Ernesto Ariel Suárez: “Puff 2”

“Si vives en un lugar del que nadie se acuerda, algún día comenzarás a dudar de tu existencia”, pensó por exactamente el tiempo que le tardó formar la frase. Y efectivamente, justo al desvanecerse la frase, una duda ocupó su lugar: “Si la gente se olvida de este sitio y de ti, ¿dejarás de existir pese a aquello que los clásicos del marxismo llamaban ‘realidad objetiva’?”.

—Demasiada filosofía —y sacudió la cabeza para librarse de ella.

Se levantó del piso de arena para mirar el azul tras la maleza.

Este no era el mismo mar, pero lo era. No tenía nada de osmótico, pegajoso, invasivo o invasor. Era un mar respetuoso, lejano, antitético a lo cubano. Era obviamente un mar extranjero: olía a limpio, a salitre sin grajo y a pez sin ciguatera.

Salió de entre los arbustos y se acercó despacito al agua. Puso una mano en ella y la sacó de prisa, con miedo de que aquel mar le traicionara como el otro, aquel mismo mar, lo había hecho. El agua se escurrió casi toda sobre su piel y regresó a su lugar de origen. Él miraba el resto evaporarse en el viento, desapareciendo sin mayores consecuencias.

Este mar no trató de penetrarle.

Se dio cuenta entonces, mirando este vasto cuerpo de agua, que el tal no era más que un espejo de dos vías. Era el mismo mar que dejaba ver y ocultaba. Desde aquí se veía todo, desde “allá” (al otro lado), nada; sólo el reflejo de lo que aún sin ironías llamaban “la realidad objetiva”.

—Dale otra vez con la cabrona filosofía —dijo esta vez con sorna.

Sintió entonces que finalmente había superado el trauma que le había causado la última visita al otro lado. Una visita llena se zozobras y en la que se había sentido violado constantemente por la geografía y el tiempo. Los amigos del barrio nunca lo notaron. Sólo le vieron fumar constantemente aquellos cigarrillos que compartía con ellos.

El terror no le abandonó al regresar a la ciudad sin olor. Por eso decidió esconderse en aquel lugar remoto, por unos días, unas horas o quién sabe cuanto tiempo.

Encendió un cigarrillo y fumó por placer, porque le daba la gana.

Aspiró sin miedo, no para defenderse de algo y no para esconderse de todo. Aspiró al darse cuenta de que había escapado de nuevo y esta vez quizá para siempre.

***
Ernesto Ariel Suárez
Kansas City

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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