La flexibilidad que el sátrapa nunca tuvo en vida la derrocha su monigote. Lo pueden zarandear con el ratón y tirarlo de un lado a otro. El jueguito es adictivo. Y terapéutico.
PD: Me entero por PD que la animación Flash es de Ulises Álvarez.
La flexibilidad que el sátrapa nunca tuvo en vida la derrocha su monigote. Lo pueden zarandear con el ratón y tirarlo de un lado a otro. El jueguito es adictivo. Y terapéutico.
PD: Me entero por PD que la animación Flash es de Ulises Álvarez.
Publicado en Cuba, Exilio, FC, Insilio, La muerte de Narciso
El caimán imberbe
LA HABANA. “Fidel”, dictador cubano de una especie en extinción, murió en la capital de Cuba después de casi 50 años de aferrarse al poder.
10:41 AM – LA HABANA. “Fidel”, una rara especie de comunista cubano que llevaba más de 40 años haciendo vivir a los habitantes de la isla en condiciones mucho más precarias que las que encuentran los animales del zoológico de El Bronx, murió de vejez —luego de alcanzar en vida el estado máximo de putrefacción—, según informó la jefatura del país, que funciona como centro recreativo y de conservación natural de diversas variantes de la izquierda planetaria: la romántica europea, la rabiosa latinoamericana y la cínica estadounidense. El mandatario, que dejó en la viudez a “Delia”, pertenecía a un grupo de su género en extinción, según explicó un vocero de la gran jaula flotante.
“Fidel” fue traído a La Habana el 8 de enero de 1959, procedente del este del país y procreó hijos con “Delia” —y otras que aquí no mencionamos— a la que encontró (en circunstancias que no vienen a cuento) en el lugar. Las crías de ambos fueron enviadas a varias ciudades de los Estados Unidos y Japón como parte del programa de conservación de dichas especies.
Los verdaderos comunistas cubanos no sobrepasan los grupos de 5 personas por cada cien mil metros cúbicos, pero son muy agresivos y se les considera una de las especies más “peligrosas” de la fauna.
Sólo se les encuentra en Internet —con infinitos pseudónimos usados por una misma persona— y en manifestaciones en el Protestódromo de La Habana —mientras esperan disimulada y disciplinadamente su turno en la lotería de visas a Estados Unidos—. En ambos casos, la población salvaje se calcula entre 3 mil a 6 mil ejemplares.
A los comunistas cubanos se les conoce científicamente como “Hypocrytus coprofagus”, están entre los más insignificantes del mundo y gustan de vivir en las zonas más restringidas de la jungla: a saber, el Vedado, Miramar…
Entre sus especies más cercanas o “parientes” están los chavistas y las amebas más evolucionadas.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Cruz Tejada, Miguel. “¡Murió Fidel!… un cocodrilo cubano que llevaba 40 años en el zoológico de El Bronx”. El Diario/La Prensa. 26 de septiembre de 2008.
Publicado en FC, La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, La muerte de Narciso
Etiquetado Nueva York
Atletas en la tercera dimensión habanera
Ayer me senté a escribir un poco tarde, mi cuerpo chorreaba agua, sal, ganas de seguir dándole duro a la vida.
Me bañaron mis ayudantes porque soy medio exhibicionista y porque me gusta mantenerlos en jaque todo el día. El agua del tanque estaba tibia y la familia se daba sillón frente a la pantalla mientras esperaban, esperaban, esperaban, dizque “las Olimpiadas, brother, las Olimpiadas”.
Comí a gusto en la terraza, el mirador me ofrecía una maravillosa obra de Tomás Sánchez en penumbra (nunca lo he confesado en público, pero siempre me fascinaron sus basureros); ésta es mi tierra al natural, completamente apagada, sin maquillajes ni fuegos artificiales.
De momento, llegó la luz, había una rotura simple en toda La Habana profunda.
Sonido: Suspiro colectivo, alivio al término del apagón general.
Corriendo fui a la televisión y encendí “mi aparatico secreto”.
En pantalla, las cámaras mostraban el estadio y los atletas, mis atletas, que competían en Beijing, tu Beijing.
Felipito me recordó aquellas cosas que hicimos para ponerlos en las competencias, parecía que los cubanos desde aquí les dictábamos o soplábamos al oído lo que sentíamos entonces. Pero es que ellos y nosotros estamos aquí y allá. Tremenda “bilocalidad”.
