Archivo de la categoría: Estampas habaneras

Estampas habaneras (XXVIII)

La esquina del chao, chao
Teresa Dovalpage

Hoy empiezo por quitarme el sombrero (la gorra, la pamela) ante todos los blogueros y las blogueras que conozco y leo. Tras este experimento de mi esquina habanera, he comprendido cuán difícil es escribir una columna regular y tratar de mantener en cada ocasión un tono fresco, ligerito, sin repeticiones ni marrullerías literarias. Y lo mío era sólo una vez por semana. ¿Cómo se las arreglan aquellos que tienen cita diaria con sus lectores? ¿De dónde sacan temas? Que no se guarden el secreto, por favor… Soy toda oídos.

Cuando me sorprendí descargando mi murria sobre el cementerio me di cuenta de que había llegado a mi límite, que ya había recorrido todas las calles habaneras y que no daba más de mí. Así que aquí les doy las más expresivas y cordiales gracias a Alexis por cederme este espacio y a todos los que han tenido la santa paciencia de leerme durante meses y de dejarme comentarios.

Verdad que esto parece una despedida… pero ¿acaso piensan que se van a librar de mí tan fácilmente? No, hombre, no. Tengo otra idea en el caldero y con permiso de Alexis, la empezaremos a cocinar muy pronto. Una idea
ecléctica
dialéctica
y multicultural.
(Muy propia de la aldea global.)

De modo que éste no es un adiós, el triste aeternum vale de los romanos, sino un cubanísimo chao, chao.

Stay tuned!

Estampas habaneras (XXVII)

Zapata y 12
Teresa Dovalpage

Al leer al ubicación geográfica del título, ¿alguien adivinó de lo que iba a tratarse esta esquinita? No, no es una heladería, ni una tienda, ni un cine. Ni tampoco, claro está, la esquina del pecado, aunque sí es una a la que van a parar por igual justos y pecadores. Eso mismito es, el cementerio de Colón. Hogar de huesos fríos, angelotes de piedra y esculturas de mármol de Carrara. Reino de cruces, bronces, nichos y coronas. Testigo mudo de misas católicas, misas negras y reuniones de frikies empastillados. Lugar de peregrinación para viudas luctuosas y otros dolientes solitarios…

El primer sepultado en este cementerio fue precisamente su arquitecto, Calixto de Loira. Ironías del destino o quizá una advertencia de que a veces las obras terminan devorando a sus creadores. Solavaya. Watch out. También yace allí Amelia Goyri, La Milagrosa, en uno de los panteones más visitados de toda la necrópolis. Se dice que murió de parto y fue enterrada junto a su hijito, que tampoco sobrevivió. Cuando se exhumaron los restos, encontraron el cadáver del niño entre los brazos de su madre. Este hecho, que dio origen a la veneración popular de Amelia, me parece una prueba indiscutible de que la pobre mujer fue enterrada viva. Igual que en aquel cuento deliciosamente macabro de Poe, sí.


¿Y qué cubano no ha dejado a algún ser querido allá en el cementerio de Colón? Ahora que se acerca el día de las madres, pienso en todas las madres cubanas que quedaron enterradas allí y que este domingo no tendrán ni una flor ni una lágrima de sus hijos ausentes de la isla.

Perdonen la candanga. Normalmente escribo de temas más alegres pero parece que hoy me he levantado con la neura.

Estampas habaneras (XXVI)

Los pechos de mi madre
Teresa Dovalpage


Cuando mi madre se enojaba
enfurecía,
rabiaba
(o como ella decía,
se encabronaba),
tenía la propensión
a liberarse de la bata de casa
(su batica)
igual que cuando un árbol
se desprende
de sus flores marchitas.

Podía ocurrir
en medio de la sala,
en el cuarto,
o saliendo del baño
donde nos aseábamos
de a cubos.

Entonces se paseaba
cual amazona sin podar
por la casa
ondeando al aire
senos y agravios.

Aparte de eso
mi madre es
(lo puedo asegurar)
una mujer
recatadísima.

