Archivo de la categoría: Estampas habaneras

Estampas habaneras (XV)

El secreto de los elfos o Quinta de los Molinos II
Teresa Dovalpage


Pues señor, fast forward quince años y heme aquí otra vez en la Quinta de los Molinos. En esta ocasión no me acompañan mis compañeritos de clase, sino un grupo algo más variopinto: los miembros del Círculo de La Llama Violeta y el Maestro San Germán. La mayoría de los asistentes estaban ya iniciados en el culto a los Maestros Ascendidos, pero había algunos de pegote, como una servidora. Yo iba invitada por un socio, Vladimir el Astral.
Cruzábamos en camello por los duros noventa y los habaneros nos habíamos vuelto de súbito seres altamente espirituales. (No hay como el hambre para estimular las más elevadas funciones del espíritu, eso está comprobado). Allí todos buscábamos algo: la trascendencia, la comunicación con el más allá, la iluminación o una visa para casa de las quimbambas. Pero aquella tarde lo único prometido era una experiencia iluminatoria, nos advirtió el organizador de la actividad que era un trigueño larguirucho, natural de Banes. Le decían el Mago de las Hierbas. Aunque eso sí, agregó el Mago, podíamos contar con visiones de los elfos y criaturas elementales que pululaban entre las altas hierbas de la Quinta.


Llegamos y nos sentamos en círculo, con las piernas cruzadas a estilo yoga. Pronto empezó a circular un porrón con porte y aspecto militar, que tenía su forrito de camuflaje y todo. “Es agua de la campana,” me explicó el Astral. Pero como el tal porrón exhalaba un efluvio vegetal poco grato, me excusé de probarlo. Súper finoda que era yo (siútica, me decía mi novio chileno), no me hacía gracia colocar mi delicado hocico donde ya lo habían puesto otros diez. En fin.

Al cabo de un buen rato todos los asistentes estaban viendo más trasgos, elfos, y gnomos varios que los que pueblan El Señor de los Anillos.
―Mira a uno rojo con calzoncillos verdes.
―¡No, el que está al lado mío es azul!
―Caballeros, todos están mal, fíjense en las haditas esas, qué graciosas, qué astrales, si hasta tienen cuatro alas cada una ―aquello lo dijo el Astral, naturalmente.

Yo seguía sin ver más que matas, yerbajos y alguna que otra lagartija despistada. Al fin me aburrí y me fui con viento fresco. Y no fue hasta muchos años más tarde que descubrí el secreto de los elfos. Y ustedes, mis queridos lectores, ¿también lo adivinaron?

Estampas habaneras (XIV)

La Quinta de los Molinos
Teresa Dovalpage

La primera vez que visité la Quinta de los Molinos fue junto a mi clase de tercer grado. Se suponía que el paseíto sería una introducción a las ciencias naturales. Ja. Apenas traspasamos la verja de la entrada, un hedor insoportable nos golpeó como un puñetazo en la nariz. ¿Provenía de las ceibas centenarias, de las palmas barrigonas, de un bosquecito de helechos o de algún pozo lleno de materias fecales? Nadie consiguió averiguarlo, pero la peste era, definitivamente y con perdón, a mierda.


A los cinco minutos de camino, una chiquilla se antojó de orinar. Puesto que no había baño a la vista, la maestra la autorizó a usar la maleza como desaguadero:

―¡Y dale rápido, que no tenemos todo el día! ―le advirtió.

La miccionante se agachó entre los hierbajos que la cubrían, para decepción de mirones, hasta más arriba del fondillito. Pero no le dio tiempo a terminar de hacer su necesidad. De pronto la vimos regresar corriendo, el blúmer bajo todavía y una expresión de horror digna de figurar en The Shining.

―¡Ay, maestra! ―sollozaba―, ¡un toro me quiso coger!

