Archivo de la categoría: Exilio

Cuidadito, compay gallo

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—Hoy que el día pasa lento
y anda flojo de noticia,
aquí te va una primicia
que tiene su condimento.
—¿Es sobre un hecho violento?
Dime, que yo alquilo palco.
Me pongo perfume y talco…
—¿Quieres que vaya al detalle?
A aquel gallo de mi calle
le metieron un desfalco.

***
(Foto: Pablo Cantón).

Oda al cubano infalible

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Conoces al personaje
porque nunca se equivoca.
Lo que sale por su boca
da para un largometraje
de misterio o de espionaje.
Guarda en la manga un conejo
(más sabe el diablo por viejo),
experto en leyes y en artes,
ve espías en todas partes.
Tiene un aliado: el espejo.

Réquiem por Nueva York

Estuve al menos media hora en uno de los vagones del metro N, en mi trayecto rumbo al sur de Manhattan, varado en algún punto impreciso entre las estaciones de la calle ocho y la calle 14. En aquel entonces no tenía teléfono móvil. (A decir verdad, no creía en los teléfonos móviles: me irritaba sobremanera la gente que andaba arriba y abajo en cuchicheo perenne con Dios sabe quién al otro lado de la línea). Horas después, aclaradas las dudas, comprendería que de poco me habría valido una conexión celular. Casi todos los circuitos telefónicos en ese momento estaban incapacitados.

Al principio no nos dijeron nada. Por suerte o por desgracia, mis años en Cuba me habían familiarizado con la vaguedad como método de información, así que intenté ignorar aquel desconocimiento que nos mantenía, en su forma más literal, bajo tierra: las autoridades ferroviarias habían optado por preservar la calma en el submundo. Ya al cabo de cinco minutos, cuando la parada irregular se había extendido mucho más de lo acostumbrado, empezaron a anunciar por el sistema de altoparlantes que debido a una congestión al sur de Manhattan estaban demorando —y hasta desviando— los trenes que iban al área de Wall Street.

¿De qué tipo de congestión hablaban? Se referían al hecho como algo que ocurría “above ground”. La manera en que decían “above ground” me pareció un poco melodramática: más apropiada para una película taquillera del Hollywood más comercial. «Estos americanos», pensé. Por otra parte, ¿cómo era posible que un disturbio sobre tierra pudiera afectar a quienes viajábamos —ajenos a todo— en sus entrañas? La claustrofobia empezó a generar preguntas que, por el momento, iban a caer en saco roto. Sin otra alternativa, regresé a la lectura de turno, que era, con toda probabilidad, algún escritor del Boom latinoamericano, a quienes tuve que (re)leer para (mi desdicha y) la maestría en esta olvidada lengua que cursaba por aquel entonces.

Pasado un tiempo incalculable, le dieron luz verde al tren. Recuperó el ritmo y en par de minutos se puso en la estación de la mentada calle ocho. Bajaron varios pasajeros, pero —esto debió haberme sorprendido— el flujo fue unidireccional: no subió nadie a repoblar mi vagón. No presté atención al detalle. ¿Qué se podía esperar de un martes común y corriente?

El tren siguió su curso como si nada hubiese pasado; como si la media hora que nos retuvo en ese limbo subterráneo perteneciera a otra vida, a otro tiempo. Casi automáticamente empecé a ensayar la excusa que le daría a mi jefa para amortiguar la tardanza. ¿Me creería? ¿Media hora atascado en tierra de nadie? A otro perro con ese hueso. La próxima parada era la mía. Me quedaba en Prince, esquina a Broadway. Mi trabajo por aquellos días estaba a unos pasos de la boca del metro: en la calle de los teatros, entre Prince y Spring. Por lo general, salía como un sonámbulo del tren, inmerso en las páginas de algún libro —cualquier libro—, con pleno conocimiento de la distancia entre cada peldaño de la escalera del Subway, dueño de cada olor que emanaba del superpoblado Downtown neoyorquino, experto en evitar a todo tipo de transeúntes sin despegar la vista de las páginas que me ocupaban.

