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Encuentro (neoyorquino) de la cultura cubana

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Pocas cosas hay tan insignificantes como un escritor en el lanzamiento de un libro de otro escritor. Pero por los amigos soy capaz de dejar el ego en casa, así que el viernes pasado me di un brinco a la lectura de mi apreciado David Unger, que presentaba su novela Para mí, eres divina. Sabía que iba a pasar un rato espléndido, y no estaba errado. (Sobre el libro volveré, con avance y comentario). Por lo visto, había cupo en el público para dos escritores cubanos: R. estaba ahí. (No revelo su nombre pues me interesa lo arquetípico de su comportamiento, no las circunstancias individuales. Pudo venir de cualquier miembro de eso que llamamos “exilio rosa” o de baja intensidad. Si esta crónica la escribiera R., yo sería también una inicial, un arquetipo: el del “exilio vertical”, que le dicen).

Después del saludo inicial y un intercambio mutuo y ligero, propio del boxeo a distancia, R. me soltó una ligereza que no es tal. «Te vi gusaneando», me dijo, con ese tono a medio camino entre la broma y la admonición tan socorrido entre los cubanos que no quieren meterse en la cosa política. Se refería a mi intervención sobre arte y activismo social en Estado de SATS. En otras ocasiones, R. y yo hemos tenido discrepancias que han comenzado con comentarios de igual índole, han subido de tono y han culminado antes de que la sangre llegara al río. Pero solo en este momento hizo su debut el término “gusano”.

Pude haberle recitado mi respuesta, una cariñosa décima que escribí precisamente para este tipo de situaciones y comienza así: “Gusana será tu abuela, / si la tienes, malparido…”. Pero estaba de muy buen humor, por tanto opté por mi lado más civil. Le dije que no me bestializara. Con esas palabras. (Un amigo entrañable aun se burla de mí pues hace más de un lustro, luego de un simpático malentendido, le dije que “me estaba ninguneando”; en lugar de articular el reproche en cubano; así: “me estás tirando a mierda, compadre”). Regreso a R. y sus anélidos: le comenté que jamás he usado el peyorativo “gusano”, ni ninguno de sus derivados —gerundio, infinitivo, participio— para definirme, pues no me gusta renegar de mi condición humana, máxime cuando el calificativo proviene de la maquinaria represiva castrista, la misma que ha establecido que solo los revolucionarios son gente. Le expliqué que al hablar en pro de la democracia en Cuba, en Estado de SATS o en cualquier parte, estaba defenfiendo y ejerciendo un derecho —suyo, mío—, y que mal andamos si años después de haber dejado la jaula grande todavía hay quienes siguen reproduciendo el lenguaje estigmatizador y totalitario de aquella dictadura que se ha eternizado en el poder prometiendo villas y castillas, pero ha dejado a su paso una estela de muerte y esa ruina —socio-económica y, sobre todo, moral— de la que será muy difícil desprenderse.

Esta esgrima verbal que describo aquí en par de párrafos duró menos de lo que tardé en redactarla. Sin embargo, ofrece metros y metros de tela por donde cortar, y he aquí el primer tijeretazo: ¿de haber sido mi interlocutor no cubano, tendría más peso el insulto? El primer paralelo que me viene a la mente es el de los negros o afroamericanos (o como quiera que la corrección política les llame esta semana): entre ellos se pueden referir a sí mismos con “la palabra que empieza con n”, pero un blanco o caucásico (o como quiera que la corrección política le llame esta semana) no puede pronunciar dicha palabra. ¿Es aplicable esto a los cubanos? ¿Acaso puede un “gusano” llamar a otro “gusano”, sin quedar ambos en afrenta y oprobio sumidos? Por otra parte, R. no es “gusano”, y yo —que encajo en el perfil designado por la dictadura de los Castro— no me defino como tal.

Lo cierto es que cambiamos de tema, o se sumó alguien al diálogo, y la velada prosiguió sin sobresaltos. Antes de salir de la librería, comenté que iba a The Duplex, un emblemático bar/cabaret neoyorquino, para asistir al concierto de la bolerista Lourdes Simón y el tanguero Miguel Erb, acompañados de Pablo Corso en la guitarra. Sabía que iba a pasar un rato espléndido y no estaba errado. (Sobre el concierto volveré, con avance y comentario). R. me dijo que le hacía camino mi próxima parada de la noche y salimos andando. Durante la caminata no salió a relucir el tema inicial: hablamos de los escritores de la Generación del Mariel y en específico de mi predilecto Miguel Correa Mujica —y de su novela que traduje al inglés—, de la novela cubana de mi esposa —que R. me volvió a confesar que había disfrutado mucho y que pide una edición en español—, de la mía —de la que también se pronunció favorablemente—, de la que acaba de escribir, de los altibajos del mundo editorial, de las infamias del mundo académico (o viceversa), y vete a saber de qué más.