Todavía resonaban las carcajadas de los incrédulos cuando entre los matorrales apareció un animal enorme, al que sólo alcancé a verle la (definitivamente bovina) cabeza antes de largar las piernas en dirección a la salida. Los demás hicieron lo mismo. Más tarde nos enteramos de que “alguien” había tenido la genial idea de llevar un rebaño de vacas (no había ningún ejemplar del sexo masculino, se nos aseguró) a pastar a la Quinta de los Molinos, de ahí el olor a boñiga que lo inundaba todo.

Con tales antecedentes pasó bastante tiempo antes de que me decidiera a regresar. La segunda vez fue algo más divertida (en busca de la iluminación y de los elfos del bosque, en compañía de aquel grupo de la Llama Violeta). Pero de esto les hablaré en otra ocasión.

Estampas habaneras (XIII)

El Parque Trillo
Teresa Dovalpage

Dicen que se llama Quintín Banderas y en efecto, hay una estatua de éste en el centro del parque. Pero lo más sobresaliente del lugar son la ceiba, junto a la cual la gente deja ofrendas amarradas con lazos rojos; las farolas pintadas de verde botella y el fantasma de aquel Pato Macho al que liquidaron allí, según una vieja canción que le gustaba tararear a mi abuela:

“Por culpa de la chaucha
mataron a Pato Macho.
Dicen que estaba en el parque
jugando con los muchachos”.

Su espíritu, de guayabera y zapatos de dos tonos, suele pasearse por entre los árboles, según los vecinos. Preferiblemente por la esquina que da a Aramburu.

Yo nunca me lo tropecé. Pero eso sí, en una casa frente al Parque Trillo tuve mi primer encuentro con un representante en la tierra (así se decía él) de los orishas. Era un santero a quien llamaban hermano Miguelito y que me sirvió, detalles más, detalles menos, de modelo para mi personaje Teófilo. Lo visité una tarde, instigada por una amiga del barrio que juraba que Miguelito era lo máximo —le había hecho regresar un novio desaparecido gracias a un atadito de pendejos con miel—. Otro día hablaré de esto.

El hermano Miguelito —en camiseta rosada, con argollas de oro en las orejas antes de que se usara que los hombres las lucieran y un short de florecitas— nos recibió amabilísimo: “Luz y progreso, hermanas. Adelante”.

Con mis dieciocho años de niña bitonga, yo no tenía problema alguno pendiente de resolución. Pero como me parecía desairado no decir algo con enjundia le puse una carita muy compungida, apenas nos quedamos solos, y le dije que tenía que ayudarme a encaminar mi vida.

Miguelito recomendó un trabajo viramundo. Ello consistía en llevarle un gallo, una botella de ron, una pucha de flores blancas y no me acuerdo qué otras cosas más. Luego tiró unos pedazos de corteza de coco en el suelo, los observó y me dijo:

—Veo viaje en tu futuro, hermana. Por ahí van los tiros. Viaje y matrimonio pa’ ti.

Tendrían que pasar once abriles para que las palabras de Miguelito se materializaran, pero aquella tarde, cuando salimos al sol y a la bulla perenne del Parque Trillo, le dije a mi socita:

—No te preocupes, que cuando me vaya yo te mando a buscar.

Estampas habaneras (XII)

El Caballero y yo
Teresa Dovalpage

Hoy se me había ocurrido hablar sobre la librería de L y 27. Era una de mis preferidas porque tenía más variedad (relativa, se entiende) que la que queda en esa esquina que por un lado da al Habana Libre y por otro al Coppelia. Como desde niña yo era ya comelibros, guardaba urracamente el dinero que me daban en casa para comprarme algo que leer los sábados, cuando mis padres me llevaban a tomar helados. Supongo que a ellos les enorgullecía el encontrarme tan aplicadita, pero a la vez, mi comportamiento fortalecía la opinión de bicho raro que se habían formado de mí.

Bueno, ésta era la idea original del post, pero me llegó otra. Pues ¿cómo estar escribiendo sobre las esquinas habaneras y no mencionar a un personaje que frecuentó tantísimas de ellas? Qué va, eso es imperdonable. Así que aquí les traigo una anécdota sobre José María López Lledín, el Caballero de París.

