Archivo de la categoría: Misceláneas

Galería del entorno material cubano

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Amigos y detractores, agentes del G2 y de la CIA, cubanos que me escuchan, lectores de las dos orillas:

Los hago partícipes a todos de un muy prometedor proyecto sobre la cultura material cubana. El propósito principal del mismo es crear un archivo del entorno material cubano y de los multiples significados que extrajimos de, pero también depositamos en él.

En esta recién creada Caja de Pandora caben la caja de fósforos Chispa, el talco Bebito, las botas Centauro, el kerosén, la pañoleta, el desodorante Rexona (que no te abandona), la lanchita de Regla, el televisor Caribe, todo el Malecón, la chancleta (¡la chancleta!) y su eterno acompañante —el bajichupa—, el trozo de pared o asfalto marcado por la tiza, aquel libro de Borges que al ver el título —Historia universal de la infamia— en algún anaquel más de un joven pensó que era una crónica de la revolución cubana, la bicicleta china, el ventilador ruso, el jugo de mango Taoro, la lata de cascos de toronja, la tonfa del policía, las bandejas metálicas y los chícharos que en esta servían en la beca, la chivichana, el remo del bote que propició la fuga, el pasaporte con el humillante permiso de salida estampado en una página dictada por el azar o el oficial de aduana, y cuanto objeto entrañable o despreciado se cruzara en su camino en la isla.

A propósito del día de los inocentes

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Dado el interés y revuelo causado por la inocentada de ayer, aquí les dejo los posts publicados en este blog en el día de los inocentes.

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

Silvio Rodríguez dice “basta y echa a andar”

(Ecuador Press). Quito, 27 de diciembre

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Luego de décadas de ofrecer su apoyo constante e incondicional al régimen de los hermanos Castro, el controvertido cantautor cubano Silvio Rodríguez ha roto públicamente con el gobierno que le «dio razón de ser». La ruptura pisa los talones a su reciente descontento respecto al derecho de los cubanos a entrar y salir de su país sin necesitar el visto bueno del gobierno de la isla.

Su malestar con el régimen cubano salió a flote en la capital ecuatoriana, durante el concierto que cerraba su “Gira por la otra América”. Fue a raíz del estreno de “El ciego” —considerada por los conocedores de su obra como una continuación de “El necio”, canción insignia del trovador, que dedicara en la década de los noventa al mismísimo Fidel Castro—, cuando Rodríguez tuvo que interrumpir la guitarra para recitar el estribillo, casi entre lágrimas:

El sueño se volvió mil pesadillas.
Los muertos en el mar mueren de olvido.
Que nadie me perdone lo vivido.
Mi Alicia se quedó sin maravillas.

«El sueño que añora mi canción», comentó el juglar durante la entrevista posterior al concierto, «fue la promesa malograda de la revolución. Ya le he dedicado casi cinco décadas, cantándole las loas, cual si fuera su bardo oficial. Y lo he hecho como un soldado de la palabra, con el orgullo del deber cumplido. Pero cada vez se hace más difícil defender lo indefendible. La reciente negativa oficial a emprender la reforma migratoria tan anhelada por el pueblo ha sido la gota que colmó la copa. Hoy Silvio Rodríguez ha dicho basta y ha echado a andar. Ese estribillo, que hace alusión a los balseros, es un anuncio de lo que vendrá. Componer la oda a todos los que han perecido en el intento de fuga de la isla es mi tarea pendiente».

El cantante se negó a confirmar si sus palabras deberían ser interpretadas como una deserción política. Tampoco confirmó ni negó si regresaría a la «isla-cárcel», como se refirió a su tierra natal a lo largo de la noche.

«Antes de marcharme, quiero que conste que Amaury Pérez, además de que nunca fue trovador, siempre fue un chivato», dijo, antes de dar por terminada la rueda de prensa, aunque ningún periodista supo a ciencia cierta de quién estaba hablando y el cantautor —que desapareció como si se lo hubiera tragado un rabo de nube— no se molestó en aclararlo.

***
Actualización de las 10:35 pm del miércoles, 28 de diciembre

Estimados lectores de Belascoaín y Neptuno: ¡Feliz día de los inocentes!