Estampas habaneras (XXV)

De extraterrestres, apagones y croquetas de ave (para Daína Chaviano, con cariño y admiración)

En su página de Facebook, Daína Chaviano ha propiciado un diálogo interesantísimo sobre los extraterrestres, diálogo que me inspira la esquinita de hoy. Aunque nunca he tenido un encuentro verdaderamente cercano, sí pasé por una experiencia que ahora relato por primera vez. Ocurrió en la esquina de Carlos III y Espada, junto al hospital de Emergencias, en la azotea del edifico donde viví hasta el 96.

Era una noche de apagón programado y mi socia Mercedes y yo habíamos decidido que no la íbamos a pasar ahogándonos de calor metidas en casa. Antes de que se fuera la luz nos pertrechamos con una botella de agua, un par de panes con croqueta de ave… averigua tú de qué cosa eran y una cajita con tres fósforos. Apenas la oscuridad nos cayó encima sentí como si me hubiera trasladado a otra ciudad. Los desconchinflados edificios centrohabaneros, vistos en la penumbra, parecían salidos de un universo que no tenía nada que ver con el de las colas de cuatro horas, los camellos nauseabundos y las consignas apabullantes de aquel en que me había tocado nacer. Algún que otro quinqué fantasmeaba allá abajo, en las ventanas. Los televisores estaban mudos y los radios amordazados. Y el resultado de todo aquello era un sentimiento de paz completa, de elevación, de tranquilidad casi Zen.

Fue entonces que lo vimos. Era ovoide, mediría quizá cinco metros y se hallaba justo encima de la azotea. Es difícil asegurar cuán cerca, pero sí lo bastante como para que distinguiéramos sus contornos, iluminados levemente por una reverberación interior. No puedo recordar ningún sonido. Y de fijo lo habría escuchado porque la ciudad, cuando empezaba el apagón, se sumergía en un pozo mudo en el que hasta las toses sonaban como pistoletazos.

Al cabo de unos diez minutos el OVNI, o lo que fuese, se alejó envuelto en el mismo silencio en que había llegado. Mercy y yo, al recuperarnos del susto, soltamos las chancletas escaleras abajo, en medio de la oscuridad. Hasta nos olvidamos de la caja de fósforos y de las provisiones. Cuando subimos por ellas al día siguiente ya habían desaparecido, aunque las pongo en la cuenta de algún vecino descarao, no de los visitantes espaciales. Pero quién sabe. A lo mejor alguien por allá arriba está todavía examinando las croquetas y haciendo hipótesis sobre el sistema digestivo de los cubanos de finales del siglo XX.

Estampas habaneras (XXIV)

La Plaza de la Catedral en dos tiempos
(Segunda parte)
Teresa Dovalpage

En su segunda época —la de los años noventa, post-dolarización—, el kitsch alcanzó niveles estratosféricos en la benemérita Plaza. Las tardes sabatinas se inundaron de cocodrilos de papier maché, monitos construidos con la mitad de un coco seco y horribles acuarelas, tropicalmente típicas. La bisutería plástica cedió ante el avance guerrillero de la imagen del Che. Ésta se adueñó heroicamente de pulóveres, gorras, sellos, llaveros, ceniceros y hasta monedas, las mismas que el susodicho soñó con abolir cuando era presidente del Banco Nacional. Y luego digan que la historia no tiene sentido del humor.

En este tiempo árido, las calabacitas plásticas se desaparecieron de la Plaza y las vegetales de los agromercados. El Patio, la Bodeguita del Medio, La Torre de Marfil y todos los restaurantes situados alrededor de la Catedral y en barrios adyacentes se dolarizaron y se extranjerizaron a alta velocidad. Con la moneda nacional no se compraba ni un café aguado por aquellos contornos. Y para usar la dura, había que recurrir a los sobornos. Con rima y todo, sí.

Los hijos de la Europa socialista le dejaron vía libre a españoles, italianos, canadienses y hasta a algún que otro americano. Pero los nuevos visitantes sí se interesaban en los nativos. Y los nativos —¡cómo no!— vaya si se interesaban también en ellos. La Plaza dio cobijo a un quid pro quo de dólares y ron; dólares y langostas; dólares y parafernalia che-guevariana; dólares y negritas baratas —muñequitas de trapo, so malpensados.

A estos turistas, igual que a los otros, la mole de la Catedral los observaba estoica, con un aburrimiento grave, emparedado en gris…
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Foto:

Roberto Machado.

