Archivo de la categoría: Viajes

Presentación de Los culpables en Zu Galería

lectura en Zu Galeria tiene el honor de invitarlos a la presentación del poemario Los culpables, del escritor Alexis Romay.

Fecha: jueves, 29 de octubre, a las 8 p.m.
Lugar: Zu Galería (2248 SW 8th St. Teléfono: 786-443-5872). Para más información sobre este evento o cualquier otra actividad en Zu Galería, visite: www.zugaleria.blogspot.com.

De la contraportada:

Los culpables Los culpables es un libro certero y conciso que revela sus claves desde las primeras páginas. El equilibrado viaje entre el desgarro, el lirismo y la parodia es puesto en escena desde el primer poema, que retuerce al máximo las alusiones a otros exilios, otras vidas y otras tragedias que marcarán al resto de los textos aquí presentes. En este libro todo sucede con fina sutileza y a la vez no nos sentimos solos en el juego de interpretaciones que el autor nos sugiere. Estamos obligados a interpretar pero el autor no juega a falsos enigmas, sino que más bien se empeña en desentrañarlos apelando a sus diversos registros poéticos.

En medio de los versos hay alusiones veladas y no tan veladas a José Martí, a las fantasías de las izquierdas del siglo XX y a los desmanes del poder totalitario, a las letanías de las nuevas religiones que trastornan con una persistencia terrible la conciencia nacional de Cuba, y hasta a esos boleros que una y otra vez nos remiten a los seres amados. Este calculado despliegue tiene un único trasfondo que reaparece a lo largo del libro como el motivo de una sinfonía, recreado una y otra vez de maneras distintas. Este trasfondo, que no es nombrado de frente sino mediante el perfil de los sonidos y la palabra, nos remite por encima de todo al enigma de la palabra poética.

Salidas de emergencia, en Miami

Esta semana pinta un poco intensa y me va a dejar muy poco tiempo para bloguerías ilustradas. La razón es sencilla: estoy de visita en Miami, ciudad a la que vine a reencontrarme con un mar de amigos y, de paso, a presentar mi novela (Salidas de emergencia), así como mi libro de poesía (Los culpables).

A riesgo de ser repetitivo, reitero que la primera de las presentaciones será hoy, a las seis de la tarde, en el Interamerican Campus del Miami Dade College (627 SW, 27th Ave., salón 401).

Aunque me cueste admitirlo, debo confesar que el Dalai Lama todavía no me ha confirmado su asistencia. No obstante, se hará lo que se pueda.

Quedan todos invitados. Corran la voz. Y nos vemos a las seis.

Negativa de viaje

Presentaciones en Miami

Armando Añel me tomó la delantera. Ayer tuvo la gentileza de anunciar en su blog las dos presentaciones de igual número de libros que haré en Miami a finales de mes. En vista de que no me abunda el tiempo y que no podría haber redactado una nota más clara o precisa, la copio y pego aquí, agradeciéndole el gesto al editor de Cuba Inglesa. También agradezco de antemano a todas las almas caritativas que ayuden a divulgar los pormenores de ambas lecturas. Para facilitar la promoción, en breve crearé páginas de eventos para ambos en Facebook. ¡Corran la voz! ¡Y gracias!

***

El escritor y bloguero cubano Alexis Romay, residente en New York, estará entre los días 27 y 29 de este mes de octubre en Miami para presentar sus libros Salidas de emergencia (novela) y Los culpables (poesía).

Salidas de emergencia será presentada el martes 27 en el Miami Dade College (Interamerican Campus), en el marco de las celebraciones por el mes de la hispanidad. Será de seis de la tarde a ocho de la noche, en el salón 401. El Campus está ubicado en la 627 SW, 27th Ave. [Añado un detalle: aquí pueden consultar (en PDF) el programa de eventos de dicha institución para el mes de octubre].

Por otro lado, la presentación del poemario Los culpables tendrá lugar el jueves 29, a las ocho de la noche, en la Zu Galería de la Pequeña Habana (2248 SW y la Calle Ocho).