De éste corrían un montón de historias: que si su familia se ahogó durante el naufragio del Valbanera, que si lo acusaron injustamente de robo y en la cárcel perdió la razón… Que si era gallego, que si era de Oviedo. En fin. Mis primeros recuerdos de él son olfativos: el pobre Caballero no olía bien, acto disculpable si se tiene en cuenta que carecía de hogar y que no mantenía estrechos vínculos con el agua y con los jabones. Se sentaba en quicios o en el suelo, envuelto en una capa oscura. Hablaba solo. Y yo, que nunca he sido muy valiente, le tenía terror.

Solía encontrarlo en los portales de la iglesia del Carmen, en Infanta, durante los mencionados paseos familiares a la recherche del helado. Una de aquellas tardes, venciendo la mieditis, me acerqué a él y le di (no sé por qué, fue un impulso instantáneo) un peso de los que guardaba para mi provisión bibliófila. El Caballero lo aceptó y me regaló una pluma adornada con hilitos de estambre.

Lo tomé como aviso de lo alto. Naturalmente, el destino me quería decir con tan extraño mensajero que yo debía ser escritora. ¡Si estaba más claro que el agua…! Aquella tarde pasé con gran prosopopeya delante de la librería y anuncié a mis padres que ya no necesitaba comprar más libros, pues pensaba escribirlos yo.

Mucho más tarde supe que el Caballero regalaba plumas a casi todo el mundo. Pero en aquel momento me hizo sentir una chica especial. Predestinada para las palabras.

El Caballero murió en 1985 en el hospital psiquiátrico de Mazorra. Ojalá que descanse en paz, haciendo plumas mágicas en el otro mundo. O quién sabe si escribiendo con ellas, ¿no?

Estampas habaneras (XI)

La Manzana de Gómez
Teresa Dovalpage

Me doy un salto para salir de Carlos III, porque ya debo tenerlos aburridos de pasearnos por la misma avenida tanto tiempo. Y del brinco que doy, caigo en La Manzana de Gómez, allá en La Habana Vieja. Allí pasé varios años a fines de los setenta, porque la secundaria donde estudié, la ESBUR José Antonio Echeverría y la farmacia donde trabajaba mi madre se encontraban en esa zona.

En La Manzana había una variedad de tiendas y tienditas insignificantes, ya sin vestigios del pasado esplendor que se le atribuye a esta construcción y todavía sin indicios de lo que debe ser ahora, en los tiempos post-dolarización. En algunos lugares he visto que la llaman “conjunto de galerías” así que me imagino que hasta el buche de café lo cobrarán en CUC. De los setenta y principios de los ochenta, recuerdo una tienda en la que vendían ropa sólo a quienes iban de viaje a los países del campo socialista —la venerable abuela de las actuales shoppings, vaya—. Mi madrina, cuando “le dieron” un viajecito a Alemania, se compró un espantoso traje sastre de color pulga que terminó por deshacer y convertir en camisas para su hijo. También había otra tienda de artículos de oficina y productos escolares y me parece recordar una de telas. Todo por la libreta, desde luego. (¿Había también una cafetería? Si alguien me refrescara la memoria…). Los locales, oscuros y desangelados, eran capaces de enfriarle los ánimos al más inveterado consumidor.

La cáscara de La Manzana abarca cuatro calles: Zulueta, Monserrate, San Rafael y Neptuno. Desde las ventanas de la secundaria se veía el Parque Central. Más de una vez, en lugar de atender a clases, me sorprendía mirando hacia los árboles y deseando…volar. En las meriendas comíamos mazarreales y en los baños se aprendía a fumar. Pero al menos, por los ventanales entraban a raudales luz, aire y sol. De la farmacia donde mi madre era la directora técnica tengo recuerdos menos luminosos. Para llegar al dispensario (allí quedaba su oficina) había que subir una escalerilla enroscada sobre sí misma como la de un castillo escocés. Pero esto es tema para otro post, o quizá para unas memorias, pues no es justo que descargue en ustedes mis ya casi olvidados traumas de adolescente.