Estampas habaneras (XXIII)

La Plaza de la Catedral en dos tiempos
(Primera parte)

Teresa Dovalpage

En su primera época (digo, primera para mi generación, los nacidos en los sesenta), la Plaza de la Catedral era el reino multicolor del kitsch criollo. Los sábados se poblaba de vendedores de hebillas plásticas, cinturones y huaraches de cuero, calabacitas —imágenes en yeso de la que mandaba a dormir a los niños por la televisión, no la que se echa en el ajiaco— macramés de soga y bolsas tejidas.

Estoy hablando del principio de los ochenta, de aquellos inocentes días en los que a nadie se le ocurría vender en la Plaza, ni en ninguna otra parte, pulóveres con la cara del Che. Es más, creo que la idea de comerciar con el susodicho se habría considerado hasta medio sacrílega. Eran los tiempos feraces y felices en que, después de gastarse veinte pesos en un collar de semillas y una blusa de lienzo allá en la Plaza, sintiéndose una rica con las adquisiciones, podía ir con toda tranquilidad a zamparse un bocadito de queso en los portales de El Patio. O a la Bodeguita del Medio si tenía antojo de arroz con picadillo, o a La Torre de Marfil, situada en Mercaderes, si le apetecía un plato de arroz frito.

Y todo se pagaba
—oh, virgen del Pilar—
en simple y bienhabida
moneda nacional.


Verdad es que a veces no había agua, o el arroz venía empegotado o había que esperar cuatro horas para entrar a cualquiera de estos restaurantes. Pero, como diría el carnicero de mi barrio cuando se acababa el “pollo de población” a mitad de la cola: todo no puede ser perfecto, ¿no?

Los únicos turistas extranjeros que caracoleaban por la Plaza provenían de Europa del Este. Rollizos rumanos, barbudos búlgaros, estólidos estonios y bolos barnizados por el sol. Se les veía pacíficos, callados, seriotes y siempre un poco sudorosos. No se interesaban en los nativos y los nativos no se interesaban en ellos. La mole de la Catedral los contemplaba —como contempla a todos— con un aburrimiento grave, emparedado en gris…
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Foto:
Roberto Machado.

Estampas habaneras (XXII)

L y 23
Teresa Dovalpage

Una esquina tan popular y no le he dedicado ni una línea todavía. ¡Qué barbaridad! Pues nada, ahora mismo le pongo remedio a esa deplorable omisión. Pero, ¿qué digo? ¿Hablo del cine Yara, donde una vez me mandé tres películas seguidas durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano? (Salí con un dolor de cabeza de ampanga, claro). ¿Del Coppelia y sus colas imperecederas, impepinablemente largas? ¿Del Habana Hilton; perdón, Habana Libre; perdón, Habana Meliá? Ah, llámenlo como les dé la gana, uf. ¿O de aquella mini cafetería que quedaba frente al Coppelia, donde se vendían, en tiempos más felices, perros calientes con cachú?

Curiosamente no me vienen a la memoria muchos incidentes relacionados con estos lugares. El único es uno del que no me gusta hablar, pero que me recordó hace unas semanas el excelente artículo de Alexis Romay “
Apuntes en blanco y negro”. Me lo recordó porque tuvo el mismo origen, sólo que en mi caso fue de signo contrario y no terminó en la estación.

Ocurrió en el 96, quizá un mes antes de irme de Cuba. Andaba yo Rampa arriba y Rampa abajo con Pamela, una amiga de mi marido que había ido a La Habana de visita y me llevó angelicalmente un paquetito de regalo. La Pam, una afro americana alta y estatuaria, atraía miradas masculinas de todos los colores. (A su lado yo, bajita y pelirrubia, era la mujer invisible, vaya). Desafortunadamente, atrajo también las ojeadas de un policía a quien se le ocurrió detenernos y pedirle sólo a la Pam —que conste— el carnet de identidad. Candela con escopeta.

El escándalo que armó la interfecta, que además dominaba a la perfección el léxico habanaviejero, pues tenía un novio de ese barrio, fue apoteósico. Que si en Cuba se suponía que la gente llevase al cuello una chapa con su nombre, como los perros. Que ella no había hecho nada para que se le señalase. Que si aquello era racial profiling o qué. El uniformado, una vez convencido de que había metido las cuatro patas, se deshizo en excusas y cortesías e invocó desde la seguridad nacional hasta, pues no podía faltar, el eterno bloqueo.