Eran los ochenta y nos enamoramos de competir, de ganar más medallas que los países del primer mundo, de nuestros atletas (los que regresaban) y de sus inolvidables declaraciones.
Se escuchó un murmullo general y cuando iban a comenzar los 110 metros con vallas se fue la luz, otra vez. El barrio se quejó, se desinfló al unísono.
Volví a la terraza, descalzo y en ropa interior, total, en esta senectud y en esta soledad de mi vida habanera, quién me puede adivinar, hay que ser autoreferente delirante para pensar que te espían en esta situación.
Los muchachos de mi escolta marchaban de un lado a otro del perímetro, qué casualidad. No hay que pensar mal, ellos no han sido penetrados ideológicamente.
¿Qué me quieren decir? ¿Qué significa eso de que mi escolta marche arriba y abajo, sin orden ni ton ni son, de aquí hasta la acera de enfrente?
Recordé las veces que Aldana intentó explicarme lo que era: la tercera dimensión, pero me negaba a entenderlo. Qué testarudo he sido. Ya lo entendí todo, me iluminé, canté a gritos: “La técnica es la técnica, porque sin técnica no hay técnica”, inflé los carrillos, me babeé un poco y luego me quedé rendido en el suelo de la terraza. Mirando al cielo rojizo pensé en las personas que se fueron para no tener que hacer infinidad de trucos para ver las transmisiones de los mundiales de fútbol; días y días instalando antenas que luego yo con un chasquido de mis magnos dedos confiscaría. ¿No quedaba nadie de ellos aquí? Quiero llamarlos para decirles que… ah sí, la llamo al Sevillano, no; Dashiell está de viaje, dando vistas de “su interior”.
Decidí dormirme, que picazón, que calor más rico hace en las sombras de este anochecer en el trópico. Los muchachos de la escolta practicaron la marcha hasta que se cansaron y en la madrugada me fui a la cama convencido de que ellos y mis atletas dicen la verdad: mi vida ha llegado a su fin, pero el deporte es inmortal.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Torres, Campanilla. “Fito Páez en tercera dimensión habanera”. El Nuevo Herald. 16 de agosto de 2008.
Ochenta y dos: reflexiona
sobre el mundo y su destino
y pídele a tu intestino
que no te mande a la lona.
No por más seda la mona
se transmuta en otra cosa,
ni por vía intravenosa
se reparan tantos daños.
¿Qué nos dejan estos años?
Tu hedor y tu mala prosa…
Publicado en FC, La muerte de Narciso, Una décima (a)parte
Prisioneros de la imagen de hierro
que tú mismo implantaste cual decreto,
tu estómago, el estado y el secreto
penden de un hilo. Pobre testaferro.
Escritor sin talento y sin palabras,
samurái sin katana y sin honores,
barco a vapor que pierde sus vapores,
nigromante de intenciones macabras,
¿cuánta agua que ―sin beber― no dejaste
que siguiera su curso cuesta abajo?
Respóndenos, perro del hortelano.
¿No te basta todo lo que arruinaste?
¿Te apetece la casa del carajo?
Ojalá allá no encuentres un cubano.
Publicado en Apologías e insultos, La muerte de Narciso
Delira el comandante reincidente
huyéndole a la muerte que le espera.
Lo ayudan a salir de la bañera,
le ponen su chándal convaleciente.
Entre argumentos, se le va un bostezo;
entre bostezos, suelta una mentira.
¡Qué ingrata su nariz cuando se estira!
¡Qué pellejudo luce su pescuezo!
¡Qué sosas sus palabras mentecatas!
¡Qué irreflexivas son sus reflexiones!
¡Qué secretos de estómago y de estado!
De su barco, saltan todas las ratas.
No lo salva un trasplante de riñones.
Baja el telón. Su show ha terminado.
Publicado en Apologías e insultos, FC, La muerte de Narciso
Ahora que algunos lo daban por muerto, Castro I se ha visto forzado a dar otra prueba de vida, lo mismo al corresponsal de El País que a sus súbditos (los de Castro). Quizá lo hizo con la esperanza de comprarle unos meses más al trono de sangre que —cual personaje de Shakespeare o Mifune— creara hace medio siglo y que a estas alturas boquea como pez fuera del agua.