Nos despedimos a la entrada del metro en Sheridan Square, agradeciéndonos mutuamente la charla y la compañía. Y desde entonces he tenido ganas de encontrármelo de nuevo, para recordarle esa perogrullada de que a mayor libertad, mayor responsabilidad. La libertad no es vivir en una sociedad libre. Se puede ser libre en Cuba, del mismo modo que se puede vivir en cadenas en el exilio. Uno empieza a ser libre desde el momento en que se define y se proyecta como tal. Si he escrito este texto es para decirle a R. —y a cualquier cubano que se haya (o lo hayan) rebajado a la estatura y condición de las lombrices— aquella frase que ya escuchó Lázaro: «¡Levántate y anda!».

Galería del entorno material cubano

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Amigos y detractores, agentes del G2 y de la CIA, cubanos que me escuchan, lectores de las dos orillas:

Los hago partícipes a todos de un muy prometedor proyecto sobre la cultura material cubana. El propósito principal del mismo es crear un archivo del entorno material cubano y de los multiples significados que extrajimos de, pero también depositamos en él.

En esta recién creada Caja de Pandora caben la caja de fósforos Chispa, el talco Bebito, las botas Centauro, el kerosén, la pañoleta, el desodorante Rexona (que no te abandona), la lanchita de Regla, el televisor Caribe, todo el Malecón, la chancleta (¡la chancleta!) y su eterno acompañante —el bajichupa—, el trozo de pared o asfalto marcado por la tiza, aquel libro de Borges que al ver el título —Historia universal de la infamia— en algún anaquel más de un joven pensó que era una crónica de la revolución cubana, la bicicleta china, el ventilador ruso, el jugo de mango Taoro, la lata de cascos de toronja, la tonfa del policía, las bandejas metálicas y los chícharos que en esta servían en la beca, la chivichana, el remo del bote que propició la fuga, el pasaporte con el humillante permiso de salida estampado en una página dictada por el azar o el oficial de aduana, y cuanto objeto entrañable o despreciado se cruzara en su camino en la isla.

Estado de SATS: sobre arte y activismo social, desde La Habana

Tengo el placer de compartir la continuación del panel de Estado de SATS dedicado al binomio arte + activismo social. Participan, desde La Habana, Górki Águila, El Sexto, Orlando Luis Pardo Lazo y Lía Villares. (Aquí pueden ver la primera parte, con intervenciones de Paquito D’Rivera, Enrique Del Risco, Geandy Pavón y este escriba).

Transcribo mis preguntas, seguidas del video.

De Alexis Romay para El Sexto

A la máxima del régimen de “esta calle es de Fidel”, le has respondido estampando tu arte en el espacio público. También has vindicado tu espacio individual y a la difunta Laura Pollán, fundadora y líder de las Damas de Blanco, tatuándote su efigie en el pecho. En tu caso, ¿dónde termina el arte y comienza el activismo social? ¿O son uno los dos?

Para Orlando Luis Pardo Lazo

Además de tu intensa labor como escritor y fotógrafo, te has involucrado en varios proyectos editoriales alternativos. La revista Voces es el más reciente ejemplo. La misma desconoce esa división que tanto promueve el régimen de la isla entre “cubanos de adentro” y “cubanos de afuera”, y publica a creadores de las dos orillas. Imagino que, además de los consabidos problemas de conexión, tienes que sortear todo tipo de trabas para llevar a cabo este proyecto. ¿Cómo te las arreglas? ¿Qué podemos hacer para echarte una mano?

Para Lía Villares

Los bloggers alternativos cubanos dentro de la isla —movimiento del cual eres pionera y miembro activo— han conquistado el ciberespacio, ejerciendo derechos que les son conculcados en la vida real. Luego de ganar esa parcela en el mundo virtual, ¿cómo se puede traducir este logro en terreno ganado en la calle, en un país notable por su escaso por ciento de conectividad a internet? ¿Cómo se “conecta” una blogger cubana con su vecino, un lector en potencia que no tiene acceso a la red de redes?