Estampas habaneras (X)

El Instituto de Literatura y Lingüística
Teresa Dovalpage

Seguimos en Carlos III. No hay más que cruzar la avenida, cargados con las jabas shoppinescas al salir de la Plaza Carlos III. Cuidado, por favor, con Nissans y Mercedes de turismo, cocotaxis, bicicletas, raudos Fords restaurados y autóctonos camellos que no le paran ni a su muy jorobada madre.


El busto de Doña Tula te recibe a la entrada del Instituto de Literatura y Lingüística con un ceño de piedra gris y la erguida cabeza vapuleada por ciclones y pájaros. Adelante. En el vestíbulo hay que dejar mochilas, jabas y carteras (allí una vez, perdón por el detalle, me sustrajeron unas gafas monísimas. En fin). A la izquierda queda la biblioteca, que siempre preferí, por recoleta y tranquilona, a la grande y desorganizada Nacional con sus empleadas educadas en la escuela de los galápagos. A la derecha y en los altos se encuentra el Instituto como tal, con sus archivos decimonónicos y una pléyade de investigadores que tenían (al menos en mis tiempos) la opción de realizar un sesenta por ciento del contenido de trabajo at home. Mi sueño, jamás realizado, fue enganchar un puestico allí….

El edificio ha pasado una serie de bautizos mayor que lo habitual. Empezó con “Sociedad Patriótica de La Habana”, al cual siguieron varias denominaciones más hasta que adoptó “Real Sociedad Económica Amigos del País”, en 1877. En 1899 le esmocharon el adjetivo “real” a fin de estar a tono con los tiempos. Actualmente se nombra “Instituto de Literatura y Lingüística José A. Portuondo Váldor”. Ajá. ¿No sería un buen detalle el volverle a cambiar el patronímico (una vez más, ¿qué importa?) a Gertrudis Gómez de Avellaneda, en honor a La Peregrina, eh?

La esquina tormentosa

Reproduzco un texto que Ángel Savón —uno de los lectores habituales de Belascoaín y Neptuno— me envió, precedido por la siguiente nota:

Estimado Alexis:

Tu blog es el único que se ocupa, al parecer, de calles y esquinas de la Habana. Y hay algo que hace años me ha llamado la atención (…).

***
(Para Tere D., que por allí vivía).

Durante casi toda la década de los setenta, trabajaba en el octavo piso del Edificio Masónico, en Belascoaín y Carlos III —me niego a llamarle de otro modo—, ocupado el piso por una empresa de proyectos. Desde mi ventana, en la cara frontal del edificio, se contemplaba el sur de la ciudad. A lo lejos, en las lomas de la Víbora, se podían observar las dos torres neogóticas de la iglesia de los frailes Pasionistas. Un poco más cerca, el viejo y más pequeño campanario de la iglesia de Jesús del Monte. Pero a mis pies, a sólo metros, en la intersección de la Avenida de Carlos III y las Calzadas de Reina y Belascoaín se desarrollaba un drama histórico singular entre enemigos irreconciliables. Jesuítas, Carlos III —el déspota ilustrado que quiso aplastarlos— y masones —víctimas de ambos—, compartiendo la misma esquina.

Diciembre de 1845
El Capitán General Don Leopoldo O’Donnell —represor de sublevaciones de negros y nombrador de calles y plazas—, anunció a los miembros del cabildo reunidos:

He decidido que el actual Paseo de Tacón que une el Castillo del Príncipe con la Calle de la Reina se nombre, de ahora en adelante, Paseo de Carlos III. Honramos así a quien fue nuestro Ilustrado Monarca, que nos libró de esa plaga de traidores y conspiradores que integran la Compañía de Jesús, a quienes expulsó de los territorios de la Corona y despojó de todos sus dominios y riquezas. Una estatua de nuestro amado Rey será erigida con una tarja que recuerde sus hazañas.