El estilo mesiánico que estrenara a finales de los cincuenta —cuyos pináculos, a mi juicio, lo constituyen los doce hombres que en un momento conformaron su ejército y la dichosa paloma blanca que se le posó al hombro— regresa por fin a cerrar el círculo perfecto. Como las imágenes de la Virgen que a ratos se insinúan en tortillas de maíz, puentes derruidos, pizzas, cicatrices y demás lugares insólitos, la figura de Castro ha entrado al terreno de lo fantasmagórico. Cada nuevo acto de presencia es ostentado al público cual milagro. Sus apariciones son apariciones.
En esta ocasión, para justificar su comparecencia ante el lente que no perdona, el Innombrable mandó llamar al golpista venezolano. Chávez, que sabe cumplir órdenes, se montó en un avión (que petróleo le sobra), salió rumbo a la isla y allá, frente a las cámaras, en un descampado, se reunió con los hermanos a hablar de temas dizque trascendentales.
“Dizque”, pues en el video Castro I aparece gesticulando (erráticamente, todo sea dicho), pero ya ni siquiera se atreven a incluir el sonido. A estos efectos, el locutor Randy Alonso se ocupa de resumir lo hablado en el monólogo tripartito. Randy —que, dicho sea de paso, es un divertidísimo adjetivo en inglés— usa palabras que quieren transmitir la energía de los interlocutores y la convicción de lo pactado. Entre estos compañeros no se afirma. Se reafirma. Y Randy lo constata. Y lo reconstata.
Al margen de las reafirmaciones, en este video de la que podríamos denominar La Etapa Silente de Castro I sólo se puede apreciar a un anciano ya demacrado que gesticula y se mueve de forma inconexa. Se mesa la barba. Se barba la mesa.
Del encuentro, las autoridades cubanas sólo se dignaron a reproducir la voz de Chávez, cuando se despide, con saludo militar ahogado en un mar de pleitesías.
Y es así que el hombre que durante 49 años se apropió de los micrófonos en la isla y reprimió cualquier voz que no replicara lo que dictaba la suya tiene que conformarse con dos escasos minutos —y sus míseros quince segundos, de contra— para demostrar, a duras penas, que aún vive.
Publicado en Cubazuela, FC, La muerte de Narciso, Tecnología
El reino del ripio
En medio de la tarde, que ya es de un intolerable violeta, el viejo, de pie en el podio, casi se confunde con las últimas hojas de la escasa vegetación del rombo en sus charreteras. Hace años que permanece inmóvil, mirando sin ver la gente que calcina en las aceras. En el preciso instante en que el sol desaparece, el viejo rompe a hablar, cubriéndose todo el cuerpo. Son las siete, el viejo con los ojos muy abiertos mira a la multitud enajenada. Son las ocho, el viejo, que desvaría a chorros, no se decide a abandonar el micrófono. Son las nueve, el viejo piensa que debe ser de madrugada. Son las doce de la noche. La audiencia luce todos sus estandartes característicos. Los seguidores de primera magnitud (a sus espaldas) bostezan, sus ideas giran raudas como las ascuas de un molino gigantesco. El público variable, los aplausos insignificantes y el destello de las ideas que ya no existen deslumbran la Plaza. La Gran Nebulosa de Andrómeda reluce en esta hermosa noche, transparente y sonora. Entonces, sin previo aviso (y para el agrado de muchos), el viejo y su lenguaje ebrio de poder mueren.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Arenas, Reinaldo. “El reino de Alipio”. Antología del cuento hispanoamericano. Ed. Fernando Burgos. México: Porrúa, 2002. 608-12.
El reino del ripio
En medio de la tarde, que ya es de un intolerable violeta, el viejo, de pie en el podio, casi se confunde con las últimas hojas de la escasa vegetación del rombo en sus charreteras. Hace años que permanece inmóvil, mirando sin ver la gente que calcina en las aceras. En el preciso instante en que el sol desaparece, el viejo rompe a hablar, cubriéndose todo el cuerpo. Son las siete, el viejo con los ojos muy abiertos mira a la multitud enajenada. Son las ocho, el viejo, que desvaría a chorros, no se decide a abandonar el micrófono. Son las nueve, el viejo piensa que debe ser de madrugada. Son las doce de la noche. La audiencia luce todos sus estandartes característicos. Los seguidores de primera magnitud (a sus espaldas) bostezan, sus ideas giran raudas como las ascuas de un molino gigantesco. El público variable, los aplausos insignificantes y el destello de las ideas que ya no existen deslumbran la Plaza. La Gran Nebulosa de Andrómeda reluce en esta hermosa noche, transparente y sonora. Entonces, sin previo aviso (y para el agrado de muchos), el viejo y su lenguaje ebrio de poder mueren.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Arenas, Reinaldo. “El reino de Alipio”. Antología del cuento hispanoamericano. Ed. Fernando Burgos. México: Porrúa, 2002. 608-12.