Notificación a miembros de Pyongyang Plañideras S. A.

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Hay trabajo voluntario
en el parque y en la plaza…
Que no quede un alma en casa,
que esto será legendario.
Tenemos fecha y horario
y papel en el velorio:
nuestro lamento mortuorio
—ensayado y financiado
con las arcas del estado—
es, ya ven, obligatorio.

Kim Jong-il y la corrección política

Hoy, que ha muerto el dictador norcoreano Kim Jong-il —y como tal lo define El País, en un reportaje de José Reinoso, con un titular que no se va por las ramas y reza: “Muere el dictador de Corea del Norte Kim Jong-il”—, quisiera pedirles a los editores del periódico que tengan presente el calificativo cuando les toque redactar la nota sobre la muerte del dictador cubano Fidel Castro.

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Posdata: dicen que la alegría en casa del pobre dura poco. Dos minutos más tarde, el diario de marras ha corregido el calificativo en su versión web y donde antes ponía “dictador” ahora pone “líder”. Mal andamos.

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La especialidad de la casa

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Hoy te quiero convidar
a una joya culinaria
súper revolucionaria,
la fiesta del paladar,
una receta ejemplar
que es del castrismo su gloria,
arraigada en la memoria
de ese pueblo penitente
que a todo le mete el diente:
¡langosta de zanahoria!

***
(H/T: Penúltimos Días).

Apaga la tele…

Apaga la tele. Consulta el diccionario.

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H/T: Ariel FL en Facebook.

Doce años

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Hoy cumplo doce años de vida en Estados Unidos: doce años de no mirar sobre el hombro, de acostarme sin hambre, de despertarme sin miedo.

Réquiem por Nueva York

Estuve al menos media hora en uno de los vagones del metro N, en mi trayecto rumbo al sur de Manhattan, varado en algún punto impreciso entre las estaciones de la calle ocho y la calle 14. En aquel entonces no tenía teléfono móvil. (A decir verdad, no creía en los teléfonos móviles: me irritaba sobremanera la gente que andaba arriba y abajo en cuchicheo perenne con Dios sabe quién al otro lado de la línea). Horas después, aclaradas las dudas, comprendería que de poco me habría valido una conexión celular. Casi todos los circuitos telefónicos en ese momento estaban incapacitados.

Al principio no nos dijeron nada. Por suerte o por desgracia, mis años en Cuba me habían familiarizado con la vaguedad como método de información, así que intenté ignorar aquel desconocimiento que nos mantenía, en su forma más literal, bajo tierra: las autoridades ferroviarias habían optado por preservar la calma en el submundo. Ya al cabo de cinco minutos, cuando la parada irregular se había extendido mucho más de lo acostumbrado, empezaron a anunciar por el sistema de altoparlantes que debido a una congestión al sur de Manhattan estaban demorando —y hasta desviando— los trenes que iban al área de Wall Street.

¿De qué tipo de congestión hablaban? Se referían al hecho como algo que ocurría “above ground”. La manera en que decían “above ground” me pareció un poco melodramática: más apropiada para una película taquillera del Hollywood más comercial. «Estos americanos», pensé. Por otra parte, ¿cómo era posible que un disturbio sobre tierra pudiera afectar a quienes viajábamos —ajenos a todo— en sus entrañas? La claustrofobia empezó a generar preguntas que, por el momento, iban a caer en saco roto. Sin otra alternativa, regresé a la lectura de turno, que era, con toda probabilidad, algún escritor del Boom latinoamericano, a quienes tuve que (re)leer para (mi desdicha y) la maestría en esta olvidada lengua que cursaba por aquel entonces.

Pasado un tiempo incalculable, le dieron luz verde al tren. Recuperó el ritmo y en par de minutos se puso en la estación de la mentada calle ocho. Bajaron varios pasajeros, pero —esto debió haberme sorprendido— el flujo fue unidireccional: no subió nadie a repoblar mi vagón. No presté atención al detalle. ¿Qué se podía esperar de un martes común y corriente?