Esa mañana, a la salida del metro, tropecé con un escalón a desnivel —esta imagen la insertaría en mi novela—; levanté la vista y di con una multitud corriendo rumbo norte por Broadway. Eran poco más de las nueve de la mañana. No supe qué pensar ante el panorama. Así que regresé al libro. Pero la lectura duró un segundo, quizá menos: esta vez fue el olfato y no el tumulto lo que me devolvió a la realidad: nos rodeaba un olor intenso, como a ¿pelo quemado? Luego vi una columna de humo que subía desde algún punto que no pude determinar, a unas veinte cuadras de la esquina a la que me habían llevado el metro y mis desorientados pasos.

Lo primero que me vino a la mente —en ese instante me pareció lógico y ridículo a la vez— fue que estaban filmando alguna película de ciencia ficción. Parecía una escena sacada de Godzila: un pánico generalizado que se mezclaba con mi desconcierto: ¿de qué huía la gente en desbandada? ¿Y por qué había otros que iban en dirección contraria, rumbo al humo y la debacle, aferrados a sus teléfonos, marcando números que ya habían recibido su última llamada? Dale con Hollywood y su empeño en hacer que las cosas parecieran reales. Por lo menos podían haber avisado, que uno sale del tren y no tiene ni idea… Pero no vi cámaras por ninguna parte. «¿Qué pasa?», pregunté al azar. «Nos atacan», me gritó uno sin detenerse.

Eché a correr al norte del infierno. (Coincidencia irónica: unos meses más tarde, traduciría una excelente novela que lleva ese título). No me detuve hasta el entronque de la calle 14 y la sexta avenida. Hasta ese momento no sabía de qué me alejaba; corría por inercia, como si fuera un extra de esa película que aún no lograba comprender; tampoco, hasta entonces, habría imaginado que podía correr tanto. En la esquina de la 14 y la sexta, la gente se estaba congregando para ver el fin de una era. Ya se había desplomado la primera torre. Alguien mencionó que la segunda caería en breve. Aparté la vista. (Hay imágenes que prefiero evitar). Escuché un suspiro general. Un grito aquí, una maldición allá y una conmoción en la atmósfera me confirmaron lo que ya temía: la segunda torre se estaba desmoronando.

Caminé al oeste por la calle 14 hasta llegar a Lectorum, la librería que me había recibido en mil y una ocasiones felices desde mi llegada a Manhattan; me recibieron con caras largas; pedí el teléfono; llamé a casa y hablé con la amiga que había vivido intensamente mi fuga de Cuba, dos años de noviazgo conmigo y que en unos meses se convertiría en mi esposa. Le dije que, salvo causa mayor, no se moviera de ahí. Que iba a su encuentro. Deambulé hasta la calle 50 y la undécima avenida: por esa zona la gente había formado un cordón en la acera y saludaba —¿despedía?— con carteles de apoyo, lágrimas, comida, botellas de agua y cuanto artículo pudiera ser útil a los bomberos, policías y voluntarios que se aventuraban a la Zona Cero.

Seguí andando. Llegué a casa poco antes del mediodía. Aún a esa altura de Manhattan no era difícil oler la muerte. Los helicópteros sobrevolaban la isla, las sirenas aullaban ininterrumpidamente, los teléfonos (que aún servían) no paraban de sonar. Mi novia me recibió con una tristeza desconocida. No puedo precisar cuándo empecé a llorar ni dónde culminó el llanto. El resto del día fue un letargo intranquilo. Empezamos a hacer planes emergentes: a quién llamaríamos en caso de urgencia si no nos podíamos comunicar entre nosotros; dónde nos reencontraríamos si la vida nos lanzaba otra vez ante un escenario (casi) post-apocalíptico… La incomunicación había sido siniestra. La angustia de aquellas horas en que no supimos el uno de la otra fue una de las sensaciones más intensas que había experimentado hasta la fecha. (¿Debo recordar que provengo de Cuba, la tierra de las sensaciones más intensas?).

Esa tarde murieron mi inocencia —gigantesca, no olvidemos que crecí en La Habana— y mi incredulidad y disgusto ante la telefonía celular, y me nació un escepticismo que a ratos me sirve de brújula. El 12 de septiembre de 2001 compré mi primer teléfono móvil. El aparato es lo que en mis años en Cuba era el carné de identidad: una suerte de salvoconducto. Lo llevo a todas partes.