Me desordeno, amor, me desordeno
Me desordeno, amor, me desordeno,
cuando veo en la tumba embalsamada,
tu silueta de momia enamorada
de la buena comida y el ron bueno.
Mi lujuria se acerca a tu figura,
conspira con mi desamparo triste.
Te fugas sin saber lo que perdiste:
dejo un beso en tu tierna sepultura.
Y mi suerte de musa derrotada,
como una mal promesa de verano,
no sabe ya a tu muerte poner freno.
Lloro sobre la tumba más turbada:
tú serás patrimonio del gusano.
¡Me desordeno, amor, me desordeno!
***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Oliver Labra, Carilda. “Me desordeno, amor, me desordeno”.
Anciano en pijama
Así pues, durante cuarenta años destrozarás Cuba. A lo más, cuarenta y cinco si decae el viento.
Si de algo estás seguro es que en tu hora final la atmósfera estará llena de curiosos e insultos. No faltarán los salivazos, pero, por motivos obvios, escaseará la granizada de huevos y verduras podridas. Habrá quien intente afeitarte la barba o rasguñarte la cara. Allí te arrojarán sus culpas y resentimientos el bodeguero y el vago, la periodista, el cuatrero, la niña de su casa, el maniquí y el sastre. Lo más triste de todo es que, entre la muchedumbre, estarán tus protegidos de siempre que te señalarán sin saber lo que hacen. Liberadas sus mentes, todos verán en ti un sujeto indecoroso, un ejemplo reprobable; jamás un amigo. Bien que conoces sus gritos acusadores. Los has promovido a lo largo de la isla de Cuba.
A pesar de que has visto lo que has visto en la tierra, no acabas de acostumbrarte al ansia de libertad del género humano, sobre todo tratándose de gentes educadas. Tu pasado ha sido minuciosamente estudiado, discutido y censurado a fin de que tu ejemplo no se repita; ejemplo demasiado peligroso para un mundo que ha retrocedido cincuenta años en sus ideas. Así, tu mentira ―lo único que posees― quedará enterrada con tus huesos en algún cementerio aciago. Y todo volverá a empezar dentro de tres días, quizá cuatro. Y ahora que te imaginas vejado por la muchedumbre, que te ves implorar con la cabeza casi rapada y el uniforme de convaleciente que te han puesto, herencia de los tantos que murieron condenados por tus designios, sabes que no puedes resistir más. Has llegado a tus límites. Pensaste quitarte la vida en el hospital. Lástima que no te decidieras a hacerlo allá, en tu celda única y primaria, en la Isla de Pinos, antes de que con tu afán transformador le cambiaras el nombre.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Benítez Rojo, Antonio. Mujer en traje de batalla. Madrid: Alfaguara, 2001.
El caballito blanco de alguna deidad desconocida
Creo que era cierto que odiaba a Cuba, a toda Cuba. En la compleja Habana de los noventa se movía en un Mercedes del año, negro, casi ofensivo en su majestuosidad, rodando en el paisaje de basurales y abandono, lo mismo con una jinetera a bordo que con un funcionario de cultura, un general y un adulador. En la Habana trataba de inaugurar un centro de retinosis pigmentaria para agravar la ceguera de la izquierda moderna. Eso lo mantenía en contacto con los alegres funcionarios de cultura, con periodistas alertas y la plaga de jineteros líricos que cazan becas fugaces en el extranjero para coger un aire en el Periodo Especial.
Odiaba a Cuba desde los cincuenta, espiaba a todo el mundo, se hizo el santo y su escolta lo protegía siempre en sus viajes trágicos por el orbe, en los periplos por Bayamo y Ciego de Ávila y en sus visitas de médico a Bolivia y Venezuela y hasta en las nieves y el frío de Europa, donde sus colaboradores tienen que hacerse pasar por animales domésticos o palomas. Donde su infiltrado necesita más ron y más tabaco y escasea el dulce de coco y la ayuda se le hace más difícil (esto es discutible) porque los amantes del Destructor del Trópico no saben por dónde llega el mal en el invierno. Lo recuerdan muchos escritores en desgracia. Lo recuerdan como disculpándose por ametrallar con pequeñas balas, algo para el día o para la semana, algo para reafirmar la severidad de su propio bloqueo. ¿Qué bloqueo? «Los puerquitos vienen de Europa». «La malanga se cosecha en Boston». «Ve cogiendo esos espaguetis, ese perro sin tripa y una botellita de vino Fortín». Aquí (en la isla que me robó) siempre se movía como lo que era: un grosero (con el perdón de los groseros) de otro rumbo, un marginal que se apropiaba, sigiloso, la vida y la cultura de un país.