El tren siguió su curso como si nada hubiese pasado; como si la media hora que nos retuvo en ese limbo subterráneo perteneciera a otra vida, a otro tiempo. Casi automáticamente empecé a ensayar la excusa que le daría a mi jefa para amortiguar la tardanza. ¿Me creería? ¿Media hora atascado en tierra de nadie? A otro perro con ese hueso. La próxima parada era la mía. Me quedaba en Prince, esquina a Broadway. Mi trabajo por aquellos días estaba a unos pasos de la boca del metro: en la calle de los teatros, entre Prince y Spring. Por lo general, salía como un sonámbulo del tren, inmerso en las páginas de algún libro —cualquier libro—, con pleno conocimiento de la distancia entre cada peldaño de la escalera del Subway, dueño de cada olor que emanaba del superpoblado Downtown neoyorquino, experto en evitar a todo tipo de transeúntes sin despegar la vista de las páginas que me ocupaban.

Esa mañana, a la salida del metro, tropecé con un escalón a desnivel —esta imagen la insertaría en mi novela—; levanté la vista y di con una multitud corriendo rumbo norte por Broadway. Eran poco más de las nueve de la mañana. No supe qué pensar ante el panorama. Así que regresé al libro. Pero la lectura duró un segundo, quizá menos: esta vez fue el olfato y no el tumulto lo que me devolvió a la realidad: nos rodeaba un olor intenso, como a ¿pelo quemado? Luego vi una columna de humo que subía desde algún punto que no pude determinar, a unas veinte cuadras de la esquina a la que me habían llevado el metro y mis desorientados pasos.

Lo primero que me vino a la mente —en ese instante me pareció lógico y ridículo a la vez— fue que estaban filmando alguna película de ciencia ficción. Parecía una escena sacada de Godzila: un pánico generalizado que se mezclaba con mi desconcierto: ¿de qué huía la gente en desbandada? ¿Y por qué había otros que iban en dirección contraria, rumbo al humo y la debacle, aferrados a sus teléfonos, marcando números que ya habían recibido su última llamada? Dale con Hollywood y su empeño en hacer que las cosas parecieran reales. Por lo menos podían haber avisado, que uno sale del tren y no tiene ni idea… Pero no vi cámaras por ninguna parte. «¿Qué pasa?», pregunté al azar. «Nos atacan», me gritó uno sin detenerse.

Eché a correr al norte del infierno. (Coincidencia irónica: unos meses más tarde, traduciría una excelente novela que lleva ese título). No me detuve hasta el entronque de la calle 14 y la sexta avenida. Hasta ese momento no sabía de qué me alejaba; corría por inercia, como si fuera un extra de esa película que aún no lograba comprender; tampoco, hasta entonces, habría imaginado que podía correr tanto. En la esquina de la 14 y la sexta, la gente se estaba congregando para ver el fin de una era. Ya se había desplomado la primera torre. Alguien mencionó que la segunda caería en breve. Aparté la vista. (Hay imágenes que prefiero evitar). Escuché un suspiro general. Un grito aquí, una maldición allá y una conmoción en la atmósfera me confirmaron lo que ya temía: la segunda torre se estaba desmoronando.

Caminé al oeste por la calle 14 hasta llegar a Lectorum, la librería que me había recibido en mil y una ocasiones felices desde mi llegada a Manhattan; me recibieron con caras largas; pedí el teléfono; llamé a casa y hablé con la amiga que había vivido intensamente mi fuga de Cuba, dos años de noviazgo conmigo y que en unos meses se convertiría en mi esposa. Le dije que, salvo causa mayor, no se moviera de ahí. Que iba a su encuentro. Deambulé hasta la calle 50 y la undécima avenida: por esa zona la gente había formado un cordón en la acera y saludaba —¿despedía?— con carteles de apoyo, lágrimas, comida, botellas de agua y cuanto artículo pudiera ser útil a los bomberos, policías y voluntarios que se aventuraban a la Zona Cero.