Reza el lugar común que a los amigos se les reconoce en los malos tiempos. La fatalidad tiene ese don de sacar a flote —en alguna gente— los buenos instintos. Hasta el 11 de Septiembre de 2001, la Gran Manzana —con sus aires de capital del mundo, su ritmo acelerado, sus clubes de jazz, su diversidad variopinta, sus barrios segregados, sus tragos cosmopolitas, su rivalidad entre los lados este y oeste, su West Side Story y su Metropolitan, sus viñetas de Woody Allen, su ruido infernal, sus taxistas descabellados, su coexistencia pacífica entre Chelsea y Hell’s Kitchen, su Central Park con la estatua ecuestre de José Martí, sus cubanos de todos los credos y todas las latitudes— no me era indiferente, pero tampoco me era particularmente entrañable: era una ciudad más, desde donde vivía mi destierro con el mayor decoro posible.

Esa tarde —quizá sin proponérmelo—, dejé de ser habanero de un golpe.

Desde entonces, no importa donde viva, sé que soy natural de Nueva York.

***
Alexis Romay
11 de Septiembre de 2008

Publicado en el número 21 de la revista Replicante.

Despedida cariñosa a Mauricio Vicent, corresponsal de El País en Cuba

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Mauricio, qué desperdicio
de tinta y palabrería,
comedor de catibía,
te creías vitalicio
escudado en tu ejercicio
y en tu actitud vil y necia
—más vieja que Roma y Grecia—
de apañar a dictadores:
Cuba paga a los traidores,
pero también los desprecia.

Ah, esas palmeras murmurantes

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“La patria se reconcilia
con todos sus emigrados”,
dicen estos, inspirados
y pensando en la familia,
en el sueño y la vigilia.
Lo dicen en Guerrillero,
diario del Compañero
que los lanzó mar allende…
pues el regreso depende
del humor del carcelero.

***

(Foto: Santos Rodríguez).

En el lar de la memoria

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a Teresa Dovalpage, que me dio el pie forzado; a Lucila Bejarano, que no la olvido

En el lar de la memoria
habita esta tía mía.
Ella, que no poseía
otra cosa que su historia,
vive sin pena ni gloria
en la gloria nebulosa,
arbitraria y azarosa
que el recuerdo le depara.
La evoco y vuelve su cara:
jovial, distante, jocosa.

***

(Foto: Santos Rodríguez).