¿Que qué hice yo? Pues, hombre, vaya preguntica. No hice nada. Me quedé más tranquila que occisa en funeraria. Lo único que solté, afectando, naturalmente, un acento muy inglés, fue: oh, wow…

Estampas habaneras (XXI)

Concurso en el Capitolio o el salón de los premios perdidos

Teresa Dovalpage

Hoy discutíamos en clase el término “no ficción creativa” y un estudiante dijo que aquello debía ser “contar la vida de uno como uno hubiera querido que fuera y no como fue en realidad”. Me gustó la definición, pero les aseguro que en estas esquinitas he tratado de mantenerme fiel a la realidad, en lo posible, y dejar la creatividad para otros esfuerzos artísticos.

Ahora, no siempre es posible la fidelidad absoluta —y no estoy hablando de pegar tarros, eh—. Me acuerdo, por ejemplo, de un concurso de lecturas literarias en que participé cuando tenía once años, pero por más que lo intento no puedo recordar dónde se llevó a cabo ni en qué consistía exactamente. Sólo tengo para ayudarme esta foto, que me tomaron durante la última fase de la competencia, a nivel nacional.

En fin, lo cuco del asunto es lo que sucedió después del concurso. Fue en nuestra benemérita Academia de Ciencias, lugar seleccionado para la distribución de los premios. Todos llegamos entusiasmadísimos. No es que esperásemos que nos regalaran bicicletas chinas ni robots parlantes, que tan ingenuos no éramos. Pero ya que nos citaban para un sitio así de imponente, imaginábamos que algo bueno nos esperaría allí.

Subimos la escalinata, atravesamos la sala del diamante y el salón de los Pasos Perdidos (donde un gracioso soltó una trompetilla a ver si resonaba bien) y al cabo nos llevaron a un saloncito más modesto donde tendría lugar la ceremonia. Allí aguardaban tres profesores y un enjambre de Makarenkos. Supuse que los premios estarían escondidos debajo del buró porque sobre la pulida superficie de éste no había más que un montón de papelitos.

Después de las felicitaciones y discursos del caso, empezaron a leer nombres. “Doval, Teresa, acérquese a la mesa”. Por poco me caigo del susto, a pesar de la rima. Fui hasta el podio y una Makarenko, sonriendo de oreja a oreja, me entregó un papelito. Debo haberme quedado allí más tiempo del conveniente —en espera de mi regalo, claro— porque la Maka me susurró: “Vamos, muchacha, muévete”, y entre las risas de todos regresé a mi butaca.

En aquel papelito —un diploma impreso en papel de cartucho, o que lo parecía, y con los nombres escritos a pluma— consistía todo el premio. Cuando salí del salón, el pasillo estaba alfombrado de “diplomas,” abandonados allí por el resto de los chasqueados. Hice lo mismo con el mío y me volví, con la cabeza gacha, al salón de los Pasos Perdidos.

Estampas habaneras (XX)

Las encarnaciones de Sears
Teresa Dovalpage

Tras su nacionalización, a la que siguió una década de hibernación, la antigua Sears se abrió exclusivamente para los “viajeros de la comunidad”, o, como les decía la gente, los gusanos que retornaban convertidos en polícromas mariposas. En ese sentido fue un antecedente directo de las diplotiendas de los 90. La venerable abuela de las shoppings, vaya. Como en mi familia no teníamos parientes comunitarios, no llegué a conocerla. Fatalidad.

Después cerraron el local de nuevo y pasaron tres o cuatro años más para que reencarnara como el Supermercado Centro, durante los ochenta. Allí se vendían ¡por la libre! pollos, cakes, quesitos de lujo y me parece que bebidas también. Digo “me parece” porque tampoco logré visitarlo. Dado que las colas eran más largas que la del cometa Halley, mi padre marcaba a las tres de la mañana, lo relevaba mi abuela a eso de las siete y cuando llegaba la hora de entrar, allá iba la comandanta, esto es, mi madre, que era quien decidía lo que se podía comprar y lo que no. Un día hablaré más del tema, pero les aseguro que mi familia era un matriarcado. El caso es que, por más que le pedí a la mandamás que me dejara acompañarlos, me azoró siempre. “¿Qué tienes tú que hacer ahí, chica, en medio de una cola donde te van a estar dando empujones? Ponte a estudiar o entretente con un palito y mierda, anda”.