Diciembre de 1913
El Padre Superior de la Orden de la Compañía de Jesús se dirigió a sus Hermanos Coadjutores:

Hermanos, les anuncio la construcción de nuestra más bella Iglesia en esta isla: La Iglesia del Sagrado Corazón, en la calle de La Reina, cuyo campanario será el más alto de la ciudad. La construiremos casi en la misma esquina y frente a la estatua de nuestro más fiero enemigo, el maldito rey Carlos III, cuya alma arde en el infierno. Le demostramos con esto que no logró destruirnos, y que somos cada día más fuertes. Observado desde la altura de nuestro campanario, su figura pegada a la tierra recordará su bajeza.

Marzo de 1951
El Gran Maestro Masón se dirigió a sus hermanos de logia después de colocar la primera piedra:

En este terreno, entre jesuitas y déspotas ilustrados, levantaremos la gran obra que será el Gran Templo Nacional Masónico, de estructura robusta y sólida como las ideas de Libertad y Fraternidad. No más persecución ni excomunión a nuestros hermanos por parte de tiranos e inquisidores. El pensamiento libre ha triunfado en el mundo contra la ignorancia y el dogmatismo. Un globo terráqueo coronará la cúspide del edificio y un reloj zodiacal adornará la fachada.

Estampas habaneras (IX)

La Plaza Carlos III (2)
Teresa Dovalpage

Es Navidad en Cuba. Y desde que Juan Pablo II aterrizó en La Habana y la recorrió en papamóvil, los Reyes Magos (desterrados en los sesenta por monárquicos y contrarrevolucionarios) fueron de nuevo bienvenidos a la isla. Los árboles de Navidad brotaron como por ensalmo del suelo de las shoppings y las guirnaldas se atrevieron a agitar, aunque tímidamente, sus pestañas multicolores. Los pobres Santa Claus no han sido readmitidos, por no sé qué confusión con el Uncle Sam. Allá verán ellos.

En la Plaza Carlos III se reflejó con pasmosa fidelidad este cambio finisecular. Y aunque es feo citarse a una misma, aquí los dejo con un fragmento de mi novela Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006,) donde la Plaza Carlos III en Navidad desempeña un papel muy principal:

«La Plaza Carlos III se abarrota en diciembre como arca de Noé ante los nubarrones del diluvio inminente. Hasta cola hay que hacer, en las tiendas baratas. ¡Hasta cola! Y la gente se pregunta intrigada de dónde sale tanta plata, cuál es el manantial de todos esos dólares, algunos flamantes y lisos como hojitas de primavera y otros que recuerdan flores resecas, aplastadas entre las páginas de un álbum con versos de amor.

Bienaventurados los que tienen unos cuantos fulas sobrantes para gastar en baratijas. Ésos, y también muchos que no tienen pero que sueñan con tenerlos, suben despacio por la rampa que lleva a la tienda de Todo A Dólar, aspirando con reverencia el aire oloroso a las pizzas hawaianas, de jamón y piña, que venden en los bajos. Después de media hora o más de espera, se hacen, los que cargan el guano, de un arbolito plástico y de una caja de bolas doradas. Si les alcanza la plata compran también una guirnalda de guiños psicodélicos y un paquete de escarcha artificial.

Aún más bienaventurados los que reciben remesas esporádicas de parientes de afuera o tienen negocitos más o menos ilegales (tratos con extranjeros, pequeña paladar) dentro del territorio nacional. Ésos corren a la tienda de ropa. Allí se enfundan en Levi’s —auténticos algunos, los otros made in Guanabacoa. Se pertrechan de zapatos plásticos italianos, de blusas taiwanesas y de licras deportivas, tan ajustadas que se incrustan hasta en las entretelas de la piel».

Estampas habaneras (VIII)

La Plaza de Carlos III (1)
Teresa Dovalpage


Mole centrohabanera, inmensa, colosal… que ha sufrido más transformaciones, mutaciones genéticas, afeites y embellecimientos que una grande dame de Hollywood. En los años cuarenta vio la luz como el Mercado de Carlos III, donde, según mi abuela, se podían comprar desde ajíes, tomates y calabazas hasta la piña, el mamey y el zapote del refrán. También tenía los Pullman, restaurancitos que, según la susodicha, servían comida china a precios módicos. Luego del cincuenta y nueve el Mercado decayó, como casi todo, perdiéndose de sus tarimas los ajíes, tomates, zapotes y una larga cola de etcéteras para desgracia estomacal de mi generación. Los Pullman chinos sólo sobrevivieron en la memoria de sus antiguos parroquianos.

