Archivo de la etiqueta: Cuba

Kim Jong-il y la corrección política

Hoy, que ha muerto el dictador norcoreano Kim Jong-il —y como tal lo define El País, en un reportaje de José Reinoso, con un titular que no se va por las ramas y reza: “Muere el dictador de Corea del Norte Kim Jong-il”—, quisiera pedirles a los editores del periódico que tengan presente el calificativo cuando les toque redactar la nota sobre la muerte del dictador cubano Fidel Castro.

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Posdata: dicen que la alegría en casa del pobre dura poco. Dos minutos más tarde, el diario de marras ha corregido el calificativo en su versión web y donde antes ponía “dictador” ahora pone “líder”. Mal andamos.

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La especialidad de la casa

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Hoy te quiero convidar
a una joya culinaria
súper revolucionaria,
la fiesta del paladar,
una receta ejemplar
que es del castrismo su gloria,
arraigada en la memoria
de ese pueblo penitente
que a todo le mete el diente:
¡langosta de zanahoria!

***
(H/T: Penúltimos Días).

Receta (y comercialización idónea) de la Utopía

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Tomas una zanahoria,
la rebanas en trocitos
grandes, medianos, chiquitos.
Al servirla, habla de Historia,
de la invención de la noria,
del monte, el llano, la costa
y de la vereda angosta,
de clases, redes sociales,
de habaneros y orientales.
Ponle precio de langosta.

***
(H/T: Penúltimos Días).

Cuba en cuarenta y cinco minutos

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Hace un par de días, mi amiga Mónica Lavosky me invitó a visitar sus clases de español avanzado en el preuniversitario —liceo, secundaria, colegio, instituto, high school, para los no cubanos— de nuestra comunidad ubicada en las afueras de Nueva York. Esta semana el tema de la clase era Cuba y a la profesora le pareció atinado invitar a un escritor que había vivido en carne propia ese macabro experimento que es el castrismo, máxime cuando se trataba de un escritor local.

Hay un axioma “revolucionario” que aplico constantemente en contra de la maquinaria propagandística de los hermanos Castro. Lo escuché por primera vez quizá pronunciado por el dueño de los micrófonos, o tal vez de boca de algún militante de la Unión de Jóvenes Comunistas en su inútil empeño de convertirme a su Causa —la causa de la delación y de la infamia, pero Causa al fin—. El origen no importa. Lo que cuenta es el contenido: “se combate en todos los frentes”. De tal suerte —ya lo he dicho en otras ocasiones—, siempre que tengo la oportunidad de contrarrestar la propaganda del régimen, acepto gustosamente la invitación. Así que, ni corto ni perezoso, me aparecí en la escuela.

Es bien difícil, cuando no imposible, analizar a fondo el drama cubano en cuarenta y cinco minutos de una clase para estudiantes de una lengua extranjera, por muy avanzado que sea su dominio del idioma en cuestión. Pero sí da tiempo a presentar una vista panorámica del pueblo y del régimen que lo subyuga desde hace más de medio siglo.

La charla fue amena, gracias a un rango de preguntas amplio y diverso que abarcó desde lo personal —«¿qué dejé en la isla?»— hasta lo más general —cuestiones concernientes al presente y futuro de Cuba—. Traté de responder con humor —que para contar la verdad no hay que ser pesado—, pero sin trivializar el sufrimiento de un país en el que los derechos de sus habitantes han sido convertidos en privilegios.

Rescato, de todo el intercambio, dos respuestas. Alguien me preguntó cómo me había ido de la isla. «Nadando; todavía me duele el hombro», dije, y el aula entera estalló en una carcajada. Acto seguido, aclaré la imprecisión. «Uno se va de un país que respeta la entrada y salida de sus ciudadanos. De un régimen que viola ese derecho, uno no se va, uno se escapa. «¿Tiene familia en la isla?», fue la segunda interrogante. Hay dos maneras de contestarla. Para la primera variante, basta con un monosílabo. La segunda versión puede ser un poco más descriptiva e impactante. En vista de que estábamos en una clase de español avanzado y uno de los objetivos de mi presencia era precisamente que escucharan a un cubanoparlante, opté por esta última.

Como dicen que una imagen vale más que mil palabras, me lancé a construir una imagen, con menos de mil palabras. Les pedí que visualizaran una naranja: dulce, jugosa, compacta, de un naranja —valga la redundancia— intenso. «Pongamos que esa naranja es Cuba», acoté. Luego les pedí que visualizaran un cuchillo grande y filoso, de esos que son usados para cortar la carne cruda. «El cuchillo es Fidel Castro», dije y corté la naranja imaginaria que un momento antes había sostenido en mi mano izquierda. «Eso es lo que nos queda luego de cincuenta años de dictadura: una nación dividida por la geografía y la política». La metáfora —ya sé, bastante simple— caló.

Eran las 9:40 de la mañana cuando culminó mi visita. Mónica me acompañó hasta la entrada —en este caso salida— de la escuela. Nos dimos las gracias mutuamente, nos despedimos y salí rumbo a mi trabajo —¿cómo decía aquella frasecita revolucionaria?, ¡ah, sí!— con la satisfacción del deber cumplido.

***
(Foto: Santos Rodríguez).

Sin novedad en el frente

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Hay un revuelo en La Habana,
un runrún —un ajetreo
de colmena en apogeo—
en la vida ciudadana.
Una practica malsana
ha puesto malo el ambiente.
¿Que se acabó el detergente?
No, queridos amiguitos:
se han sumado los “gallitos”
a reprimir a la gente.