Un café descafeinado

Cuento inédito de Frank Rivera *
_______

—Pero bueno —dijo el hombre mayor mientras untaba mantequilla a una hogaza de pan—, dime qué carrera te gustaría estudiar.
—Pues todavía no lo tengo decidido, abuelo –respondió el jovencito de cabellos oscuros y mirada penetrante—. Pero me gustaría ser anestesiólogo o si no ingeniero genético o piloto de aviación.
—¡Caramba! —dijo el hombre después de una pausa—. Perdóname, pero no veo la relación entre esas tres carreras. ¿Qué es lo que tienen en común que tanto te atraen?
—Bueno, es que son las carreras mejor pagadas del país. Con cualquiera de ellas se gana mucho más dinero que con las otras.
—¡Oh! Ya veo.
Hubo un silencio durante el cual el camarero trajo una ensalada de camarones para el hombre mayor y una hamburguesa para el jovencito.
—Y dígame una cosa, abuelo, ¿qué ha hecho por fin con el apartamento de Miami?
—¿El de la playa?
—Por supuesto. ¿Lo mantiene usted abierto?
—No. Está cerrado todo el tiempo. Sólo lo abro cuando voy allí.
—Usted lo compró por muy poco dinero, ¿verdad?
—Por casi nada.
—¿Y cuánto vale ahora?
—Yo no lo sé bien porque nunca lo he puesto en el mercado. Pero según las ventas de otros apartamentos de por allí pienso que hoy día podría valer por lo menos medio millón.
—¿Desean algo más los señores?
—Una sangría —dijo el jovencito.
El camarero se volvió hacia el hombre canoso con mirada inquisitiva.
—No, no —dijo el hombre—. Traígale una gaseosa y a mí déme un café descafeinado, por favor. Y de paso tráigame la cuenta, que mi avión sale ya pronto.
El camarero se alejó y en la mesa se hizo otro largo silencio, que el hombre mayor aprovechó para terminar su ensalada. En cambio, el jovencito apenas tocó su hamburguesa ni probó la gaseosa que le trajo el camarero.
—Y ese apartamento, ¿le quedará a alguno de sus hermanos? —dijo al fin.
—¡Pero, muchacho! ¿Cómo se te ocurre? Ese condominio está a tu nombre en mi testamento. Yo se lo había dejado a tu madre, que en paz descanse, pero luego… no me animé a dejárselo a su viudo, porque la verdad es que nunca me llevé bien con él. Así que de tu madre lo pasé a ti.
El hombre se interrumpió un momento, al sobrevenirle un fuerte ataque de tos.
—Abuelo, abuelo, ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?
—No, no hijo, perdóname. Es un acceso de tos que me da de vez en cuando.
—Bueno, bueno, Menos mal… Y aparte de eso, es evidente que usted sigue bien saludable. ¿No es cierto?
—Sí, bueno, al parecer sí. Pero los médicos han descubierto que tengo una arritmia cardíaca bastante peligrosa. Claro que la mantengo a raya con estas medicinas que llevo aquí… Se llaman bloqueadores beta y ayudan a regular el ritmo de los latidos del corazón. Si uno no las toma el corazón se desboca y puede producirse lo que se conoce como una fibrilación ventricular. Es lo que los médicos llaman la “muerte eléctrica”. Por eso es que no pruebo el alcohol y sólo bebo café descafeinado. Pero mientras tome mis medicinas todo estará bien.
—Bueno, abuelo, dejemos el tema que es bastante deprimente —dijo el jovencito—. ¿Cuánto tiempo va a pasarse en las Azores?
—Pues no sé todavía. Quizá tres semanas, quizá un mes. Todo depende de cómo me sienta.
El camarero trajo una taza de café y la colocó frente al hombre, que apenas bebió un sorbo.
—Me gustaría invitarlo al almuerzo, abuelo. Pero ya sabe que mi situación económica es bastante difícil…
– Ya lo sé, muchacho. No tienes que recordármelo.
Por los altavoces se oyó el anuncio del abordaje de un avión hacia las Azores.
– No me queda más tiempo —dijo el hombre—. Tengo que pasar los registros de seguridad.
El camarero trajo la cuenta, el hombre la miró y dejó unos billetes sobre la mesa. Luego ambos comensales se levantaron y el jovencito ayudó al abuelo a colocarse al hombro un maletín.
Al levantarse el hombre y caminar hacia los registros de seguridad, una bolsita plástica se desprendió de su maletín y cayó al suelo.
El jovencito la vio, la levantó y estaba a punto de entregarla a su abuelo cuando se detuvo. A través del plástico transparente vio los nombres de dos medicinas, de ésas que sólo pueden comprarse con receta médica. Por la mente le pasó, fugaz como un relámpago, la idea de que podría tratarse de bloqueadores beta.
Quedó un momento inmóvil, con la mirada perdida entre el ir y venir de la muchedumbre en la terminal. Luego tiró la bolsita a un tacho de basura cercano y siguió caminando detrás del abuelo hacia los registros de seguridad.
_______

* Frank Rivera nació en Vertientes, Cuba, en 1938. Se graduó de bachiller en el Instituto de Camagüey en 1955 y recibió una maestría en filología románica de la Universidad de Munich en 1967. A partir de 1968, se desempeñó como periodista y editor de La Prensa Asociada en Nueva York.
Rivera es autor de dos volúmenes de Cuentos cubanos editados en Miami (1992, 1998), una novela, Las sabanas y el tiempo, que ha sido publicada en dos ediciones (1986, 2004), y un libro de texto, Introducción a la literatura española, impreso también en dos ediciones (1976, 1982).
Ha ganado además dos becas, la alemana del DAAD para estudiar en Munich (1962-67) y la literaria Cintas para escribir su novela (1980). Dos de sus cuentos obtuvieron primeros premios en concursos literarios hispanos de Estados Unidos (1997).
Desde su jubilación en el 2006, Rivera reside en Nueva York.

El difunto Fidel C. (fragmento)

He tenido el privilegio de publicar en este blog varios textos —algunos inéditos— de mi querida Teresa Dovalpage. Hoy me complace presentarles un fragmento de su desopilante y ojalá muy pronto profética novela —por ese título tan inspirador— El difunto Fidel C.. ¡Buen provecho, comensales! Los dejo con el cadáver parlanchín.