Para Gorki Águila

En lugar de optar por la estética nostálgica y a ratos plañidera de la Nueva Trova, te has consagrado con el estilo transgresor del punk, al punto de que en “El Comandante” subes la parada a límites inéditos en la canción protesta. La dictadura de los Castro ha establecido que “el arte es un arma de lucha de la revolución”. Y tu respuesta es un guitarrazo que propone un cambio radical a la dieta del susodicho. ¿Crees que el arte y, en específico, tu obra, puede ser un arma de lucha en pro de la democracia en Cuba?

Pregunta general

Completa las siguientes frases:

Lo bueno del matrimonio entre arte y activismo social en Cuba es…

Lo malo del matrimonio entre arte y activismo social en Cuba es…

Estado de SATS: diálogo entre las dos orillas sobre arte y activismo social

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El diálogo necesario entre habitantes de la isla y del exilio —intercambio que el régimen cubano hace todo lo posible por obstaculizar— fue propiciado hace un par de semanas gracias a la iniciativa de Lizabel Mónica de coordinar un panel Habana-Nueva Jersey para Estado de SATS —un magnífico espacio de debate en el cual confluyen arte y pensamiento—, proyecto radicado, pese a tantos contratiempos, en la capital cubana.

Por la parte de Nueva Jersey participaríamos Paquito D’Rivera, Enrique del Risco, Geandy Pavón y quien redacta esta nota. Las preguntas provenían de varios activistas y creadores residentes en la isla: Lía Villares, El Sexto, Górki Águila, Orlando Luis Pardo Lazo, Yoani Sánchez, Ciro Díaz y Luis Eligio Pérez. Los primeros cuatro de esa lista de interlocutores complementarían el diálogo, respondiendo nuestras preguntas desde el lado interior del muro del malecón.

Quien haya visto o recuerde aquellos teléfonos que se hacían con par de latas vacías y una cuerda tendrá una idea cercana a cómo ha sido este diálogo en plena era digital y en medio del apogeo de los teléfonos inteligentes, las plataformas de chat y demás dispositivos y programas que facilitan la comunicación a niveles todavía, ay, irrealizables en la isla. Con lo fácil que habría sido una tele-conferencia o videochat en donde podríamos haber hecho preguntas y respuestas en vivo. Sin embargo, cuando el interlocutor está en Cuba —país notable por su bajo por ciento de conectividad a la red y en donde la gerontocracia que lo subyuga pone mil y una trabas al acceso a la información por parte de sus habitantes—, nos vemos forzados a hablar por un extremo de la lata, mientras el otro calla y aguarda con el artefacto pegado a la oreja, para después llevárselo a la boca y decir lo suyo. Aún así, me doy por satisfecho con el resultado. Espero que sea el primero de muchos diálogos por venir. Y que juntos sigamos imaginando, pensando y debatiendo una Cuba inclusiva, democrática y posible.

La próxima semana tendremos oportunidad de escuchar las respuestas del panel llevado a cabo en La Habana, en la fecha del natalicio del poeta que soñaba una nación con todos y para todos. Mientras tanto, hago público mi aprecio y agradecimiento a Antonio Rodiles, artífice y anfitrión de Estado de SATS, así como a quienes, desde ambas orillas, hicieron posible este encuentro.

A todos, un abrazo y el deseo de que el mismo se materialice un día no lejano en una Cuba libre.

Silvio Rodríguez dice “basta y echa a andar”

(Ecuador Press). Quito, 27 de diciembre

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Luego de décadas de ofrecer su apoyo constante e incondicional al régimen de los hermanos Castro, el controvertido cantautor cubano Silvio Rodríguez ha roto públicamente con el gobierno que le «dio razón de ser». La ruptura pisa los talones a su reciente descontento respecto al derecho de los cubanos a entrar y salir de su país sin necesitar el visto bueno del gobierno de la isla.

Su malestar con el régimen cubano salió a flote en la capital ecuatoriana, durante el concierto que cerraba su “Gira por la otra América”. Fue a raíz del estreno de “El ciego” —considerada por los conocedores de su obra como una continuación de “El necio”, canción insignia del trovador, que dedicara en la década de los noventa al mismísimo Fidel Castro—, cuando Rodríguez tuvo que interrumpir la guitarra para recitar el estribillo, casi entre lágrimas:

El sueño se volvió mil pesadillas.
Los muertos en el mar mueren de olvido.
Que nadie me perdone lo vivido.
Mi Alicia se quedó sin maravillas.