Seguí andando. Llegué a casa poco antes del mediodía. Aún a esa altura de Manhattan no era difícil oler la muerte. Los helicópteros sobrevolaban la isla, las sirenas aullaban ininterrumpidamente, los teléfonos (que aún servían) no paraban de sonar. Mi novia me recibió con una tristeza desconocida. No puedo precisar cuándo empecé a llorar ni dónde culminó el llanto. El resto del día fue un letargo intranquilo. Empezamos a hacer planes emergentes: a quién llamaríamos en caso de urgencia si no nos podíamos comunicar entre nosotros; dónde nos reencontraríamos si la vida nos lanzaba otra vez ante un escenario (casi) post-apocalíptico… La incomunicación había sido siniestra. La angustia de aquellas horas en que no supimos el uno de la otra fue una de las sensaciones más intensas que había experimentado hasta la fecha. (¿Debo recordar que provengo de Cuba, la tierra de las sensaciones más intensas?).

Esa tarde murieron mi inocencia —gigantesca, no olvidemos que crecí en La Habana— y mi incredulidad y disgusto ante la telefonía celular, y me nació un escepticismo que a ratos me sirve de brújula. El 12 de septiembre de 2001 compré mi primer teléfono móvil. El aparato es lo que en mis años en Cuba era el carné de identidad: una suerte de salvoconducto. Lo llevo a todas partes.

Reza el lugar común que a los amigos se les reconoce en los malos tiempos. La fatalidad tiene ese don de sacar a flote —en alguna gente— los buenos instintos. Hasta el 11 de Septiembre de 2001, la Gran Manzana —con sus aires de capital del mundo, su ritmo acelerado, sus clubes de jazz, su diversidad variopinta, sus barrios segregados, sus tragos cosmopolitas, su rivalidad entre los lados este y oeste, su West Side Story y su Metropolitan, sus viñetas de Woody Allen, su ruido infernal, sus taxistas descabellados, su coexistencia pacífica entre Chelsea y Hell’s Kitchen, su Central Park con la estatua ecuestre de José Martí, sus cubanos de todos los credos y todas las latitudes— no me era indiferente, pero tampoco me era particularmente entrañable: era una ciudad más, desde donde vivía mi destierro con el mayor decoro posible.

Esa tarde —quizá sin proponérmelo—, dejé de ser habanero de un golpe.

Desde entonces, no importa donde viva, sé que soy natural de Nueva York.

***
Alexis Romay
11 de Septiembre de 2008

Publicado en el número 21 de la revista Replicante.

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El mensaje

Si estás leyendo esto es solo porque gracias a los blogs, Twitter, Facebook, Google + (y llena el espacio en blanco con tu red social predilecta), todo el mundo y su tía ha pasado de consumidor a generador de contenido. No solo podemos elegir, basados en nuestros prejuicios y preferencias, de dónde vienen las noticias que alimentan nuestras opiniones y hacen que nuestra brújula moral siga apuntando al norte. También nos hemos convertido en proveedores de contenido, y lo lanzamos a los cuatro vientos para mejorar al mundo, ay, con nuestros pensamientos iluminados. Aun así, cuando la red de redes no basta, la gente saca su(s) mensaje(s) a la calle y se pasea con caracteres japoneses, chinos, coreanos, citas de El Libro o de sus escritores favoritos y cualquier idea concebida a medias en forma de tatuaje, ya sea en el vientre, el cuello, los tobillos, los hombros, los antebrazos…

Si nos bombardean constantemente con información es debido a la infinita necesidad de mantenerse relevantes y en nuestra mente tan innata a ambos humanos y corporaciones.

Ahí tenemos los “Snapple real facts” (cosas verídicas [presentadas por Snapple]) en el interior de las tapas de las ubicuas botellas de té helado en las que podemos aprender la velocidad del saque más rápido en tenis, la cantidad de veces que podemos doblar un papel hasta que ya no es posible volver a doblarlo, o el número de horas que puede volar un buitre sin batir las alas. La lista es de suma y sigue.

El día en que acepté la oferta de trabajo de la compañía que me emplea, lo celebramos con comida china. Como lo pide el rital, al final de la cena abrí mi galletita de la fortuna. Decía: “Your income will increase”, que traducido mal y pronto al español quedaría: “Tus ingresos aumentarán”. Nos reímos largo y tendido.