Todo era política, siempre en ese full-contact tan dañino en el boxeo para el estudio. Así se le odia en esta tierra por ahora fatal, donde ha tenido las puertas de solares y escondrijos, de residencias e instituciones, donde ha promovido el dolor, ese bueno para nada, bueno para la traición, la hipocresía, los insultos y las guerrillas, que anda por ahí, pendenciero en sí mismo, el caballito blanco de alguna deidad desconocida.
Para Castro el Grave, antes el Odioso, mi patria no está en el mismo sitio, no una patria que él vio caerse de vieja y de desidia, entre el cielo y la tierra, en pleno mar Caribe, sino ésta de más acá, donde transcribo amargo y sombrío, triste por mí y por Cuba, su falsa y gastada aberración: «Patria o muerte». (Valga la redundancia, orate).
Así las cosas: Castro se puso de pie, cogió una gran copa de cristal y comenzó, de mesa en mesa, a tambalearse, mientras moría pidiendo dinero para sus conquistas.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Rivero, Raúl. “El caballito blanco de Changó”. Encuentro de la Cultura Cubana 16-17 (2000): 155-56.
De patria pobre
Castro subió por última vez la colina universitaria con el gentío que acompañaba su cadáver hasta el Aula Magna. Profundamente muerto y agotado (habían sido diez días de agonía sufridos fanáticamente, minuto a minuto), su sepulcro cargado por una escolta impávida, ya desde aquella dimensión sentía el fluido del desconcierto popular (¿era alegría?) que por todas partes lo rodeaba. Hubiera querido salir de aquel rectángulo frío, ser uno de los estudiantes que, con sus consignas y cucuruchos de maní, empezaron a organizar el desfile tan pronto quedaron colocados el féretro, el escudo, la bandera y aquella esquela mortuoria con su inexplicable retahíla de títulos nobiliarios: Comandante en Jefe, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Vencedor del Mosquito Enemigo, Gran Pelotero de la Nación, Repartidor de Ollas Arroceras, Patrocinador de la Patria Roja y Negra, Vaticinador de Violentos Huracanes, Compañero Reflexionista, Creador de Olimpiadas Nacionales, Redistribuidor de la Geografía Insular, Plantador de Café en el Llano (en llamas), Demiurgo del Enemigo Plural, Fundador del Plátano Microjet y la Vaca F1, Cederista y Pionero Modelo, Separador de la Familia Cubana… Allí estaba, con su impermeable, inolvidable y, de una vez y por todas, prescindible uniforme color aceituna, más raquítico de lo que el pueblo lo imaginó, la línea de las cejas impartiéndole una gravedad realmente grave al nivel de las circunstancias, una gravedad distinta. «¡Murió el Adalid!», se dijo, embriagado de sí mismo, y el eco resonó en aquella caja impersonal que lo asfixiaba (es un decir, ya el hombre estaba muerto). La avalancha de emociones lo sepultó (literalmente) en la memoria colectiva. Hora tras hora, se saturó de las expresiones, los gestos y rasgos del pueblo más ultrajado: las plañideras con pañuelo a la cabeza que pasaban de largo sin asomarse al cristal del féretro; el lisiado que llegaba a duras penas, con el muñón en la muleta y hacía un comentario obsceno; el trapichero inmutable, gorra en una mano, caja de cigarrillos Malboro en la otra; el obrero ignorando la inminencia del cadáver… y entre todos ellos, de pronto, como una visión desgarradora, un niño, un niño desarrapado, descalzo, la camisa en jirones dejando ver el pecho casi adolescente, rectas las piernas desnudas, juntos los pies sucios, fino, grave, fiero, imponente de pobreza el óvalo del rostro desvalido, a la altura misma de su semblante hierático. A Castro se le arrasaron los ojos de lágrimas, a la vez que sentía nacer en él una muerte desconocida.
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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
Vitier, Cintio. De Peña Pobre. México: Siglo Veintiuno, 1990.