Unos diez años más tarde, cuando el difunto Centro había vuelto a dar otra vuelta kármica, ahora transformado en un Joven Club de computación, me dirigí a sus puertas a fin de ver de cerca una computadora. Aunque a consecuencia de mi apresurado paso por la facultad de cibernética me hacía poca gracia todo lo relacionado con esta ciencia arcana, pudo más la curiosidad y allá me fui.

A la entrada del Joven Club me detuvo una guardiana envuelta en uniforme verdealgo y creo que hasta con pistolón a la cintura.

—¿Adónde tú vas?
—Yo… esto… yo soy profesora de la universidad y vengo a ver si puedo usar una computadora —tartamudeé.
—No, mija, no, ¿qué tú te piensas? Tienes que traer una autorización de tu departamento que explique para qué necesitas saber computación. Además, hay que pasar un curso primero, no es cosa de llegar y de sentarse delante de uno de esos aparatos así de a Pepe. Y luego tienes que hacerte socia del club y traer tus documentos y pedir tiempo de máquina y…
Pero en mi departamento me comunicaron que no había motivo alguno para que una simple profesora de inglés perteneciera a un Joven Club, que mejor me pusiera a traducir un artículo de Alfredo Guevara a la lengua de Shakespeare —lo que constituía el equivalente a mandarme a jugar con un palito y mierda, supongo.

No sé qué será del local ahora. ¿Es todavía un Joven Club, es una shopping, se ha convertido en patrimonio de la humanidad? Quizás, si un día regreso a Cuba, tendré más suerte y podré trasponer sus umbrales. Quizás, quizás, quizás…

Estampas habaneras (XIX)

La esquina del pecado
Teresa Dovalpage

Se le llamaba en tiempos más felices a la intersección de Galiano y San Rafael, como recordará todavía algún que otro habanero recalcitrante. Allá por los cincuenta, en el Ten Cent vendían helados de barquillo “a la moda americana.” Las vidrieras de Flogar y de El Encanto exhibían modelitos que parecían sacados de revistas de modas. No muy lejos, por Prado y Neptuno, se contoneaba la Engañadora, aquella chiquita que:
Estaba gordita
Muy bien formadita
Y en resumen, colosal.

Antes de que se descubriera el relleno que la aderezaba, a manera de pavo navideño…

Pero ya en los setenta no quedaban ni el olor de la Engañadora ni helados de barquillos ni ropita de moda. En cuanto al concepto de pecado, éste entonces se hallaba bastante devaluado —ahora lo está más todavía, claro—. El caso es que a mis cinco o seis años caminaba yo por aquellas calles de la mano de mi abuela, a quien se le ocurre decirme que estábamos pasando por “la esquina del pecado”.

—¿Y qué quiere decir pecado, abuela?

La susodicha hizo una pausa antes de contestarme. Miró alrededor, en silencio. Yo seguí la dirección de su mirada y vi lo mismo que ella: la acera sucia, manchada de desperdicios entre los que se destacaba un plátano podrido; Flogar cerrada por reparaciones, como medio país; cuatro pomos de champú y un par de ollas de aluminio en las vidrieras sucias del antiguo Ten Cent; una guagua Leyland que pasaba junto a nosotras, echando al aire vapores nauseabundos… Mi abuela abarcó todo aquello con un ademán y contestó, bajito:

Esto es pecado, corazón.

Estampas habaneras (XIX)

Y sigo en el patio de los laureles, aunque nadie se duerme sobre ellos
Teresa Dovalpage

En general, los comelibros no suelen ser populares. Y digo en general porque hay sus excepciones. Mi muy querida amiga Hisbel, por ejemplo, tenía notas sobresalientes y nunca le faltó dónde (o con quién) salir los fines de semana. Pero en la mayoría de los casos, tanto aquí como allá como en casa de las quimbambas, y para decirlo en Spanglish, los nerds no somos cool.

Y viceversa. Esto lo comprobé durante mi período cibernético. Curiosamente, a medida que mis notas caían en picada, subía mi… iba decir “mi popularidad”, pero eso suena exagerado. No tan calvo que se le vean los sesos. Digamos que aumentaban mis amistades y mi vida social.