«El sueño que añora mi canción», comentó el juglar durante la entrevista posterior al concierto, «fue la promesa malograda de la revolución. Ya le he dedicado casi cinco décadas, cantándole las loas, cual si fuera su bardo oficial. Y lo he hecho como un soldado de la palabra, con el orgullo del deber cumplido. Pero cada vez se hace más difícil defender lo indefendible. La reciente negativa oficial a emprender la reforma migratoria tan anhelada por el pueblo ha sido la gota que colmó la copa. Hoy Silvio Rodríguez ha dicho basta y ha echado a andar. Ese estribillo, que hace alusión a los balseros, es un anuncio de lo que vendrá. Componer la oda a todos los que han perecido en el intento de fuga de la isla es mi tarea pendiente».

El cantante se negó a confirmar si sus palabras deberían ser interpretadas como una deserción política. Tampoco confirmó ni negó si regresaría a la «isla-cárcel», como se refirió a su tierra natal a lo largo de la noche.

«Antes de marcharme, quiero que conste que Amaury Pérez, además de que nunca fue trovador, siempre fue un chivato», dijo, antes de dar por terminada la rueda de prensa, aunque ningún periodista supo a ciencia cierta de quién estaba hablando y el cantautor —que desapareció como si se lo hubiera tragado un rabo de nube— no se molestó en aclararlo.

***
Actualización de las 10:35 pm del miércoles, 28 de diciembre

Estimados lectores de Belascoaín y Neptuno: ¡Feliz día de los inocentes!

Vista del anochecer en el Trópico

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a OLPL, por la crónica y el neologismo

La Habana socialipsista
—del Morro y la Giraldilla
que iluminó la flotilla
en la noche hiper-realista
en que el odio cederista
vigilaba agazapado,
en son de guerra, amargado,
presto a soltar el zarpazo—
sigue incompleta: el pedazo
que se fue no la ha olvidado.

***
(Foto: BoringHomeUtopics).

Némesis-Ottawa: Oda a Laura Pollán

Némesis: Ottawa

Ayer, 14 de noviembre de 2011, a las 11pm, el artista cubano Geandy Pavón proyectó la imagen de la difunta Laura Pollán sobre la fachada del consulado de Cuba en Ottawa. Este performance es parte de su proyecto “Némesis”, en el que Pavón proyecta en las paredes de consulados y embajadas del régimen cubano —esto es, en la piel del victimario— la efigie de la víctima.

El video del performance está siendo editado. Mientras llega, tengo el privilegio de compartir estas imágenes. Las fotos son cortesía del artista.

Corran la voz.

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Antídoto contra la añoranza

No necesito una cura contra la nostalgia. Pero, claro, podría encontrarme ante un caso extremo. Digamos que un día me levanto echando de menos la esquina que nombra este blog, los amigos y parientes que no sé si vuelva a ver, el olor de mar —ahora tan distante—, o el suelo que alguna vez pisaron estas plantas. Antes de que se instale la morriña, me queda la opción de mirar esta foto hasta la nausea.

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La nausea es instantánea.

Repaso los rostros de las víctimas —esas mujeres que defienden la libertad de expresarse y asociarse— y contengo una arcada ante los puños que las asfixian.

Solo entonces recuerdo que la distancia entre patria y paria es una errata.

***
(Foto: EFE/Alejandro Ernesto).

Cuba en cuarenta y cinco minutos

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Hace un par de días, mi amiga Mónica Lavosky me invitó a visitar sus clases de español avanzado en el preuniversitario —liceo, secundaria, colegio, instituto, high school, para los no cubanos— de nuestra comunidad ubicada en las afueras de Nueva York. Esta semana el tema de la clase era Cuba y a la profesora le pareció atinado invitar a un escritor que había vivido en carne propia ese macabro experimento que es el castrismo, máxime cuando se trataba de un escritor local.