La canción del turista alegre

mapa de las prisiones cubanas¡Vamos a bucear a Varadero!
Qué importa que repriman en la calle,
en el llano, en la sierra, o en el valle…
No es contigo, ¡que tú eres extranjero!

¡No vayas a traer a un jinetero!
O tráelo, total, será un detalle…
¡Y deja que el nativo te acaballe!
¡Ya vas a ver qué es rumba y qué es salero!

Vayamos, que la vida nos regala
sol bueno, mar de espuma, arena fina…
¡Nos reclaman los peces de colores!

No tienes que temer al agua mala
(en Varadero eso no predomina)…
¡Y olvídate de Cuba y sus dolores!

Es país para viejos

Vagando por las lentas galerías de la Saatchi Gallery, di con la número 13, que está ubicada en la planta baja del magnífico recinto. “Asilo de ancianos”, la instalación que ocupa dicho espacio, obra de los artistas chinos Sun Yuan y Peng Yu, está compuesta por trece esculturas de ancianos a tamaño natural e igual número de sillas de ruedas dinamoeléctricas en las que estos pasean, mal que les pese, sus vetustas humanidades.

(Antes de continuar, un paréntesis: Sun Yuan y Peng Yu son dos de los artistas chinos más controversiales de estos tiempos. En obras anteriores han usado desde animales vivos, pasando por tejido humano hasta cadáveres de niños para abordar tópicos disímiles y esdrújulos).

En “Asilo de ancianos”, las sillas de ruedas tienen unos sensores de movimiento que impiden que choquen con los espectadores. Por más que me crucé a propósito en sus trayectorias, ninguna de las sillas de ruedas me rozó ni con la intención. Sin embargo, nada impidió que éstas chocaran entre sí una y otra vez. Aunque lentamente, las vi embestirse con la saña que les es dada a las máquinas, muy al margen de la voluntad de sus involuntarios pasajeros. Esto es curioso y cumple con cierta justicia poética, pues en dicho asilo están obligados a coexistir patriarcas de religiones antagónicas y ancestrales con creadores de cultos nuevos; héroes y antihéroes de ambos lados de la cortina de hierro han quedado a merced del libre albedrío de las sillas que cargan con sus ya gastadas medallas, osamentas, ideologías…


Arte y Oriente Medio

Cuando les comenté que después del periplo romano pasaría casi una semana en Londres, varios amigos me recomendaron que no dejara de visitar el Tate Modern, el Tate Britain y el British Museum. Las tres sugerencias son muy loables. Y, dentro de lo que cabe, les cumplí (a dos tercios). Sin embargo, me permito añadir y subir al tope de la lista a otro sospechoso habitual: Saatchi Gallery.

Quienes sigan mi consejo en la próxima semana, darán con la excelente muestra “Unveiled: New Art From the Middle East”, que se exhibe desde el 30 de enero hasta el próximo 9 de mayo y presenta a una veintena de artistas contemporáneos del medio oriente. (Para algunos de los incluidos en “Unveiled”, éste constituye su debut en el Reino Unido. Lo que se dice: empiezan con el pie derecho).

De todos, destaco la impactante obra de Shadi Ghadirian y Kader Attia. Ambos comentan, desde ángulos complementarios, temas concernientes a la relación mujer-islam.


Las fotos que aparecen arriba son propiedad de la galería. Las que siguen, de mucho menor calidad, provienen de mi cámara.















Los inocentes

Regreso de una visita que, por conveniente, había sido pospuesta hasta el infinito y más allá. Me refiero al Mausoleo Ossario Gianicolense, ubicado en la colina que debe su nombre a Jano bifronte.

Entro al recinto. Le doy una vuelta a la plazoleta. Me cuelo entre sus muy rectangulares columnas. Tomo fotos que servirán de monumento al monumento y recuerdo que el origen en latín del término que aquí repito es, precisamente, “recordar”. Me entretengo mirando esas siglas que alguna vez indicaron la pertenencia al senado y al pueblo de Roma —SPQR— y no puedo evitar que me sobrecoja un poco el carácter marcadamente fascista de este tipo de arquitectura.

