Bailar en casa del trompo

Cuando me sumerjo en un libro, no lo hago únicamente como lector, sino además como escritor y como traductor. Si se trata de un buen libro, existe una posibilidad de que durante la lectura sufra una ligera envidia de escritor y de traductor. Si lo leo en su idioma original, me pregunto cómo habría traducido yo cierta frase, palabra u oración. Si lo que leo se trata de una traducción, intento imaginar la forma exacta en que dicha frase, palabra u oración fue escrita en el original y pienso en maneras de traducirla distintas a la que aparece en el texto definitivo. Esa constante lectura dual toma mucho tiempo. Pero es una bendición. Y una condena. Y no puedo evitarla.

En el caso de Ni chicha ni limonada, tuve el privilegio de traducir “La víspera de Passover”, uno de mis cuentos favoritos de la colección. Y esto no lo digo sólo por decirlo. Soy un cubano casado con una judía. Cada vez que celebro el éxodo de la tribu ancestral de Egipto, celebro también mi fuga personal a la libertad.

Mientras estaba enmarañado en llevar al castellano el cuento en cuestión, no tenía idea de que iba a formar parte de un libro —en ese momento lo traducía para una revista literaria—, así que no fue poca mi alegría cuando David Unger me dijo que le gustaría incluir mi traducción en el libro que estaba cocinando.

Unos meses más tarde, cuando recibí mi ejemplar de Ni chicha ni limonada, lo leí como lector, escritor, traductor y, por entonces, compinche. Algo me llamó la atención: a pesar del hecho de que yo era uno de varios cómplices —y, deben saber, damas y caballeros, que los traductores, siendo parcialmente humanos, tenemos nuestros propios tics, prejuicios y preferencias—, fue muy refrescante encontrar entre la niebla de traductores una voz identificable y profunda que tejía y ataba los cuentos compilados entre las cubiertas de un libro que también podría ser leído como una novela.

Traducir a David Unger ha sido una dicha, pero ha sido, además, bailar en casa del trompo; como llevarle un recado a Mercurio. Mercurio, para los cojos en mitología, era el mensajero de los dioses y el método preferido para intercambiar recados entre estos y los humanos. Por su habilidad para llevar y traer mensajes de uno a otro lado —¿qué es la traducción sino el tráfico de palabras entre lenguas?—, Mercurio pasó a ser el protector de los traductores. Y lo menciono aquí pues eso ha sido David Unger: un santo patrón de los traductores.

Así que, de lector a lector, de escritor a escritor, de traductor a traductor, permítame decirle, querido amigo, que usted es mucho más que chicha y limonada.

***

Texto leído —en su inglés original— el 3 de marzo de 2010 en Americas Society.

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Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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3 respuestas a Bailar en casa del trompo

  1. ElcubanitoKC dijo:

    ¡L’chaim, bróder!

  2. mayda dijo:

    Me encanta la nota, lo de Mercurio es un vacilón!

  3. ZoePé dijo:

    Hermoso post, Ale.
    Un beso.

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