Recuerdo el devaluado Mercado en los ochenta con un perenne olor a papas podridas en las rampas. Y a orine que salía del túnel subterráneo que lo comunicaba con la acera de enfrente. Si alguien me puede explicar cuál fue la intención original del tal pasadizo me hará un señalado favor, pues presumo que no fue la de servir de urinario público a los borrachines del barrio.

En los duros noventa el Mercado sufrió otra mutación convirtiéndose en la Plaza de Carlos III: un mall con todas las de la ley y el dólar (ahora CUC) donde se ofertan paraguas, palanganitas plásticas, paquetes de picadillo y pacotilla china. Pero de esta etapa les hablaré más, para no cansarlos, en mi próximo post.

Estampas habaneras (VII)

19 de Mayo y Ayesterán
Teresa Dovalpage

Esta noche me doy cuenta de que me he pasado doce horas, entre pitos y flautas, hablando sólo inglés. Mi único contacto con el español ha sido por el Internet, los correos escritos y recibidos, ventanita internáutico-lingüística a mi lengua materna.

Y se me ocurre la idea de mandar un agradecimiento a mis antiguos maestros de la Facultad de Lenguas Extranjeras, donde hice la licenciatura. Pensamiento éste que me lleva de la mano al edifico situado en 19 de Mayo y Ayesterán. Como en la iglesia, los que allí estudiábamos inglés nos sentíamos un poco cómplices. No digo que no hubiera miembros de la juventud comunista ni militantes del partido, que sí que los había, sin dudas…Pero en el aire se respiraba un no sé qué de rebelde, de sedicioso casi, que causaba el reunirse a estudiar, a mediados de los ochenta, el idioma del enemigo…

A la entrada del edificio, una guardiana encuadernada en gris requería, invariablemente, la tarjeta de identificación. Si llegaba una tarde a clase (lo cual era mi caso, casi siempre) tenía que rebuscar entre libros y cuadernos hasta que aparecía el desangelado carnecito. A la derecha, una cafetería huérfana de todo lo que no fuese pan con croquetas y refresquitos tibios. Al fondo del pasillo, la biblioteca viuda de periódicos en los idiomas que se enseñaban en la facultad…

En el primer piso nos enracimábamos los estudiantes de primer año, no sé si por casualidad o ingeniado diseño. Y aquí me acuerdo de la Cuqui Cueto, de excelente pronunciación y melenita oscura a la Edith Piaf que supe luego recaló en Miami. La Cuqui usaba un proyector de vistas fijas con la familia Turner para enseñarnos los misterios fonéticos de la “s” al inicio de una palabra: “And this is Spot, the dog”.

En el segundo piso estaba el lounge de los maestros, donde una vez oí decir a uno que prefiero no mencionar: “Ojalá que se caiga este edifico y nos reviente a todos de una vez”, maldición gitana que se me clavó en la memoria por años y hasta ha asomado la nariz en alguna de mis novelas.

Más tarde tuve otros maestros: Ismael (he olvidado el apellido, que también se exilió), Sonia Dunn, María Cristina, Nancy Palacios… A todos ellos, que me enseñaron a masticar la lengua de Walt Whitman, a no usar double negatives, a escribir, a pensar and ultimately, a vivir en inglés, a big, thankful hug desde Taos, dondequiera que estén.

Estampas habaneras (VI)

Olores mañaneros
Teresa Dovalpage

Huele a asfalto derretido, a basura sin recoger desde hace una semana y a borra de café. Huele a aguas albañales que salen cual río revuelto (pero no hay pescadores cerca, mucho menos ganancia) de una alcantarilla cuya tapa herrumbrosa ha ido a recalar, por malabarismos del azar o del viento, dos cuadras más abajo. Huele a humo de tabaco, de cigarro, de quién sabe qué fábrica que todavía no se ha parado en seco.

