Paquito D’Rivera: Si tu teléfono no suena, ¡soy yo!

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En abril del año 1977, con Jimmy Carter en la Casa Blanca, procedente de los Estados Unidos el crucero Daphne, de gira por el Caribe, tocó puerto en La Habana. La prensa nacional, que solo habla de los supuestos logros del castrismo no publicó ni una letra del arribo de aquel barco enorme que traía a bordo, por primera vez desde 1959, un distinguido e impresionante grupo de músicos y periodistas norteamericanos. Años más tarde, mi amigo Arnold Jay Smith me contó que hasta Ry Cooder, quien sería productor del famoso “Buena Vista Social Club” venía con él a bordo. Yo me enteré porque Arturo Sandoval, que casualmente pasaba por allí, reconoció a Dizzy Gillespie saliendo del buque, lo convenció de que se montara con él en su destartalado Opel de los cincuenta y, después de pasearlo por las ruinas de aquella ciudad otrora vibrante y hermosa como pocas, se lo llevó para mi casa en Marianao, al extremo oeste del pueblo. Yo no estaba, así que me dejaron una nota en “Spanglish” escrita sobre una bolsa de papel, pegada a la puerta y firmada por el autor de “A Night in Tunisia”. Cuando llegué, por supuesto que no entendía nada, hasta que un oficial del Ministerio del Interior se personó en casa y ordenándome agarrar mi instrumento y montarme en su automóvil militar, sin más explicaciones me llevó a toda carrera al hotel Habana Libre (antiguo Hilton), donde me esperaba la sorpresa de mi vida; un session con algunos de los músicos que yo más había admirado desde mi niñez. Entre ellos: Stan Getz, Earl “Fatha” Hines, Rudy Rutheford, Rodney Jones, David Amram, Jon Ore, Mickey Rocker, Joan Brackeen, Ron McClure, y por supuesto Dizzy Gillespie, quien durante unos minutos que estuvimos charlando en una de las mesas, lo primero que me pregunta es: “¿Tú conoces a James Moody?”, y sin darme tiempo a contestar agregó: “Es la persona más dulce que existe en el mundo… ¡Y chistoso también!”. Una sonrisa tierna y traviesa a la vez se dibujó en los labios del legendario trompetista al mencionar a su amigo y compañero de tantos años. Obviamente el autor de “Moody’s Mood for Love” tenía un significado muy especial para él, que había tenido a su lado los más emblemáticos saxofonistas de la historia del Jazz, desde Coleman Hawkins, Don Byas y Charlie Parker hasta Sonny Rollins, Jimmy Heath, Phil Woods, Sonny Stitt y John Coltrane.

Aquel encuentro en mi país de origen marcó el inicio de una larga y fructífera relación, y una de las cosas que más agradezco a Dizzy fue la oportunidad de conocer y trabajar extensivamente con James Moody, un músico de primera línea, cuya mejor virtud fue nunca pensarlo dos veces para preguntar qué estaba haciendo mal, para así mejorarlo y ser de utilidad para el conjunto. Su deseo de superación era en él una característica poco común en artistas admirados y de larga y exitosa carrera. Su preocupación por tocar afinado, ampliar sus conocimientos armónicos, leer correctamente y frasear parejo con los demás es poco frecuente en un ambiente plagado de “superestrellas”, cuyos egos parecen estar por encima de la palabra “team-work”, y muchos parecen desconocer el término “unísono”.

Moody tuvo también una suerte muy merecida al encontrar a Linda, una mujer extraordinaria que supo cuidarlo hasta el final, entenderlo y sobretodo ser una buena amiga de sus muchos amigos, que llegamos a quererla tanto como lo quisimos a él mismo. Ella queda entre nosotros como parte integral del valioso legado musical y humano que él nos deja.

Acerca de su fino sentido del humor, Moody hacía gala de él, sobre todo en los momentos más críticos. Una vez, recuerdo que en medio de una gira europea, habíamos tenido un disgusto con uno de los músicos, que era muy problemático. Aunque no hay que entrar en detalles, la cosa se puso muy fea y hubo que deshacerse del revoltoso, que salió de allí como perro que tumbó la olla. La mala vibra salió a flote y la tensión se podía cortar con una tijera. Entonces Moody rompió el silencio recitando tragicómicamente mientras señalaba en la dirección por donde el hombre había salido: “Óyeme bien lo que te voy a decir, pendejo: si tu teléfono NO suena, ¡soy yo! ¿Ok?”.

Dizzy tenía razón: James Moody era muy chistoso también; y estoy seguro que él agradecería ser recordado con una sonrisa en los labios, tal y como era él.

Paquito D’Rivera
New York, Navidad del 2010

***
(Foto: Geandy Pavón).

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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