¡Sí, Libia!

Por Paquito D’Rivera

Hace años, Willy Chirino puso de moda una guaracha que el estribillo decia: “Si se pone una mini, ¡castígala!, si se pone un bikini, ¡castígala!”. La canción trataba sobre un tipo billetudo cuya mujer era media ligera de cascos, y el hombre, cada vez que ella hacía de las suyas, la castigaba regalándole una mansión, un coche deportivo último modelo o unas vacaciones con sus amigas en la Bahamas.

Bueno, pues parece que al gobierno americano, o se ha tomado demasiado en serio la parodia de Chirino, o alguien más los habrá convencido de aplicar tan peculiar concepto disciplinario a los más crueles y peligrosos dictadores de este convulso mundo nuestro. En Febrero del 2008, en un gesto amistoso y conciliador, los gringos mandaron la Filarmónica de Nueva York a un concierto de gala en Corea del Norte. Naturalmente, el despótico Kim Jong-Il ni se molestó en asistir, y a modo de respuesta, se dedicó a incrementar aún más su amenazante arsenal atómico. Dos años más tarde, en Cuba sucedían, entre otras atrocidades, la condena a 25 años de prisión al médico pacifista afrocubano Dr. Oscar Elías Biscet —fiel seguidor de las ideas de Martin Luther King—, la muerte en huelga de hambre de Orlando Zapata Tamayo, los maltratos físicos y mentales a su madre Reyna Luisa y a las abnegadas Damas de Blanco, el encarcelamiento de cientos de disidentes y hasta la detención arbitraria del norteamericano Alan Gross. Acto seguido, tal pareciera como que celebrando tantos horrores, el New York City Ballet, la orquesta de Wynton Marsalis y la de Chico O’Farrill, bajo la dirección de su hijo Arturo, viajan a Cuba cordialmente invitados por el Ministerio de Cultura de la dictadura más antigua (y ridícula) del planeta. “Nuestra visita no tiene carácter político, sino estrictamente musical”, alegaron ingenuamente los visitantes, como si en un país totalitario como Cuba, todo, absolutamente todo, no tuviera intenciones marcadamente políticas.

Los ejemplos de “agresiones amistosas” de los norteamericanos contra naciones desgobernadas por interminables tiranías han sido muchos y de colores. Del vergonzoso caso de China es mejor ni hablar, aunque también hay que reconocer que esta masiva escalada represiva por parte de la dictadura de los hermanos Castro, logró por fin que más y más naciones se unieran en condenar internacionalmente estas 5 décadas de abusos y arbitrariedades. Mientras tanto, el gobierno del presidente Obama, como siguiendo fielmente el estribillo de Chirino, “castiga” al represor estimulando los viajes e intercambios culturales —unilaterales, claro— entre artistas americanos y sus homónimos en (lo que queda de) la Isla en ruinas. Para el castrismo, esto se traduce básicamente en una considerable entrada extra de divisas, además de auspiciar un enorme festival cubano en la ciudad de los rascacielos que les facilita usar libremente el territorio de los Estados Unidos como una enorme nave de exposiciones donde se exhibe única y exclusivamente lo que ellos decidan. Como es de esperarse, en dicha muestra, titulada ¡Sí Cuba! no figuran para nada las valiosas contribuciones de Celia Cruz, Cachao, Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés, Andy García, Gaston Gaquero, Olga Guillot, Carlos Alberto Montaner, Bebo Valdés, y tantos otros gigantes de la cultura nacional contrarios al comunismo, y que han sido borrados sistemáticamente de los libros de historia de nuestro sufrido país natal.

De modo que siguiendo los ejemplos anteriores, en este instante en que los libios, apoyados por el mundo civilizado libran una batalla crucial en contra de Mohamar Gadaffi (o como demonios se escriba), yo propondría entonces que a través de la embajada Libia en Washington, le pidiéramos al Ministerio de Cultura del coronel beduino, que nos organizaran un festival “¡Sí, Libia!”, más o menos como el de Fidel, pero en vez de mambos y rumbitas, con nawbah y takambas que es como llaman a ciertos estilos musicales que practican los libios (los que aún quedan vivos, quiero decir).

Los festejos que sugiero darían inicio con una gran marcha a lomo de camellos y dromedarios, cedidos en calidad de préstamo por todos los parques zoológicos de la nación que tuvieran animales de dicha especie en sus instalaciones. Los camelleros, vestidos a la usanza del desierto, irían portando sables curvos, puñales, granadas de mano, banderas libias y estandartes verdes, pancartas anti-yanquis, fotos ampliadas del Hermano Líder y Guía de la Revolución, y fusiles AKG que los jinetes dispararían al aire de cuando en cuando. (El posible lanzamiento de las granadas y otros explosivos contra posibles manifestantes opuestos a la marcha se sometería a votación democráticamente en el seno del comité del gobierno libio, organizador del evento).

La cabalgata, precedida por la BPSJ (Banda Palestina de Suicidas Jubilados) y por mujeres cubiertas con velos y burkas, saldría desde Times Square hasta la explanada de la “Zona Cero”, donde con la cooperación voluntaria de la Casa de las Américas, los Maceítos, la brigada Venceremos y las representaciones diplomáticas de Venezuela, Cuba y Nicaragua, se armaría la legendaria tienda beduina del dictador… perdón, del líder. Una vez en el barrio, se haría un rezo en la mezquita que se habló de construir por allí y que tanta controversia causó entre las intolerantes familias de las victimas de aquel incidente de las torres gemelas hace ya demasiado tiempo. Al terminar los rezos, se repartirían gratuitamente pinchos morunos, cuscús con garbanzos y testículos de chivo. Así mismo se leerían pasajes del Corán y se obsequiarán ejemplares del famoso Libro Verde, autografiados por el insigne autor, padre de la revolución.

Un niño libio, armado de su ametralladora y vistiendo una remerita del Che Guevara, develará una hermosa estatua de Benjamín Netanyahu colgando por el cuello de un olivo, en medio de la histórica plaza que antes ocuparan las torres gemelas, símbolo del capitalismo. Al final de la ceremonia, el alcalde Bloomberg leería una proclama declarando el día oficial de Trípoli en Nueva York, y como prueba de la tolerancia islámica, Louis Fahrakan, acompañado de la Banda Palestina de Suicidas Jubilados, interpretaría la versión en árabe de “Castígala”, de Willy Chirino, orquestada especialmente por Robert Mugabe para la ocasión. Y ya, para cerrar con broche de oro, al grito de ¡Síiii Libiaaaa!!!, los 100 miembros de la banda palestina, accionando sus chalecos explosivos, volarían en menudos pedazos, y a nombre de la hermandad eterna entre nuestros pueblos, se quemarían 50 banderas americanas, 49 israelitas y un Cohiba… ¡Allah-Akbar!

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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3 respuestas a ¡Sí, Libia!

  1. Victor Herrera dijo:

    Pero que otra cosa podemos esperar de un presidente socialista y musulman

  2. Jose dijo:

    Paquito siempre pone lo que pone.
    Un hombre sincero y consecuente.

  3. Vivian dijo:

    Paquitooooooooo como es que nunca te he leidooooooo y solo escucho tu musica no me lo perdono a partir de hoy voy a leerte amigo que buen humor es decir humor del bueno del que corta

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