Me siento en un banco y me distraigo (aunque no en ese orden). Para darles un respiro a los problemas de ajedrez, resuelvo un ejercicio de sudoku y se me va el tiempo entre números que encajan y desencajan. Cuando salgo del puzle matemático, la rigidez de las columnas y la pesadez del memorial a los caídos en la defensa de Roma me empaña la mañana, que, por lo demás, es en extremo luminosa. Pienso en los inmolados —de la bota italiana, del caimán caribeño—, en quienes dieron la vida en nombre de la Causa, cualquiera que ésta fuese. Y me viene a la memoria aquella fatídica y redundante consigna que me persiguió desde que tuve conciencia hasta que me fugué de la isla.

Se me ha nublado el día. Busco refugio en las áreas verdes que rodean al complejo arquitectónico y entonces los veo. Son dos —como la canción del general—, dos perros que juegan en la hierba, al margen de la ciudad y su historia, desentendidos de todos y de todo: desde la ambulancia que sube la colina a revientacaballo hasta mis ganas de divulgar por todos los confines las víctimas de ese proceso que algunos llaman “revolución cubana”.

Miro a los cachorros mataperrear, ajenos al cubaneo, a la maldita suspicacia por todas partes y a la sombra nefasta de ese régimen que sigue detentando el poder en mi tierra. Entonces pienso en los cientos de miles de compatriotas que viven en países democráticos y en el no minúsculo por ciento de ellos que prefiere no meterse en política para garantizarse la entrada y la salida en su tierra natal y, en términos generales, una vida más llevadera.

Me entran un cansancio y un desánimo difíciles de describir. Sé que pasarán y que en breve estaré escribiendo alguna décima burlona, desgranando un soneto satírico, buscando una nueva manera de mofarme de los hermanos Castro y su decrépita dictadura cincuentenaria. Pero admito que en un instante de flaqueza, añoro ese candor animal —de los cachorros, de los cubanos que prefieren desentenderse de la realidad de la isla—, esa inocencia, por suerte, ya irrecuperable.

Sobre la relatividad de la belleza

No se equivocan los optimistas. El árbol es precioso. Pero está tras las rejas.

Estira y encoge

Corto y pego. Texto e imágenes cortesía de Guamá:

Hay tantos pretextos para viajar como motivos para no volver.

Guamá presenta la opinión libre y soberana de varios aldeanos de las dos tribus dominantes del batey: los Taínovas y los Taisívas. No están todos los que no vamos, pero sí todos los que van, menos EL APOLÍTICO, los que no se meten ni en apolítica.

Viajes a Cuba: entre las buenas intenciones y el mal gusto

Reproduzco un texto (*) de Teresa Dovalpage.
***

Aquellos que dicen: “Me gustaría ir a Cuba antes de que cambie” no lo hacen con el objetivo de insultar. Es más, puede que incluso tengan buenas intenciones. A fin de cuentas, lo único que quieren es ver Buicks y Fords de los años cincuenta, esos que parecen haber salido de un episodio de Twilight Zone, como me dijo no hace mucho un profesor retirado —un profesor que porta una gorrita a la Che Guevara, por cierto—.

Generalmente los que así se pronuncian suelen prestarse, encantados de la vida, a echarles una mano a los nativos. Así le he mandando a mi madre, que todavía vive en La Habana, un montón de paquetes con amigos americanos. Americanos buenas gentes, nada feos, a quienes no se les ocurriría decir, por ejemplo: “Me gustaría visitar Guantánamo antes de que cierren la prisión”. Ni mucho menos: “Ojalá hubiera podido ir a Auschwitz antes de la liberación”.

Claro que estoy exagerando. Una no puede comparar a un país entero, no importan cuán represivo sea su gobierno, con una prisión o un campo de concentración. Y sin embargo, Cuba, los campos de concentración y las prisiones tienen algunas cosas en común. A saber: sus habitantes no pueden dejar el lugar sin permiso, comer los alimentos que prefieran, expresar sus opiniones ni practicar su religión libremente, por sólo citar unas cuantas.