***
20110725-081457.jpg Fragmento de El difunto Fidel C.

Introducción: El protagonista, Fidel/Philip Carballo, relata desde el más allá sus aventuras y malaventuras a través de Encarnación Raynier de los Rosales (“médium escribiente, oyente y vidente, según reza su tarjeta de visita, muy bien impresa en cartulina mate”). Aquí Fidel/ Philip relata cómo conoció a Yordanka, que pronto se convertiría en algo más que una simple secretaria…

Para comprar el libro, haga clic en este enlace.

***

Puse un anuncio “se busca secretaria” en El Nuevo Herald y la primera en llamar fue una muchacha, que, se notaba con sólo oírle la voz, era cubana hasta la médula. Mi plan original consistía en contratar a una americana para que me ayudase con el inglés. Y porque, nativa al fin, sabría más de negocios que cualquier inmigrante. Pero pensé que me hacía falta coger práctica en entrevistar candidatas y le di una cita a la compatriota.

Lo que me cayó en la oficina fue un monstruo. Un monstruo en minifalda roja, tacones de vértigo y una blusa tan ajustada que se le marcaban hasta unos pelitos negros que le crecían sobre las tetas talla treinta y ocho, copa D. El monstruo me extendió una hoja con su currículum, tan diminuto como grandes eran sus nalgas y, sin que nadie lo invitara, se sentó frente a mí con las piernas cruzadas. Para disimular le eché un vistazo al papelejo.

—Bueno, muchachita, veo que no tienes mucha experiencia en ventas ni en mercadotecnia —fue lo primero que le dije, cuando me recobré de la impresión.

—Oiga, compañe… perdón, señor, yo acabo de llegar de Cuba. Todavía tengo los pantalones empapados con agua del Caribe. No puedo saber na’ de merca… ¿cómo dice usted? mercatenia o lo que sea.

Me di cuenta de que aquello no tenía arreglo y para terminar rápido le pregunté:

—¿Sabes conducir? Porque moverse en carro es un requerimiento para este tipo de trabajo.

—Conduciendo vine. En el Nissan de un amigo mío, que si la mujer se entera de que me lo prestó, lo deja sin pelo. Y en cuanto tenga una oportunidad voy a sacar la licencia.

—¿Cómo te las arreglas con el inglés?

—Me defiendo. En el par de meses que llevo en Miami se me ha pegado algo con los programas de la tele. No se vaya a pensar que una es bruta. Yo tengo tremendo mendó, míreme. Míreme bien.

Ante tal estímulo le hice una radiografía visual sin ningún recato.

—Sí, se nota que tienes… tremendas aptitudes. ¿Cómo es que te llamas, mi amor?

—Yordanka López.

—Yordanka, oye eso. Ustedes los jóvenes se aparecen con cada nombrecito que no hay quién lo pronuncie.

—Por eso estoy pensando en cambiármelo a Jennifer, pa’ que me digan como a la JLo. Yo creo que nos parecemos un poco. Y hasta mis piernas son igualitas a las de ella, fíjese.

Conversamos un rato más y la aspirante a secretaria siguió engolosinándome con los atributos que la madre naturaleza le había derramado encima a raudales. Me contó que trabajaba en un restaurante de Hialeah como mesera, lavaplatos y lo que se terciara, pero estaba buscando algo que dejara más dinero y le diera oportunidades de prosperar. Tenía motivación y empuje, lo que le admiré tanto como los pezones pintiparados. En Cuba había sido técnica en protección e higiene del trabajo en una farmacia. Revisaba los extintores, vigilaba que el agua de los bebederos no tuviera cucarachas, reportaba si se tupía un inodoro… El típico convenio cubano de “yo hago como si trabajara y el administrador hace como si me pagara,” admitió. Entonces le eché un sermoncito para que supiera que las cosas eran diferentes aquí:

—Ése es un gran problema que traen ustedes, los exiliados nuevos. Están acostumbrados a recibir un sueldo, por escaso que sea, sin levantar un dedo. Métete en la cabeza que en La Yuma las cosas son distintas. En este país hay que sudar los dólares porque ningún administrador te los va a regalar.

Y hasta se molestó. Vaya, que le piqué el orgullo.

—¡Ya lo sé! Y no he venido a que me regalen nada. Tengo salud para trabajar, gracias a Dios y a la Virgen del Cobre, y muchas ganas de echar para alante. ¿No ve que estoy buscando empleo? ¡Yo no quiero pasarme la vida dependiendo del Güelfea, ni del gobierno ni de nadie!