Hay un axioma “revolucionario” que aplico constantemente en contra de la maquinaria propagandística de los hermanos Castro. Lo escuché por primera vez quizá pronunciado por el dueño de los micrófonos, o tal vez de boca de algún militante de la Unión de Jóvenes Comunistas en su inútil empeño de convertirme a su Causa —la causa de la delación y de la infamia, pero Causa al fin—. El origen no importa. Lo que cuenta es el contenido: “se combate en todos los frentes”. De tal suerte —ya lo he dicho en otras ocasiones—, siempre que tengo la oportunidad de contrarrestar la propaganda del régimen, acepto gustosamente la invitación. Así que, ni corto ni perezoso, me aparecí en la escuela.

Es bien difícil, cuando no imposible, analizar a fondo el drama cubano en cuarenta y cinco minutos de una clase para estudiantes de una lengua extranjera, por muy avanzado que sea su dominio del idioma en cuestión. Pero sí da tiempo a presentar una vista panorámica del pueblo y del régimen que lo subyuga desde hace más de medio siglo.

La charla fue amena, gracias a un rango de preguntas amplio y diverso que abarcó desde lo personal —«¿qué dejé en la isla?»— hasta lo más general —cuestiones concernientes al presente y futuro de Cuba—. Traté de responder con humor —que para contar la verdad no hay que ser pesado—, pero sin trivializar el sufrimiento de un país en el que los derechos de sus habitantes han sido convertidos en privilegios.

Rescato, de todo el intercambio, dos respuestas. Alguien me preguntó cómo me había ido de la isla. «Nadando; todavía me duele el hombro», dije, y el aula entera estalló en una carcajada. Acto seguido, aclaré la imprecisión. «Uno se va de un país que respeta la entrada y salida de sus ciudadanos. De un régimen que viola ese derecho, uno no se va, uno se escapa. «¿Tiene familia en la isla?», fue la segunda interrogante. Hay dos maneras de contestarla. Para la primera variante, basta con un monosílabo. La segunda versión puede ser un poco más descriptiva e impactante. En vista de que estábamos en una clase de español avanzado y uno de los objetivos de mi presencia era precisamente que escucharan a un cubanoparlante, opté por esta última.

Como dicen que una imagen vale más que mil palabras, me lancé a construir una imagen, con menos de mil palabras. Les pedí que visualizaran una naranja: dulce, jugosa, compacta, de un naranja —valga la redundancia— intenso. «Pongamos que esa naranja es Cuba», acoté. Luego les pedí que visualizaran un cuchillo grande y filoso, de esos que son usados para cortar la carne cruda. «El cuchillo es Fidel Castro», dije y corté la naranja imaginaria que un momento antes había sostenido en mi mano izquierda. «Eso es lo que nos queda luego de cincuenta años de dictadura: una nación dividida por la geografía y la política». La metáfora —ya sé, bastante simple— caló.

Eran las 9:40 de la mañana cuando culminó mi visita. Mónica me acompañó hasta la entrada —en este caso salida— de la escuela. Nos dimos las gracias mutuamente, nos despedimos y salí rumbo a mi trabajo —¿cómo decía aquella frasecita revolucionaria?, ¡ah, sí!— con la satisfacción del deber cumplido.

***
(Foto: Santos Rodríguez).

Doce años

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Hoy cumplo doce años de vida en Estados Unidos: doce años de no mirar sobre el hombro, de acostarme sin hambre, de despertarme sin miedo.

Cuidadito, compay gallo

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—Hoy que el día pasa lento
y anda flojo de noticia,
aquí te va una primicia
que tiene su condimento.
—¿Es sobre un hecho violento?
Dime, que yo alquilo palco.
Me pongo perfume y talco…
—¿Quieres que vaya al detalle?
A aquel gallo de mi calle
le metieron un desfalco.

***
(Foto: Pablo Cantón).

Oda al cubano infalible

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Conoces al personaje
porque nunca se equivoca.
Lo que sale por su boca
da para un largometraje
de misterio o de espionaje.
Guarda en la manga un conejo
(más sabe el diablo por viejo),
experto en leyes y en artes,
ve espías en todas partes.
Tiene un aliado: el espejo.

Réquiem por Nueva York

Estuve al menos media hora en uno de los vagones del metro N, en mi trayecto rumbo al sur de Manhattan, varado en algún punto impreciso entre las estaciones de la calle ocho y la calle 14. En aquel entonces no tenía teléfono móvil. (A decir verdad, no creía en los teléfonos móviles: me irritaba sobremanera la gente que andaba arriba y abajo en cuchicheo perenne con Dios sabe quién al otro lado de la línea). Horas después, aclaradas las dudas, comprendería que de poco me habría valido una conexión celular. Casi todos los circuitos telefónicos en ese momento estaban incapacitados.