En el preuniversitario, mis pocos amigos solían ser empollones como yo, con sábados vacíos y bibliotecas llenas, o los astrales mencionados en los últimos posts. Yo me consideraba feuchita, con menos sal que un pedazo de brócoli, y me había resignado a no tener un novio jamás. De hecho, uno de los primeros cuentos que escribí se titulaba “Sin tiempo para novios”, algo así como “no quiero las uvas porque están verdes”, vaya.

Pero ya en la universidad no osaba acercarme a los abelarditos, a quienes por otra parte envidiaba terriblemente, así que no me quedó más remedio que apencar con un tipo distinto de estudiantes. Gentes con quienes hasta entonces yo no había querido asociarme… ni ellos asociarse conmigo. Es decir, aquellos a los que un año antes hubiera llamado sin muchos miramientos “esos brutos.” Entre los susodichos encontré un novio (¡el primero!) y con él empecé a ir a fiestas. Fiestas dije, sí. Y a soltarme las trenzas, para usar una perífrasis discreta.

Durante aquel semestre en cibernética no aprendí ni jota de análisis o de álgebra, pero sí saqué dos conclusiones utilísimas. Primera: los “brutos” suelen ser una compañía más divertida que los abelarditos. Segunda: el ostracismo a que son sometidos estos últimos no se debe (al menos no necesariamente) a falta de sal en los mismos. Es cierto que se les envidia, y si quieren estar seguros, pregúntenmelo a mí.

Estampas habaneras (XVIII)

Vergüenza en el patio de los laureles
Teresa Dovalpage

Claro que es más agradable hablar de éxitos (sobre todo si son los propios), pero hoy quisiera referirme al lugar donde tuvo lugar mi primer fracaso académico, allá en el corazón de la Colina Universitaria.

Durante todo el pre yo había sido una comelibros (rata de bibliotecas, nerd, abelardita, empollona, etc.). Tenía un promedio altísimo y me creía, ingenuamente, la última Coca Cola del desierto educacional. No me había dado cuenta todavía de la certeza del refrán aquel: en tierra de ciegos, el tuerto es el rey… Por eso a la hora de seleccionar carreras pedí Cibernética Matemática —que sonaba tan chic— aunque lo que en realidad me gustaba eran las letras, como bien dice mi socia Loreta.

Y entré al edificio Felipe Poey, la facultad de Matemáticas. Bella la construcción. Bellas las escaleras limpias y las aulas con pizarras sin huecos. Bello el patio de los laureles, con un aliento tropical que templaba la frialdad de los logaritmos… Lástima que este idílico ateneo se convirtiera en el escenario de mis derrotas.

Porque, señor, aún no llevaba un mes tomando clases cuando me di cuenta de que si había sobresalido tanto en el pre no había sido tanto gracias a méritos auténticos sino por la falta de competencia. Al verme por primera vez rodeada de criaturas diez veces más nerds que quien escribe, me encontré de pronto en la cola de la cadena alimenticia de los abelarditos.

Confieso que nunca entendí el misterio de los números imaginarios (3 + 2i) ni aprendí a demostrar un maldito teorema. Cada vez que escribía al final de un ejercicio c. q. d. (como queda demostrado) me sentía una impostora de primera categoría porque lo único que quedaba demostrado era mi supina ignorancia. Para hacer el triste cuento cortito, diré que al acabarse el primer semestre suspendí álgebra y análisis y si no me pasó lo mismo con geometría fue porque un gordito buena gente, que me tocó por compañero de asiento, me dejó copiar de él. Pero no hay mal que por bien no venga, como diría Pancho el Pirulero. En el próximo post les hablaré de lo que tuvo de positivo mi pérdida de estatus…

Estampas habaneras (XVII)

La furia de Bernarda Alba
Teresa Dovalpage

Y para cerrar con broche… vegetal esta serie de la Quinta de los Molinos, quisiera referirme a un incidente más farandurelo que metafísico (o patafísico, como dice mi amigo Orlando Ignacio) que presencié una vez allí. En las profundidades de La Quinta se alojaba La Madriguera, una casita que lo mismo servía para dar un concierto que para una función de teatro malojero que para montar la exposición de algún pintor no demasiado conocido.