Carlos Varela: El arte de bañarse en el río y guardar la ropa


Hoy prepara las maletas
—ya que viene a La Florida—,
y habla con voz convencida
de la libertad: las tretas
—las abstractas, las concretas—
que quien piensa diferente
en el pueblo penitente
tiene que enfrentar a diario,
desde aquella isla-calvario
hasta la orilla de enfrente.

Ni venganza ni borrón y cuenta nueva

Saber dónde anida la virtud

Mi amigo Raúl Ciro —de quien he escrito aquí, y cuyas canciones tarareo a mi niño cuando se va a dormir y cuando se despierta— dio un concierto la semana pasada en Granada, su tierra adoptiva. El motivo fue un proyecto multi-disciplinario titulado “Vergeles Paradiso: cuatro fotógrafos y una cabina de cine” que el propio Ciro capitanea y que tiene su cuartel general en Cinemas Los Vergeles, recinto que ha deleitado durante tres décadas a los vecinos del barrio granadino del Zaidín.

Esta es la crónica de la exhibición-concierto, publicada en Granada Hoy.

Y aquí les dejo el concierto:

Vergeles Paradiso. Babakar Kamara, Mario Ojeda y Raúl Ciro. 2011. from cirope follao on Vimeo.

El regreso

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El poeta Arsenio Rodríguez sueña con el regreso a Cuba, aunque no pueda uno nadar dos veces en las aguas del mismo río. Ese sueño que narra es pesadilla recurrente del exiliado. Todos, sin excepción, estamos condenados a regresar a la isla en los pesados brazos de Morfeo.

(Foto: Santos Rodríguez).

Réquiem (a propósito de “The Havana Habit”)

(a Gustavo Pérez Firmat)

Esa Habana recurrente
en la mente americana
no se parece a La Habana
en la que habita mi gente.
Esa ciudad reluciente
se fue a pique aquel enero
cuando llegó el Compañero
que a la tierra trajo el luto,
¡más letal que el escorbuto!
Ay del hábito habanero

Concluye la campaña #OZT: Yo acuso al gobierno cubano

La campaña “#OZT: Yo acuso al gobierno cubano” ha cumplido su misión. Hoy decimos adiós y damos las gracias a todos los que la hicieron posible.

Gracias a Orlando Zapata Tamayo por inspirar con su fuerza y su fe en la libertad a toda la oposición pro democrática cubana. Gracias a Reina Luisa Tamayo Danger por crecerse ante la muerte imperdonable de su hijo y por continuar defendiendo y proclamando sus valores. Gracias a los presos políticos, en dondequiera que hoy estén, por su dignidad y su coraje en las peores circunstancias. Gracias a Guillermo Fariñas por continuar el desafío de Orlando Zapata Tamayo sin variar el carácter ni la efectividad de su lucha. Gracias a las Damas de Blanco por su constancia y disciplina, por arriesgar su libertad marchando cada domingo por la libertad de los suyos y por la de todos nosotros.

[El texto íntegro, aquí].

No pasarán: intercambio cultural trunco

Acabo de hablar con mi amigo Geandy Pavón. Me comenta que hace unas horas, cuando intentó entrar al simposio Cuba Futures: Past and Present, que tiene lugar desde hoy hasta el próximo sábado en el Bildner Center de la Universidad Pública de Nueva York (CUNY), los organizadores le negaron la entrada. Además de como artista, Pavón es conocido en el Bildner Center por ser alguien capaz de hacer preguntas que puedan resultarles incómodas a los representantes del régimen cubano. A partir del minuto 4:05 de este video se le puede ver poniendo en apuros a Miguel Barnet durante su reciente visita a Nueva York.

Lo de Barnet fue hace dos meses. Y en el Bildner Center tomaron nota de su santo y seña. Hoy, cuando Pavón preguntó el motivo de que le cerraran la puerta en las narices, le respondieron: «No se puede permitir entrar a más nadie. Si entran más personas, el calor que esto genera hará que el proyector se apague».

Yo solté una carcajada cuando me lo contó. (La excusa, admítanlo, es risible). Pero esto es muy serio. He aquí un ejemplo de cómo, una vez más, el largo tentáculo del castrismo coacciona hasta a las instituciones públicas neoyorquinas.

Si esto es en Nueva York, ya se pueden imaginar a lo que están expuestos los cubanos en la isla.