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Kim Jong-il y la corrección política

Hoy, que ha muerto el dictador norcoreano Kim Jong-il —y como tal lo define El País, en un reportaje de José Reinoso, con un titular que no se va por las ramas y reza: “Muere el dictador de Corea del Norte Kim Jong-il”—, quisiera pedirles a los editores del periódico que tengan presente el calificativo cuando les toque redactar la nota sobre la muerte del dictador cubano Fidel Castro.

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Posdata: dicen que la alegría en casa del pobre dura poco. Dos minutos más tarde, el diario de marras ha corregido el calificativo en su versión web y donde antes ponía “dictador” ahora pone “líder”. Mal andamos.

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De opositores y otras alimañas

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Lo primero que hacen los tiranos es deshumanizar a sus enemigos. Al hacerlo, dan carta blanca para que los traten como bestias. La lógica de este acto es tan sencilla como macabra: no es lo mismo darle palos en la vía publica, a plena luz del día, a una mujer —como hicieran las turbas castristas en repetidas ocasiones a la difunta Laura Pollán; véase foto que encabeza este post— que aplastar a una alimaña ya convenientemente despojada de su humanidad.

Gaddafi llamaba “ratas” a sus opositores. Fidel Castro los llama “gusanos”. Su sobrina, Mariela Castro Espín, los llama “parásitos despreciables”.

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El señor de las moscas y la publicidad

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Con pantalón verde olivo
y chaqueta deportiva,
desparramando saliva,
por mostrar que sigue activo
(que aunque chochea está vivo,
aunque viva en una bruma),
sin sombrerito de pluma,
con la mirada perdida
y amargándonos la vida,
le hace un comercial a PUMA.

***

Y dice Mirringa:

Con gorra de jardinero
y un mirar desguabinado,
el día menos pensado,
embalsamado y encuero,
cantará su manicero
este artífice del mal,
siniestro, de voz fatal;
y si abonan de él las flores,
morirán de mil horrores,
como mi tierra natal.

Barba por parroquias (retrato de dictador tropical)

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Érase un loco a una barba pegado.
Érase un dictador febril y añejo.
Su barba imberbe —gris, cual su cortejo—
diole fama de orate consumado.

Érase un barbudo al poder atado.
Su barba, sus fusiles y su dedo
—el índice— causaban odio y miedo.
Érase un mal abuelo trasnochado

haciendo trasnochar a los durmientes
al esconder jabón, pasta de dientes
y todos los productos del mercado.

Su barba en la televisión se exhibe
y añoran los que habitan el Caribe
meterlo en un sarcófago, afeitado.

Papeles son papeles

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Una carta que envió
el aprendiz de asesino
al homicida argentino,
¡tremendo revuelo armó!
Formaron un titingó
por un tema no zanjado…
Queda visto y comprobado,
por fortuna y por desgracia,
que la vil gerontocracia
vive y muere en el pasado.

***

(Foto: Movimiento Hulahop, en Flickr).

Oda al híbrido

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Una cría de asno y cebra
nació en territorio chino.
Y una mezcla de cochino,
hiena, ratón y culebra,
amante de la Ginebra,
tiñe al país de escarlata:
encarcela, oprime y mata,
siempre al son de la guaracha.
Castro es bicho, cucaracha:
es vampiro y garrapata.

Foto de familia con golpista convaleciente

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El gorila está en el medio,
con la bestia a la siniestra
y el mismo diablo a la diestra…
Vino a pedirles remedio
para curarse del tedio
de la pelvis inflamada.
Vino a pedirles pomada
que le alivie la hinchazón,
pero sin agua y jabón
el área sigue infectada.

Ah, esa inocencia infantil

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Acabo de traducir esta oración en un libro para niños que nada tiene que ver con Cuba: “Ella resultó ser la madre del Comandante”.

Eso de mentarle la madre al Comandante, incluso a través de la literatura infantil, me ha provocado grato placer que comparto con propios y ajenos.

El libro en cuestión no importa. Pero, vamos, repitan conmigo: ¡La madre del Comandante!

(Foto: Santos Rodríguez).

¿Qué podríamos decir?

¿Qué podríamos decir
(que ya antes no se haya dicho)
a Fidel Castro, ese bicho
que no acaba de morir
y que quiere subsistir
como ícono de la izquierda,
aunque se acaba su cuerda,
su modelo no funciona
ni en La Habana ni en Pamplona…?
¡Muérete, viejo de mierda!

Décima apocalíptica

¿Y qué piensa Castro, el Viejo,
ese dictador inmundo,
del rumor del fin del mundo?
Querrá librar el pellejo
y hasta sacar un conejo
—tan infame y tan campante
con su onda de nigromante—
de su sombrero vacío.
¿Y qué pide el caserío?
¡Que se muera el Comandante!