Cuando mis amigos americanos me dicen que piensan visitar Cuba —ilegalmente en la mayoría de los casos— siempre les contesto: “Bueno, vayan y fíjense bien en cómo son las cosas por allá”. Mi esperanza es que mientras se pasean en esos carros del año del ruido noten también los edificios destruidos, los ómnibus repletos y malolientes bautizados como camellos, las bodegas vacías y el monótono tiquitiqui del discurso oficial.

Pero, ¿lo notarán? No es fácil atisbar a través de la cortina sanitaria que envuelve a los turistas extranjeros apenas aterrizan en la isla. Los turistas se quedan en hoteles en los que hasta el 2008 no se permitía a los cubanos alojarse ni siquiera una noche. (Ahora se les permite, suponiendo que puedan pagar por su estancia en moneda dura). Los turistas viajan en ómnibus con aire acondicionado y no en camellos apestosos. Van a cenar a El Floridita, a La Bodeguita del Medio o a otros restaurantes por dólares en que la mayoría de los nativos teme pisar. Y no tienen manera de saber, por ejemplo, que los niños cubanos pierden el derecho a comprar un litro de leche cuando cumplen los siete años.

Claro, se me dirá que lo mismo pasa cuando los extranjeros viajan a Haití, Jamaica y hasta a algunas regiones de Brasil. No se quedan en las chozas de Port-au-Prince ni en favelas como las que aparecen en Ciudad de Dios. Pero todavía no he escuchado a uno solo de estos viajeros decir: “Me gustaría ir a Haití (Jamaica, Brasil) antes de que cambie”. Esto es, antes de que las mencionadas chozas y favelas desaparezcan. Eso sonaría feo, ¿verdad? Sería algo políticamente incorrecto y, a no dudarlo, de mal gusto.
___
* Este texto fue publicado originalmente en inglés en tumiamiblog.

El futuro del Emperador

Entre las muchas sorpresas que depara Roma a propios y extraños, destaco el fragmento de una estatua del emperador Constantino, que puede verse en una de las
galerías del museo del Mercado de Trajano.

El antedicho fragmento —que consiste en la cabeza y casi la totalidad del cuello del emperador y fue hallado durante excavaciones que se llevaron a cabo en la parte sur del foro imperial en 2005— representa a Constantino, posiblemente luego de su victoria contra Maxentio en la batalla de Ponte Milvio (312 D.C.).

La combinación cabeza-cuello mide unos 60 centímetros, lo que indica que la estatua completa debió haber alcanzado los tres metros.

El hecho de que el artefacto fuera descubierto hace poco menos de un lustro no me llama tanto la atención como el sitio del hallazgo, que no fue otro que la cloaca del foro imperial.

Hay dos hipótesis que explican el suceso: (1) la estatua pudo haber sido destruida —con el consiguiente lanzamiento de la cabeza al vertedero— durante las revueltas —mayoritariamente paganas— de 326 D.C.; (2) la cabeza fue usada en algún momento para destupir dicho desagüe.

Salí del museo y pensé en el futuro; en el futuro de Cuba; en ese futuro en que seremos polvo sobre el polvo. Y pensé en los futuros arqueólogos de esa otra ciudad en ruinas que es La Habana. Y pensé en sus excavaciones en los más insólitos locales de la capital de la isla. Y hasta los vi buscando quién sabe qué en alguna cloaca capitalina. Y, en esta visión, ¿qué encontraron hundido en las aguas albañales? Un busto de Fidel Castro.

Esta noche me iré a la cama con esa inolvidable imagen.

In vino veritas

Es de un mal gusto inenarrable el uso de la efigie del sanguinario Ernesto Guevara en botellas de vino.

Para consuelo de los justos: en esta Roma que lo ha visto todo, la marca “Che” se vende al lado de la marca “Mussolini”:

Fotos: San Suzie, blogger de www.c-monster.net.