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Nos hemos acostumbrado —ese “nosotros” implícito te incluye— a leer lugares comunes en las galletitas de la fortuna, mientras esperamos el instante de abrir la esencial y más precisa de todas: “Estás leyendo una galletita de la fortuna”. Pero ha llegado un nuevo bailador al guateque que promete mantenernos en el filo de la navaja: Halls —el artífice de las pastillas para la garganta cuyas ventas probablemente se disparan en invierno— ha subido la parada. Ha incluido unas “palabras para levantar la moral” en cada uno de esos caramelos con sabor a miel y eucalipto.

Me molestó al principio. Pero creo que aprenderé a vivir con esta iniciativa. Después de todo, “Go get it!” no es una mala manera de comenzar el día. ¿Cómo se dice eso en el español de Iker Casillas? Supongo que así: ¡A por ello! Pero yo lo escucho en cubano: ¡ponte las pilas!, ¡pártele el brazo!, ¡métele mano, compadre!

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Adonis o el papelazo (un corto de acción en La Habana)

Se acaba de cumplir un sueño de toda la vida: uno de mis guiones fue llevado a las cámaras… ¡y en La Habana! Algún envidioso cuestionará qué vino primero, si el huevo o la gallina, pero no quiero perder tiempo en nimiedades.

El corto dura menos de treinta segundos. Aquí les dejo el libreto, seguido del clip. Recomiendo leer primero y ver el video después. Aunque supongo que también puede funcionar a la inversa.

***

Adonis o el papelazo

Locación: esquina habanera, preferiblemente la de Belascoaín y Neptuno. Cae la tarde.

Personajes:

Adonis: mulato, alto, de musculatura pronunciada y ojos claros mirados a trasluz, viste de blanco, camiseta ajustada y jeans. Su hombro derecho deja ver un tatuaje.

Julián: negro, alto, corpulento, lleva gorra blanca de medio lado, pantalones cortos y pulóver a rayas.

Adonis está parado en la esquina, con los brazos cruzados a la espalda, contemplando el panorama.

Julián (entrando a escena): Asere, ¿dónde venden ron aquí?

Adonis (sin inmutarse): ¿Ron? No, mi hermano, aquí no venden ron ni pinga, asere. Aquí no venden na’ de eso, compadre. ¿Oíste?

Julián, que no se espera la respuesta, sigue su camino.

Adonis mira con el rabo del ojo. Ve que Julián siguió andando y vuelve a la cantaleta.

Adonis: ¿Qué ron de qué pinga? Aquí no hay que buscar ron. (Sale de escena. En el fondo se ve a Julian alejarse de la acción. Adonis regresa a escena con un vaso de plástico y bebe. Continúa hablando. Mientras más se aleja Julián, más se envalentona Adonis, hasta el punto en que le da la espalda por completo). ¿Pinga ron de qué? ¡Ron esta pinga! ¿Qué pinga e’?

En el fondo del encuadre, el lenguaje corporal de Julián indica que está cambiando de parecer. Hasta que no lo piensa más. Se detiene. Vuelve sobre sus pasos. Adonis está de espaldas. Julián se acomoda la manga derecha del pulóver, que no hay que perder el estilo. Toma una carrerita de impulso. Al llegar a Adonis, le pega la bofetada del siglo. Adonis se desploma.

Risas de voz en off.

Fin.

***
Sin otro particular, les dejo Adonis o el papelazo:

¡Gracias a los actores!

Esta tarde, en Radio Martí

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Hoy, a las 4:30 p.m. —hora de Miami, de Nueva York y de La Habana—, el escritor Michel Suárez me entrevistará para el programa
PERIODISMO PUNTO COM, que transmite Radio Martí, de lunes a viernes.

Tan pronto me envíen el clip de la entrevista, lo colgaré por acá, para los cuatro gatos que no pudieron escucharlo en vivo.

Ah, esa inocencia infantil

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Acabo de traducir esta oración en un libro para niños que nada tiene que ver con Cuba: “Ella resultó ser la madre del Comandante”.