Huele fuerte, sin sutileza alguna, a grajo en el camello que se lleva, entre las maldiciones de quienes lo aguardaban desde hace una hora, la parada atiborrada del cine Astral. (Del cine donde ponen Abbott y Costello contra los fantasmas, estrenada cuando mi madre montaba bicicleta en el Paseo del Prado. En fin). Huele a desodorante bajo las axilas peludas o depiladas de quienes aún esperan por un medio locomotor. Huele. Huele a café con leche. Y a frijoles negros con masitas de puerco que alguien —oh, dichosón— empieza a cocinar desde por la mañana. Porque aún no han dado ni las ocho pero todos estos olores (no hay maneras de llamarles aromas) forman ya parte del aliento matutino de la ciudad.

Estampas habaneras (V)

La iglesia de Reina
Teresa Dovalpage

La torre puntiaguda, con su aguja neogótica, se alza y se estrella contra el cielo. Como flecha de piedra viva, dirían los cutres poetas de antaño. Como un misil intercontinental, dicen los prosistas, más cutres aún, de hogaño.

Es una tarde de domingo. Acabo de bajarme de una guagua. (Vaga que soy, mi apartamento, en Carlos III y Espada, dista menos de seis cuadras de Reina. Pero son tiempos anteriores al período especial). Me bajo de la guagua, digo, cruzo Belascoaín y camino hacia el templo con precaución de buhonera ilícita.

Antes de entrar al portal —no muy limpio y con algunos olorcillos que de beatíficos poco tienen— observo cautelosa a mi alrededor. Izquierda, derecha, otra vez izquierda y huye que te coge el moro. A la entrada está la portería, donde la inefable Teresita Bacallao o Esperancita reciben lo mejor posible a todo al que se le ocurra asomar las narices por allí. No son muchas narices las que ven, por cierto. En aquel tiempo (un día cualquiera de los años 80) la religión no se ha puesto de moda todavía y la posibilidad de que el Papa visite la isla colinda con la ciencia ficción.

El altar es de mármol y los vitrales representan, supongo, escenas de la Biblia. Nunca me detengo a mirarlos. Hay algo de subversivo (sí, no lo borro: ¡subversivo bien!) en asistir a una misa de domingo en la iglesia de los jesuitas. Bajo las bóvedas, góticamente ojivales, se han sentado los cuatro gatos que suelen venir a esta hora. La misa de los jóvenes, por las mañanas, es algo más concurrida, pero tampoco multitudinaria, eh. Las filigranas del altar son un tejido de Aracné en alabastro, bronce y mármol. Quizá si las viera ahora me inundarían de admiración babosamente turística. Pero aquel domingo no me importaban los ventanales, ni los vitrales ni el clasicismo ni los arcos. Lo importante era la callada complicidad del templo y de la torre que lo vigilaba, con su aguja neogótica como un misil intercontinental.

Estampas habaneras (IV)

Mi escuela alegre y bonita
Teresa Dovalpage

Entre los libros que traje de Cuba está el más conocido de Edmundo D’Amici. Y ayer precisamente, desempolvando mis libreros, di con aquel viejito, ya bastante despeluzado ejemplar de Corazón.

Por muchos años creí que el tal libro debía ir junto a los de Bradbury en el clóset que en mi casa fungía como biblioteca. Aquellos maestros preocupados y amables, aquellos estudiantes respetuosos que (con una excepción) pueblan las páginas de Corazón no podían ser realidad, ¿eh?

Ay, mi escuelita primaria, centro habanera y barriotera… Si D’Amici la ve, le da un infarto. Creo que la calle donde estaba era Sitios, pero no puedo asegurarlo. Lo que sí me atrevo a jurar era que el olor que se sentía apenas transpuesto el umbral era a comida agria, a leche requemada, a sudor, a bocas no lavadas, a aguas albañales, a mierda y, leve, indiscretamente, a ratón. Ratón que habitaría una de las mil hendiduras de las desconchadas paredes de las aulas, que no se pintaban jamás.

