulo: te parto el culo, Angulo Pascual: te lo parto igual). Rectifico: yo también siento miedo, pero digo la verdad, “siempre la verdad”, como prescribía mi viejo. Él me enseñó a ser así. Pero no estés tan seguro de que alguien te pueda enseñar a ser: ontológicamente somos el resultado de la corporación padre-madre, pero axiológicamente somos una partícula de la circunstancia en que nos colocaron delicadamente los ejecutivos de esa corporación. Somos la consecuencia lógica del tipo de exploraciones que hayamos hecho en esa circunstancia y, a veces, también del azar, porque no hay que estar siempre tan seguro de todo. Yo me hice a mí mismo mirando al cielo y leyendo libros, mientras papi cumplía sus deberes revolucionarios y mami era una Penélope-caribeña-no-tejedora. Pero allí estaba siempre el deber, su infinito diálogo con el deber. Y yo era una momentánea interrupción de ese diálogo, que daba lugar a un monólogo, que a su vez se convertía en una adivinanza. Entonces trataba de desentrañar la adivinanza mirando las nubes y leyendo los libros que conseguía en las librerías de viejo del Vedado, cuando aprendí a coger la guagua solo. Por eso mis respuestas a las adivinanzas siempre fueron distintas a las suyas, que se suponía eran Las Respuestas. En realidad, fueron pocas las adivinanzas y las interrupciones de su diálogo con el deber, aunque él ni siquiera estuvo entre los héroes protagónicos de la epopeya —de Popeye—, sino entre los tramoyistas y luminotécnicos del show must go on; los maquillistas que embellecieron a la vedette del espectáculo en sus lucidas —y no lúcidas— actuaciones ante las cámaras televisivas de la Historia, en Su alarde de justicia y libertad, revolución verde como las palmas (de la estepa siberiana), pan con libertad, Patria o Muerte, venceremos (¿patria o suerte, ya veremos?), y ahora para acabar de remachar el tornillo Socialismo o Muerte —y valga la redundancia, como dicen los chistosos. Coño, que de todo hacemos un chiste, coracita humorística que nos permite seguirnos creyendo los más listos del planeta. Mi viejo nunca habrá tenido miedo, pero se enfrentó al sacrificio tan ingenuo como un cordero. Imagino que al verlo a Él con su paloma blanca en el hombro, creyó ver al Mesías abriendo las puertas del Paraíso. Vaya casualidad que esa mancha de humo en el techo, se parece a Alejandro, emperador insular. Mejor pensemos en las blancas nalguitas de Katiuska navegando en la oscuridad como una balsa a la deriva en el Estrecho de la Florida. Cuba, aparta de mí ese Cáliz. El cáliz sagrado de esas teticas estéticas. Princesa egipcia disfrazada de universitaria con minifalda estampada de jerigonzas egipcias. Aluciné como un loco al lado de esa niña (o sea, dentro de), bestezuela delicada y salvaje jugando con la máquina de mis sublimaciones, que la-quiso-como-a-ninguna-otra, dicho sea de paso, convirtiéndome en un trágico argumento de bolero: joven de color moja su flecha de ébano en la fuente encantadora de la eterna juventud —de Ponce de León Boulevard—, Indiana Jones del Arca Perdida de la juventud (no confundir con la Ujotacé), quizás por eso me logró joder tan finamente —si tuviera razón Cachita— y buscó mejor partido en algún militante del ídem, amigo de su padre o algo así, que la invite a nadar en el Club de oficiales del MININT, a comer en restaurantes de lujo, o algo así, sin tener que pagar en dólares, aunque estén siempre a mano en el bolsillo, en el Banco Internacional de Finanzas de 23 y Paseo o algo así. Todo lo que merece una abogada defensora de la Legalidad Socialista. Exercise number one: brazos y piernas extendidos y ojos fijos en manchita alejandrina sin pestañear. El que pestañea pierde, el que pestapierde ñea. Exercise number two: la sombra de Alejandro desaparecerá del techo y mi mente se va a pasear bajo la lluvia, corriendo por las losas rojas del patio, hasta el cantero de helechos. La terracota más roja con la lluvia, la clorofila aún más verde por el barniz del agua del recuerdo de la infancia. Máquina vertiginosa del espíritu, sola el alma del alma es el centro. Fúmate otro cigarrito que smoke on the water is fire in the sky. Coño, me queda un solo fósforo. Hilar fino para no tener que llamar al guardia. Queridas volutas de humo