Al principio no nos dijeron nada. Por suerte o por desgracia, mis años en Cuba me habían familiarizado con la vaguedad como método de información, así que intenté ignorar aquel desconocimiento que nos mantenía, en su forma más literal, bajo tierra: las autoridades ferroviarias habían optado por preservar la calma en el submundo. Ya al cabo de cinco minutos, cuando la parada irregular se había extendido mucho más de lo acostumbrado, empezaron a anunciar por el sistema de altoparlantes que debido a una congestión al sur de Manhattan estaban demorando —y hasta desviando— los trenes que iban al área de Wall Street.

¿De qué tipo de congestión hablaban? Se referían al hecho como algo que ocurría “above ground”. La manera en que decían “above ground” me pareció un poco melodramática: más apropiada para una película taquillera del Hollywood más comercial. «Estos americanos», pensé. Por otra parte, ¿cómo era posible que un disturbio sobre tierra pudiera afectar a quienes viajábamos —ajenos a todo— en sus entrañas? La claustrofobia empezó a generar preguntas que, por el momento, iban a caer en saco roto. Sin otra alternativa, regresé a la lectura de turno, que era, con toda probabilidad, algún escritor del Boom latinoamericano, a quienes tuve que (re)leer para (mi desdicha y) la maestría en esta olvidada lengua que cursaba por aquel entonces.

Pasado un tiempo incalculable, le dieron luz verde al tren. Recuperó el ritmo y en par de minutos se puso en la estación de la mentada calle ocho. Bajaron varios pasajeros, pero —esto debió haberme sorprendido— el flujo fue unidireccional: no subió nadie a repoblar mi vagón. No presté atención al detalle. ¿Qué se podía esperar de un martes común y corriente?

El tren siguió su curso como si nada hubiese pasado; como si la media hora que nos retuvo en ese limbo subterráneo perteneciera a otra vida, a otro tiempo. Casi automáticamente empecé a ensayar la excusa que le daría a mi jefa para amortiguar la tardanza. ¿Me creería? ¿Media hora atascado en tierra de nadie? A otro perro con ese hueso. La próxima parada era la mía. Me quedaba en Prince, esquina a Broadway. Mi trabajo por aquellos días estaba a unos pasos de la boca del metro: en la calle de los teatros, entre Prince y Spring. Por lo general, salía como un sonámbulo del tren, inmerso en las páginas de algún libro —cualquier libro—, con pleno conocimiento de la distancia entre cada peldaño de la escalera del Subway, dueño de cada olor que emanaba del superpoblado Downtown neoyorquino, experto en evitar a todo tipo de transeúntes sin despegar la vista de las páginas que me ocupaban.

Esa mañana, a la salida del metro, tropecé con un escalón a desnivel —esta imagen la insertaría en mi novela—; levanté la vista y di con una multitud corriendo rumbo norte por Broadway. Eran poco más de las nueve de la mañana. No supe qué pensar ante el panorama. Así que regresé al libro. Pero la lectura duró un segundo, quizá menos: esta vez fue el olfato y no el tumulto lo que me devolvió a la realidad: nos rodeaba un olor intenso, como a ¿pelo quemado? Luego vi una columna de humo que subía desde algún punto que no pude determinar, a unas veinte cuadras de la esquina a la que me habían llevado el metro y mis desorientados pasos.

Lo primero que me vino a la mente —en ese instante me pareció lógico y ridículo a la vez— fue que estaban filmando alguna película de ciencia ficción. Parecía una escena sacada de Godzila: un pánico generalizado que se mezclaba con mi desconcierto: ¿de qué huía la gente en desbandada? ¿Y por qué había otros que iban en dirección contraria, rumbo al humo y la debacle, aferrados a sus teléfonos, marcando números que ya habían recibido su última llamada? Dale con Hollywood y su empeño en hacer que las cosas parecieran reales. Por lo menos podían haber avisado, que uno sale del tren y no tiene ni idea… Pero no vi cámaras por ninguna parte. «¿Qué pasa?», pregunté al azar. «Nos atacan», me gritó uno sin detenerse.