“Mi escuela alegre y bonita” rezaba la calcomanía de la puerta, sin duda puesta allí por un geniecillo maléfico e irónico. Pues la escuela primaria José Joaquín Palma tenía poco (si es que tenía algo) de estas dos cualidades.

Y si sólo fuese el edifico de categoría Z… pero los maestros, señor… ¡los maestros! El ejemplo para las nuevas generaciones, los forjadores del futuro…Y veo de nuevo a María, que tendía los pañales de su hija a secar en el aula, en una tendedera improvisada entre pupitres. Y a Elena, la terrible, que dejaba a su hijo levantarles las sayas a las chicas y no sabía sumar. (Elena, no su hijo). Y al boquirroto de Juan, que llenaba la clase de coños y carajos cuando no le prestaban atención. Y a Emma, la pobre Emmita, cuyo marido, querido o significant other iba al aula a dormir la siesta. Lo llamábamos indistintamente Esopo (como al jorobado de Enrique de Lagardere, porque era maletúo) o el Bello Durmiente…

Cuántos recuerdos y evocaciones me han traído, por asociación contrastiva (si tal término existe) el tropezar de nuevo con ese libro maravilloso y sci-fi que es Corazón.

Estampas habaneras (III)

Los restos del Manzanares
Teresa Dovalpage

En la esquina de la Avenida Carlos III —no hay manera de que me salga llamarla Salvador Allende, ¿verdad, Néstor Díaz de Villegas?— y San Francisco hubo un cine llamado Manzanares muchos años atrás. Cuando me mudé de Lawton —¡querida Víbora!— en 1971, ya el cine había dejado de serlo y las únicas películas que se proyectaban allí eran las que se pasaban en sus afiebradas cabecitas los borrachos del barrio. Cuando salían del bar Cincuentenario, al que ya me referiré más adelante, se dirigían a lo que fuera sala de proyecciones, convertida en cementerio de papeles y botellas vacías, y allí daban del cuerpo o mataban impunemente el tiempo. Al menos eso se decía en el barrio.

Un día, cuando tendría yo nueve o diez años, se me ocurrió llegarme por allá una tarde a curiosear. Como los gatos, tengo atracción magnética por las puertas cerradas. Abrí sin dificultad aquellos portones de madera carcomida y hedionda y entré… al aire libre porque en el cine no quedaban techos ni paredes ni la madre que los parió. Pasé al fresco. Y allí, bajo el sol de la tarde, estaba sentado un borrachito triste. Tenía una botella al lado y los pantalones por los muslos y una cosita fláccida, más triste que su alcohol, entre los dedos.

No sentí miedo, ni ganas de huir. No me quedé traumatizada. Lo que me sobrecogió fue una pena enorme cuando aquel borrachito me mostró el pellejo que le colgaba entre los dedos sucios y me dijo con voz velada por las lágrimas: «Muchachita, esto ya no sirve pa’ na’».

Estampas habaneras (II)

Mulata en la terraza
Teresa Dovalpage

Desde la Terraza Florentina del Hotel Capri, que está en el centro del Vedado, la Habana se extiende bajo la brisa de la tarde, mulata en bikini que se rasca los pechos tendida junto al mar.

Las azoteas son casi todas rojas o anaranjadas. En los jardines del Hotel Nacional relucen dos piscinas como transparentes charcas azules. Su melena gruesa y oscura no puede ondear al viento, pero ella la sacude y hay un olor a sal. De las chimeneas de la refinería sale un humillo gris. Las casitas aisladas parecen de muñecas y ella se amarra a la cintura una toalla de flores. Rompen la simetría de los tejados bajos rectángulos desafiantes que se elevan al cielo. La cúpula redonda del Capitolio, las sólidas construcciones del Habana Libre y del Focsa, la graciosa elegancia del Nacional toman otra dimensión al contemplarse desde arriba. Ella se quita la parte superior del bikini y sus pezones se elevan erectos hacia el sol. Ya te lo dije: La Habana es una mujer.