gris, escurriéndose por la reja buscando el cielo: díganme la verdad ¿cuánto tiempo nos queda de condena alejandrina?, la callada por respuesta, la cagada por apuesta. Mirar el humo sobre el agua es fuego en el cielo y es volver a desentrañar la última adivinanza de mi padre, un par de medallas en un atril tapizado de polvo y corduroy rojo, sus huellas de heroicidad por dentro, al revés de Maceo, en el corazón lleno de cicatrices físicas de dos infartos y muchas más cicatrices de las otras (mierdas y desengaños, pinga y cepillo) aunque nunca se quejó ni hizo el menor comentario, porque los héroes se quejan para adentro. El quejido de los héroes es como una implosión, primero en su mente y después en sus vísceras. Sólo entonces sus camaradas se percatan del quejido, pero cuando vienen ya el héroe está vistiendo su elegante pijama de madera y para entonces lo único que pueden hacer es dedicarle una corona a nombre del núcleo del Partido y tomar en la cafetería de la funeraria unas tacitas de Café Mezclado para no quedarse dormidos frente a los dolientes. Vuelve a pasar Katiuska moviendo su fambeco como una balsa bella —como una bolsa boya— capeando una marejada en el corredor de la muerte. Donde quiera que te encuentres en la linda tierra que nos vio nacer, muchos cariños… un sistema de altas presiones se cierne sobre nuestra amada isla. Pero lo que no anunció Radio Martí fue el sistema de bajas pasiones, que no implantó un régimen de brisas, sino de desconfianza y odio entre los elementos de la atmósfera social. Si pudiéramos convertir la Politología en Geografía, como cuando uno está en la playa y olvida de momento que existen el Partido y la Seguridad y Sandokan el invencible. Entonces somos simplemente un Ser natural, cagándose en el Deber Ser y nos diluimos en el sol y el aire y el mar. Somos toda esa agua que se acaba en el horizonte-frontera, límite metafísico que oculta tras su curvatura lugares y cosas que ya nunca veré. Porque cuesta pensar que exista algo tras esa cortina azul; todo es un solipsismo grotesco, los vídeos, las fotos, las películas que llegan al islote en avión o a través del satélite, todo es parte de una misma ilusión de cartón-piedra, escenografía de película del sábado que complace nuestros ojos insulares, ávidos de imágenes internacionales con nieve y rascacielos. Versión contemporánea de Berkeley: yo niego la existencia del objeto cuya única evidencia sea su representación gráfica. Sólo acepto como prueba una operación táctil demostrativa de que son palmariamente reales la Torre Eiffel, la Cibeles, Nueva York, el Big Ben, la Plaza de las Tres Culturas, o la Calle 8 de Miami —sacrilegio, cuánta gente me caería a gaznatones por comparar a Miami con los sedimentados símbolos de la cultura occidental. Un cigarrito más antes de dormirme de verdad. Ah carajo, no hay fósforos, olvídalo. Pero ahí está la cortina azul, Súper Muro de Berlín horizontal, 90 millas de grosor infestadas de tiburones y olas de 7 metros. Algunos lo logran asistidos por la Caridad del Cobre y Yemayá, supongo, como Tres Juanes postmodernos que llegan a la otra orilla y encuentran que es un espejo donde la cubanidad se mira el rostro más elegante y acicalada, pero también nostálgica, recordando una casa y una familia que ya no es, tomando como referencia puntos de una ciudad que ya no son los mismos, que a veces ya ni existen, devorados implacablemente por el tiempo, la fuerza de gravedad, y la indiferencia oficial. Con los millones que Alejandro se ha gastado en guerrillas y guerritas no sólo podría haber restaurado la ciudad, sino incluso haber mandado construir una réplica de mármol, tamaño natural… Bueno, desmaya la muela, Pepito, y hasta mañana, y que sueñes con los angelitos de la guarda… no con tus guardias angelitos.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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2 respuestas a Paranoia con Pachanga

  1. Lopez Ramos dijo:

    El Aleph gracias por rescatar esta aventura literaria, a la deriva hace años en la corriente del Golfo. Abrazo

  2. janczeck dijo:

    Somos menos que las cucarachas pues al menos ellas son famozas por vivir incluso despues de un bombardeo atomico.

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