Allá me fui una tarde en que se representaba la madre de todas las obras de grupos amateurs, léase La casa de Bernarda Alba. Sólo que en este caso, mediante una adaptación más libre que el aire, Pepe el Romano aparecía en escena. Pero lo peor no era que apareciera. De alguna manera, el segundo asesino de Lorca se las arregló para vincular a la Bernarda con la “burguesía latifundista” y a Pepe el Romano con un semental guerrillero. En un final clásico de los bodrios del realismo-socialista, luego de liberar a los mujiks (o guajiros o siervos de la gleba, eso nunca quedó muy claro), el Romano salvaba a Adela antes de que ésta llegara a ahorcarse y la obra terminaba dando vivas a la reforma agraria. O supongo que terminaba, que eso nunca se llegó a averiguar.

Mientras Pepe el Romano pronunciaba un discursito con olor a Politburó, alguien tiró un tomate al… no puedo decir escenario, porque allí no lo había, sino al sitio en que los actores soltaban sus perlas de cultivo. Se hizo un silencio sepulcral. Al Romano se le olvidó su parlamento. Adela dejó escapar un chillido. Y la Bernarda, olvidando la existencia de la cuarta pared, recogió el tomate y lo lanzó de vuelta al respetable, soltando sapos y culebras. Allí mismo acabó aquel insulto al arte de Melpómene. En homérica contienda, varias sillas volaron por el techo y un montón de carajos se subieron por las paredes… ¡Cortina!


Si alguno de mis lectores estuvo presente u oyó hablar del asunto, le pido por favor que deje constancia aquí.

Estampas habaneras (XVI)

Elvis Presley en La Habana
Teresa Dovalpage


Acabo de leer (más bien devorar) un libro magnífico de Belkis Cuza Malé: Elvis, la tumba sin sosiego. Se trata de una investigación de la autora en torno a la figura de Elvis Presley. ¿Vive o está muerto?

Ustedes se preguntarán cuál es la relación de este tema con mi esquinita habanera… Pues muy sencilla: varios miembros de aquel grupo de la Llama Violeta (cuyo anonimato mantendré porque uno vive ahora en Hialeah y no sé si le gustará ser mencionado públicamente en este contexto) decidieron organizar una ceremonia en honor al Espíritu de Elvis. Por cierto, me llamó la atención que un “Elvis entertainer” a quien Belkis entrevista le diera precisamente este título a su espectáculo. Mis amigos, naturalmente, no tenían manera de saber que tal show había existido, pues ésa no era la clase de noticia que circulase fácilmente por la isla.

La ceremonia en cuestión, como se infiere, consistía en ponerse en contacto con el espíritu del cantante. Y el lugar escogido fue ―¿cuál si no?― la recoleta Quinta de los Molinos. Aquí me gustaría encajarles una mentirita, pero como me he prometido a mí misma respetar “la verdad histórica” en mis esquinas, declaro honradamente que no participé en la ceremonia ―era secreta y sólo para iniciados―. Mi contribución consistió en traducir un par de canciones de El Rey de Rock, una de las cuales era “Hound Dog”.

Nunca supe qué pasó durante la invocación, pues los miembros del grupo solían ser bastante reservados en casos como éste. Pero unas semanas después, uno de los muchachos, que tenía aspiraciones musicales, participó en un concierto en la Casa de la Cultura de Carlos III. Allí cantó varios números (en inglés, desde luego) a la manera de Elvis Presley, con pelvis giratoria y demás condimentos.

Esto ocurrió por el noventa y dos o el noventa y tres, y todavía habrá quién lo recuerde. Para esa época las acusaciones de diversionismo ideológico contra quienes cantaban “en la lengua del enemigo” se habían aplacado un tanto. Si el concierto en cuestión hubiera ocurrido en los ochenta, supongo que las consecuencias habrían sido poco agradables para los intérpretes. O quizá el Espíritu de Elvis los protegió… ¿Quién sabe? Por el momento, los invito a disfrutar de Elvis, la tumba sin sosiego.

El Palace de G y 25

Un lector, que firma Omar Mantra, me dejó el siguiente comentario a propósito de un post sobre el edificio Palace. A petición suya y porque me parece interesante, lo comparto con los lectores de Belascoaín y Neptuno. (Gracias, Omar).
***

El Palace de G y 25.