Eso de mentarle la madre al Comandante, incluso a través de la literatura infantil, me ha provocado grato placer que comparto con propios y ajenos.

El libro en cuestión no importa. Pero, vamos, repitan conmigo: ¡La madre del Comandante!

(Foto: Santos Rodríguez).

“Némesis”: retrato de Ai Weiwei

“Némesis” es un proyecto del artista cubano Geandy Pavón. Más detalles sobre el proyecto, aquí.

Simpatía y melancolía: Lars Von Trier y el doble rasero

Lars Von Trier, el enfant terrible de la cinematografía danesa, metió la pata hasta el cuello en una conferencia de prensa, con motivo de su película “Melancholia”, en el Festival de Cine de Cannes. Cuando le preguntaron acerca de [llene este espacio; es irrelevante], respondió: 

“Yo en realidad quería ser judío y entonces descubrí que, en realidad, era nazi, pues mi familia es alemana. Y eso también me produjo algún placer. Entonces, yo, ¿qué puedo decir? Entiendo a Hitler. Pienso que hizo algunas cosas malas, pero lo puedo ver sentado en su búnker. Estoy diciendo que creo que entiendo al hombre. No es lo que llamaríamos un tipo con onda, pero sí, entiendo mucho de él y simpatizo con él”. 

Parece que el título de su más reciente film lo hizo sentir melancolía de la Alemania nazi. La protesta del público fue inmediata. Von Trier es uno de los consentidos de Cannes, habiendo ganado la Palma de Oro en 2000 por su film “Bailarina en la oscuridad”. Aun así, dicho premio no bastó para evitar la rápida condena de Cannes contra su muestra de simpatía por Hitler y su intento de trivializar el Holocausto. El resultado final de su diatriba: Von Trier fue declarado persona non grata (aunque su filme continúa compitiendo por el premio). 

***

Crecí en Cuba, bajo un régimen antisemita (sí, Castro & Co) que constantemente viola libertades básicas, incluida, una entre tantas, la libertad de expresión. Con esto digo que el derecho a hablar me lo tomo muy en serio. Habiendo dicho eso, incluso si no fuera un amante de los judíos —cosa que soy literalmente: mi esposa es miembro de la tribu—, aun así coincidiría con la decisión del Festival de Cine: Von Trier queda verbotten, prohibido, de una vez y para siempre en sus predios. La libertad de expresión ha de terminar justo donde comienza el intento de minimizar o ridiculizar el genocidio. 

La oración anterior me recuerda este absolutamente sexy, súper moderno y ultra literario local en NYC llamado KGB Bar

Pero, antes de continuar, permítanme una digresión. Durante el reinado de terror de Joseph Stalin, sus víctimas llegaron a los veinte millones, con la entusiasta participación de la KGB. En caso de que se perdieran la Guerra Fría y aun no hayan alquilado la ganadora del Oscar “La vida de los otros” (sobre la Stasi, prima-hermana de la KGB, vía Alemania Oriental), la KGB fue, hasta 1991, la agencia nacional de inteligencia, contraespionaje y policía política de la Union Soviética, a cargo de, entre otras infamias, suprimir actos de “diversionismo ideológico” —ese binomio de palabras todavía temido en Cuba—, así como de reprimir, arrestar y asesinar a incontables escritores e intelectuales. 

Ya que estamos, también hay un servicio online de “respuestas y preguntas de conocimiento general” llamado “KGB Answers”, que traducido mal y pronto quedaría como “La KGB responde”. Qué simpático. Y qué terriblemente impreciso. La especialidad de la KGB no era sus respuestas. Era sus preguntas, sus interrogatorios. 

Ya que por ahí van los tiros, sólo puedo preguntarme cómo la KGB mutó de cementerio al que las ideas iban a morir en amigable servicio online que responde sus dudas. ¿Por qué se convirtió la KGB en un bar neoyorquino con onda al que la gente con onda va a leer su prosa con onda y su poesía con mucha más onda aún? ¿Y cuándo será, por fin, políticamente incorrecto trivializar las víctimas de la KGB, de Stalin y del comunismo?