Memoria, verdad y justicia

En el Valle de los Templos, a poco menos de un kilómetro del Templo de la Concordia yacen los restos del que fuera dedicado a Jove. El mismo —entre sus columnas a medio derribar, sus estatuas dilapidadas, su esplendor antiguo— incluye un área dedicada a los sacrificios.

Sí, en el antiguo imperio —por la época en que convivían humanos y deidades— los dioses tenían la costumbre de recibir ofrendas de sus devotos. Dichas ofrendas variaban en dependencia del poder adquisitivo de quienes las hacían. Las más comunes involucraban diferentes tipos de alimentos: vegetales, frutas, miel… aunque también recibían ofrendas de animales, denominadas, no sin razón, “sacrificios”. En el altar de los sacrificios, se cortaba el cuello de la bestia —que solía ser blanca y, por lo general, de la familia de los bovinos, aunque no escatimaban aves u otros cuadrúpedos de menor tamaño—; luego, el animal era parcialmente quemado. Si la quema de la víctima era total, el acto era denominado “holocausto”. En las ocasiones en que toda la población celebraba un sacrificio público de muchos animales, el rito era conocido como una “hecatombe” (que significa “cien bueyes”).

Han pasado siglos y siglos y ha llovido a borbotones —literal y figuradamente— desde que el último cuello de una res se encontrara con el despiadado frío del acero. Sin embargo —como se puede apreciar en la foto que acompaña este texto—, las manchas de sangre provenientes de hecatombes y holocaustos aún no se han borrado.
Hoy, 18 de marzo de 2009, día en que se conmemora el sexto aniversario de la tristemente célebre Primavera Negra —aquella infame ola de represión que sacudió Cuba de uno a otro confín— y ya cumplidos cincuenta años de totalitarismo, en los que si algo se ha derrochado es precisamente sangre, me tomo la libertad de recordar al gobierno de la isla que mientras exista un cubano digno, sus crímenes no quedarán impunes ni serán olvidados.

La sangre —por suerte o por desgracia— es tan espesa como indeleble.

Memoria, verdad y justicia

En el Valle de los Templos, a poco menos de un kilómetro del Templo de la Concordia yacen los restos del que fuera dedicado a Jove. El mismo —entre sus columnas a medio derribar, sus estatuas dilapidadas, su esplendor antiguo— incluye un área dedicada a los sacrificios.

Sí, en el antiguo imperio —por la época en que convivían humanos y deidades— los dioses tenían la costumbre de recibir ofrendas de sus devotos. Dichas ofrendas variaban en dependencia del poder adquisitivo de quienes las hacían. Las más comunes involucraban diferentes tipos de alimentos: vegetales, frutas, miel… aunque también recibían ofrendas de animales, denominadas, no sin razón, “sacrificios”. En el altar de los sacrificios, se cortaba el cuello de la bestia —que solía ser blanca y, por lo general, de la familia de los bovinos, aunque no escatimaban aves u otros cuadrúpedos de menor tamaño—; luego, el animal era parcialmente quemado. Si la quema de la víctima era total, el acto era denominado “holocausto”. En las ocasiones en que toda la población celebraba un sacrificio público de muchos animales, el rito era conocido como una “hecatombe” (que significa “cien bueyes”).

Han pasado siglos y siglos y ha llovido a borbotones —literal y figuradamente— desde que el último cuello de una res se encontrara con el despiadado frío del acero. Sin embargo —como se puede apreciar en la foto que acompaña este texto—, las manchas de sangre provenientes de hecatombes y holocaustos aún no se han borrado.
Hoy, 18 de marzo de 2009, día en que se conmemora el sexto aniversario de la tristemente célebre Primavera Negra —aquella infame ola de represión que sacudió Cuba de uno a otro confín— y ya cumplidos cincuenta años de totalitarismo, en los que si algo se ha derrochado es precisamente sangre, me tomo la libertad de recordar al gobierno de la isla que mientras exista un cubano digno, sus crímenes no quedarán impunes ni serán olvidados.

La sangre —por suerte o por desgracia— es tan espesa como indeleble.