***
(Foto: Desmond Boylan/Reuters).

La pelvis abierta de la América Latina

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El Mico Mandante sueña
con tener pelvis más sana
y por eso va a La Habana
(y de paso se la adueña
y la vuelve caraqueña…).
Si se vira la cazuela
y en la cirugía hay secuela,
con alarde y más misterio,
seguirá hasta el cementerio…
¡y hasta siempre, Cubazuela!

El árbol de la rendición

20110616-015605.jpgLes dejo un fragmento de El árbol de la rendición: Poemas de la lucha de Cuba por su libertad. El árbol… es una exquisita novela en verso de la cubano-americana Margarita Engle; dicha exquisitez le valió, entre casi una decena de premios, el prestigioso Newbery Award. (Dicho sea de paso, Engle es la primera persona de origen hispano en alzarse con éste, el más importante galardón otorgado en Estados Unidos a la literatura juvenil).

Todos los poemas del libro están escritos en primera persona y llevan por título el nombre del personaje que lo suscribe. El que sigue viene en la voz de la enfermera Rosario Castellanos Castellanos, también conocida en la isla como “Rosa, la bayamesa”. Durante las guerras de independencia del Siglo XIX, Rosa —junto a su esposo José Francisco Varona— se desempeñó como enfermera en la manigua cubana, a cargo, en muchas ocasiones, de hospitales móviles que se trasladaban con el ejercito mambí. Como muchas de las curanderas tradicionales, Rosa veía en su don un regalo de Dios, motivo por el cual jamás cobró por su trabajo como enfermera. Cuando murió, el 25 de septiembre de 1907, fue enterrada con honores militares.

La traducción al español (vale, al cubano) de El árbol de la rendición es mía. Los interesados pueden adquirir la edición bilingüe aquí.

Rosa

¿La Guerra Chiquita?
¿Cómo puede haber
una guerra chiquita?

¿Acaso algunas muertes
son más pequeñas que otras,
dejan madres
que lloran
un poco menos?

José tiene la esperanza de que pronto
habrá otra oportunidad
de ganar la independencia de España
y la libertad para los esclavos,

pero todo cuanto veo es muerte, siempre la
misma,
siempre enorme, nunca chiquita,
sin importar cuántas mujeres vienen a ayudarme,
pidiendo que las entrene en el arte de aprender
los nombres de las flores de la manigua
y los nombres de la gente valiente.

Cubazuela: un solo pueblo

Ahora que arranca BEA, la feria del libro estadounidense, repaso las fotos de mi reciente periplo por la calurosa (por cálida) feria del libro de Guadalajara y doy con éstas, que no necesitan ningún comentario:

Que no se olvide: ¡Zapata vive!

Filmado el 22 de febrero de 2011, frente a la Misión de Cuba ante la ONU (en Nueva York), en la víspera del aniversario de la muerte del prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo.

El cascabel y el gato

Desde el XIX, no se discute que la soberanía reside en los gobernados. No en los gobernantes. Visto así, la soberanía en Cuba reside en su pueblo. No en quienes la han ostentado desde el 10 de Marzo del 1952. La mascota, el gato, viene a ser el gobierno. El amo, el pueblo.

Está de moda opinar sobre la continua mediación de la Iglesia con el gobierno de Cuba, y se sabe que opiniones, como defectos, tenemos todos. Yo tengo la mía. El cascabel siempre acaba por delatar al gato. Siempre la relación entre gato y cascabel beneficia al amo. A la larga, o a la corta, evidencia las correrías del gato, como cauce al coto. Cuando llega la hora que viene llegando, en un abrir y cerrar de ojos, terminan las glorias de este mundo. La Iglesia (en mayúscula), como su Doctrina Social, “recorre la historia sin sufrir sus condicionamientos, ni correr el riesgo de la disolución.” Esto a pesar del lastre que somos muchos quienes formamos su cuerpo místico cubano. En latín callejero: “ad finis gloriae Castrati Mundi, in ictu oculi, Roma locuta et Urbis mutis”. En hebreo: Amén.

A partir del concordato de Worms (en castellano, podríamos decir de los “Gusanos”) en 1122, entre un Obispo de Roma, Calixto II y Enrique V, Emperador del Sacro Imperio, a orillas del Rin, se transó la crisis de las investiduras para la Europa Medieval. El “¿quién manda en la Iglesia?” propio de los sistemas feudales en gestación, siempre termina con que en la Iglesia manda quien tiene que mandar. Para los creyentes, como yo, el Espíritu Santo, y no los sátrapas quienes persiguen a los del Nazareno. Ni quienes escudados de ella han cometido y siguen cometiendo atrocidades. Al Bonaparte, el Pío VII. Al Hitler, el Pío XI. Siempre termina el reto de igual manera. El cascabel alcanza al gato.

A punta de concordato, suavecito, o a como dé lugar, la Iglesia se ha conservado en contextos políticos hostiles. En nuestra tierra no se dará la primera excepción. Busca su espacio. Lo encontrará para bien de todos. La semilla de la Evangelización ha empezado a germinar después del ciclón de los sesenta y empieza el alba para los cubanos de buena voluntad. Sin banderías.

En uno de los dibujos del Goya una bruja le dice a la otra, “si amanece, nos vamos”. El sordo compensaba su sordera con una visión que llega hasta nuestros días. Si no, ver para creer.

Ricardo Martínez-Cid

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