En ese edificio estaba lo que fue la residencia de uno de mis tíos, periodista por más señas, y expedicionario de Cayo Confites. Hecho que recuerdo perfectamente, no por sus valores bla bla bla… sino por un accidente personal que me dejó una cicatriz en la cabeza, cuando me puse las botas del tío que le dieron en Cayo Confites, cuando salió de La Cabaña. Eran tan grandes, que me las puse sin esfuerzo, y yo tan chiquitito que me resbalé y caí de la Iglesia de Jesús del Monte y me rompí la cabeza.

Desde aquel tiempo sentía mucha admiración por el tío, claro, no por mi caída, sino por su aventura, y visitar ese edificio y ser recibido por el tío, era el mayor de los honores para nosotros los sobrinos.

Un día en una de esas visitas, me regaló La República de Platón, y nunca lo leí, ni siquiera lo hojeé. En aquel tiempo, era yo estudiante de Ciencias Políticas de La Universidad de la Habana, y el Co. Aldana (no sé si lo recuerdan) me había dicho personalmente que todos esos libros eran basura burguesa, y que leerlos me iban a confundir aun más de lo que yo estaba.

Evidentemente yo estaba muy “confundido”, según el tovarich Aldana (perdón, quise decir compañero) tan confundido como lo estoy actualmente.

Claro que me resultaba difícil identificar a Platón con las teorías burguesas comentadas por un tribuno marxista, y quizás porque el Co. Aldana, era un cuadro militante de la Juventud Socialista y tenía cierto poder, era mejor evitar choques con él y sus ideas filosóficas.

Fíjense a donde llegó después, aunque se cayó de todas maneras, estaba yo claro de no chocar con él y dejar al tío y Platón tranquilos.

Este mismo tío, que después estuvo exiliado en USA, durante la etapa de Batista, nos contaba del triste papel jugado por el Comandante en Jefe, en Cayo Confites.

Yo desconfiado como soy, casi paranoide, creía que eran relatos producto de su envidia y sus fracasos, pero parece que más bien lo hacía por caridad con los sobrinos para que idealizáramos al aguerrido Comandante, y vacunarnos contra el llamado “culto a la personalidad”, pues parece que Stalin no le caía nada bien.

De adolescente, eran otros tiempos, de ser guiados por los mayores, y por aquella misma vía, pasando frente al Edificio Palace, la casa de mi tío, mi abuela Chunga, me llevaba al médico en el Hospital Reina Mercedes, bautizado después Fajardo, y nos decía que esa era la calle de su Presidente José Miguel Gómez, “Tiburón”, que se bañaba, pero salpicaba, y que era cierto que malversaba a la a dos manos , pero que les daba a los demás, es decir según ella a los pobres. A mí no me pregunten pues no puedo siquiera imaginar cómo lo hacía…

Primeras lecciones de política familiar para aprender a admirar ladrones de altas esferas.

Ya más grande y con novia “con consentimientos” por allí nos dirigíamos hasta la Escuela de Filosofía y Letras Martín Dihigo, y ya tarde en la noche al regresar, por la misma vía, detrás del Calixto García, bajo los frondosos árboles de la Avenida de los Presidentes rendíamos culto al Eros tropical, exacerbados por nuestra juventud, más bien de ella, pues ya yo entrado en la treintena.

Muy cerca de allí, de ese lugar, mi padre también hizo su historia, como escolta del Príncipe fue atacado por presos comunes que trataron de asesinarlo para quitarle su arma de reglamento.

Pobre hombre, de origen campesino, nombrado policía por Antonio Guiteras en una plaza de alto riesgo y sin ninguna consideración social, a pesar de ser gentil y amigo de muchos presos políticos que tuvo que proteger.

Sí, esa esquina me trae muchos recuerdos, tantos como la esquina de Neptuno y Belascoaín donde pase toda mi adolescencia y mi juventud y me inicie en mis labores de venta de vendedor en la tienda La Popular de Manuel Canoura, presidente de la Artística Gallega, y después en los portales de Belascoaín, desde Neptuno hasta San Miguel frente al café El siglo XX y la Casa Prado. Pero esta es otra etapa que les contaré en otra ocasión.