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Nota editorial

Los culpables es un libro certero y conciso que revela sus claves desde las primeras páginas. El equilibrado viaje entre el desgarro, el lirismo y la parodia es puesto en escena desde el primer poema, que retuerce al máximo las alusiones a otros exilios, otras vidas y otras tragedias que marcarán al resto de los textos aquí presentes. En este libro todo sucede con fina sutileza y a la vez no nos sentimos solos en el juego de interpretaciones que el autor nos sugiere. Estamos obligados a interpretar pero el autor no juega a falsos enigmas, sino que más bien se empeña en desentrañarlos apelando a sus diversos registros poéticos.

En medio de los versos hay alusiones veladas y no tan veladas a José Martí, a las fantasías de las izquierdas del siglo XX y a los desmanes del poder totalitario, a las letanías de las nuevas religiones que trastornan con una persistencia terrible la conciencia nacional de Cuba, y hasta a esos boleros que una y otra vez nos remiten a los seres amados. Este calculado despliegue tiene un único trasfondo que reaparece a lo largo del libro como el motivo de una sinfonía, recreado una y otra vez de maneras distintas. Este trasfondo, que no es nombrado de frente sino mediante el perfil de los sonidos y la palabra, nos remite por encima de todo al enigma de la palabra poética.

Los culpables, según Teresa Dovalpage

En la perfección de sus rimas, Los culpables es el canto de los «endémicos de una isla repetida» y la crónica de una ciudad de esquinas rotas, nunca olvidada y vista desde la distancia. Impresionista, expresionista, hiperrealista… los versos de Romay nos transportan a las catedrales, tribunas y altoparlantes que formaban y forman los costillares de La Habana. Hay despedidas y recuerdos, referencias a Borges, Goya y a ciertas fobias que son un gusto de desentrañar. Y, a fin de cuentas, ¿quiénes son los culpables? Entre líneas aflora la respuesta.

Teresa Dovalpage (autora de Muerte de un murciano en La Habana —finalista al Premio Herralde de novela—, Posesas de La Habana y A Girl Like Che Guevara).

Los culpables, según Eufrates del Valle

En Los culpables, escondido en la cadencia del endecasílabo, Romay intenta sanar al muchacho que fue cierta vez, caminando su ciudad natal, inocente todavía de la obra de los verdaderos culpables. Por algún azar, dividió este grito en cuatro partes. El proceso, un ciclo de veintitrés sonetos, escrito cuando ya el autor, al parecer, se sentía a salvo; así creía:

«El día en que perdimos la memoria,
los sabios nos trocaron los papeles:
premiaron la soberbia de los crueles,
recrearon el giro de la noria».

Pero comprendió que de ese proceso ya nadie se salvaba, porque:

«Nos hicieron eternos e invencibles,
inmunes al dolor de las partidas,
ermitaños, modernos criminales».

Acto seguido: Las evidencias. Esta segunda parte, de tres poemas, entrega sendas versiones de una Isla. Pinta con brocha suelta un retrato «hiperrealista», otro, «impresionista», otro «expresionista». Es aquí donde su voz es más desgarrada. Pero el poeta no hace nada para ocultarse. Notas al margen, la tercera parte, es un recorrido de emociones: urgente, unas veces, reposado, otras, hacia esa ciudad que dejó, para rescatar aquellos pedazos de sí mismo que allí aun quedaban:

«Siempre regresarás a lo que fuiste:
el azar, los instintos animales
y la perpetuación de un viejo rito».

El libro culmina con tres sonetos agrupados bajo el título Diario de Nadie. Yo diría, sólo por contradecirle, «Diario de todos». En Réquiem, se rinde, con el cansancio del que veló a su dolor y ahora aprende a vivir tal como se hace con el dolor de otra ausencia, exponiéndose:

«Nada es igual. Nada ha cambiado tanto.
Ya nadie es inocente ni culpable.
Ya el perdón se asemeja a la condena».

Y dejo al margen el último verso del último poema. Es decir, se los dejo para que lo lean por sí mismos. Agregarlo aquí sería contarles el final de una historia; un final que se sospecha, pero que, como la culpa misma, nunca se quiere aceptar.

Eufrates del Valle (autor y editor de El Imparcial Digital).

Los culpables, según Manuel Sosa

Los culpables, de Alexis Romay, es una eficaz transcripción de aquellos susurros que no suelen distinguir los escribas: el ruedo como proceso o montaje, la escena santificada por el Poder. Un anotador oculto, reconocible apenas por la insistencia en escudriñar el attrezzo: así va recopilando el verdadero cronista sus impresiones. El Poder necesita investidura creíble, y la busca concibiendo su propio Teatro. La poesía que se contrapone al script autorizado no es un recurso usual, pues su naturaleza le hace rutilar con voz única, a distancia de las candilejas, dúctil y ambivalente. Pero Romay se encarga de matizar sus atributos, usando una rara mezcla de ironía y dolor, esa voz que describe las verdaderas mutilaciones cuando se participa en rituales de tal especie.

El libro como rosario, soneto a soneto, avanza desde la ilusión hasta la redención, buscando significados, tachando alocuciones vanas, dando espesor a lo que antes fuese tenue diálogo de usufructo. En la franqueza reside su fluidez, atenuando la insistencia del soporte: el metro y la estrofa donde más se vierten el amor y el encono, cultivados aquí con increíble destreza. Romay nos desgrana, en deleitoso reverso de aquel dolce stil nuovo, las otras evidencias: toda autocracia se alimenta de escenografías; cada tribunal es partícipe del libreto previsto; la literatura está siempre enmarcada en territorio vedado; el Poema contradice al acto de escribir, por querer ser más. Culpable, insatisfecho, y este libro como prueba decisiva del cargo más peligroso: incurable.

Manuel Sosa (autor de Canon, Todo eco fue voz y Una doctrina de la invisibilidad).

Los culpables, según Isis Wirth

Hacer coincidir, sin misterio, a la desgraciada isla y al infinito, en un mismo hálito indivisible, son esos caminos que sólo los poetas ciertos iluminan. La lección de Borges es aquí, con intención, transparente, pero sólo es un punto de inflexión para otorgar una voz nueva, más desgarradora, profusa pero precisa. La historia y su absurdo, el ser y lo innombrable, hecho ya verbo, estremecen con un soplo redentor pero sosegado y sabio a estos sonetos. He creído que con ellos accedía a otras claves, más diáfanas en tanto más oscuras —como debe ser—, de la materia de la poesía.

Isis Wirth (autora de Después de Giselle).