Eché a correr al norte del infierno. (Coincidencia irónica: unos meses más tarde, traduciría una excelente novela que lleva ese título). No me detuve hasta el entronque de la calle 14 y la sexta avenida. Hasta ese momento no sabía de qué me alejaba; corría por inercia, como si fuera un extra de esa película que aún no lograba comprender; tampoco, hasta entonces, habría imaginado que podía correr tanto. En la esquina de la 14 y la sexta, la gente se estaba congregando para ver el fin de una era. Ya se había desplomado la primera torre. Alguien mencionó que la segunda caería en breve. Aparté la vista. (Hay imágenes que prefiero evitar). Escuché un suspiro general. Un grito aquí, una maldición allá y una conmoción en la atmósfera me confirmaron lo que ya temía: la segunda torre se estaba desmoronando.

Caminé al oeste por la calle 14 hasta llegar a Lectorum, la librería que me había recibido en mil y una ocasiones felices desde mi llegada a Manhattan; me recibieron con caras largas; pedí el teléfono; llamé a casa y hablé con la amiga que había vivido intensamente mi fuga de Cuba, dos años de noviazgo conmigo y que en unos meses se convertiría en mi esposa. Le dije que, salvo causa mayor, no se moviera de ahí. Que iba a su encuentro. Deambulé hasta la calle 50 y la undécima avenida: por esa zona la gente había formado un cordón en la acera y saludaba —¿despedía?— con carteles de apoyo, lágrimas, comida, botellas de agua y cuanto artículo pudiera ser útil a los bomberos, policías y voluntarios que se aventuraban a la Zona Cero.

Seguí andando. Llegué a casa poco antes del mediodía. Aún a esa altura de Manhattan no era difícil oler la muerte. Los helicópteros sobrevolaban la isla, las sirenas aullaban ininterrumpidamente, los teléfonos (que aún servían) no paraban de sonar. Mi novia me recibió con una tristeza desconocida. No puedo precisar cuándo empecé a llorar ni dónde culminó el llanto. El resto del día fue un letargo intranquilo. Empezamos a hacer planes emergentes: a quién llamaríamos en caso de urgencia si no nos podíamos comunicar entre nosotros; dónde nos reencontraríamos si la vida nos lanzaba otra vez ante un escenario (casi) post-apocalíptico… La incomunicación había sido siniestra. La angustia de aquellas horas en que no supimos el uno de la otra fue una de las sensaciones más intensas que había experimentado hasta la fecha. (¿Debo recordar que provengo de Cuba, la tierra de las sensaciones más intensas?).

Esa tarde murieron mi inocencia —gigantesca, no olvidemos que crecí en La Habana— y mi incredulidad y disgusto ante la telefonía celular, y me nació un escepticismo que a ratos me sirve de brújula. El 12 de septiembre de 2001 compré mi primer teléfono móvil. El aparato es lo que en mis años en Cuba era el carné de identidad: una suerte de salvoconducto. Lo llevo a todas partes.

Reza el lugar común que a los amigos se les reconoce en los malos tiempos. La fatalidad tiene ese don de sacar a flote —en alguna gente— los buenos instintos. Hasta el 11 de Septiembre de 2001, la Gran Manzana —con sus aires de capital del mundo, su ritmo acelerado, sus clubes de jazz, su diversidad variopinta, sus barrios segregados, sus tragos cosmopolitas, su rivalidad entre los lados este y oeste, su West Side Story y su Metropolitan, sus viñetas de Woody Allen, su ruido infernal, sus taxistas descabellados, su coexistencia pacífica entre Chelsea y Hell’s Kitchen, su Central Park con la estatua ecuestre de José Martí, sus cubanos de todos los credos y todas las latitudes— no me era indiferente, pero tampoco me era particularmente entrañable: era una ciudad más, desde donde vivía mi destierro con el mayor decoro posible.

Esa tarde —quizá sin proponérmelo—, dejé de ser habanero de un golpe.

Desde entonces, no importa donde viva, sé que soy natural de Nueva York.

***
Alexis Romay
11 de Septiembre de 2008

Publicado en el número 21 de la revista Replicante.

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Despedida cariñosa a Mauricio Vicent, corresponsal de El País en Cuba

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Mauricio, qué desperdicio
de tinta y palabrería,
comedor de catibía,
te creías vitalicio
escudado en tu ejercicio
y en tu actitud vil y necia
—más vieja que Roma y Grecia—
de apañar a dictadores:
Cuba paga a los traidores,
pero también los desprecia.