Oda al vino espumoso

Recuerdo el vino espumoso,
que ni era vino ni espuma,
ni venía de la Yuma
y era tan empalagoso.
Con su sabor alevoso,
se instalaba en la retina,
provocando una neblina
a la mente y los sentidos.
Aquel mejunje, queridos:
¡peor que la nicotina!

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