En un lugar de Inglaterra de cuyo nombre no puedo acordarme, no hace mucho murió de muerte natural un pescado que tenía la buena o mala costumbre de regresar constantemente a su condición de pez. Creo que era una carpa, la más grande del país, cuyo tamaño le había otorgado un aura casi mitológica. Incontables pescadores (en realidad unos sesenta) la engancharon en su anzuelo. Se tomaban la foto de rigor, con el agua por las rodillas y el peje en brazos y luego lo devolvían a su hábitat.
Al morir el animal, fueron precisamente los pescadores los primeros en lamentarlo. Algunos principiantes se quejaron de que esta muerte les imposibilitaba atrapar a la carpa en el futuro. Otros maldijeron al destino por negarles la oportunidad de pescarla una vez más. Y absolutamente todos regresaron a sus vidas. El pez al hoyo y los vivos al pollo.
Por estos días, en la desolada isla de Cuba se ha puesto de moda un deporte infame, igual de entretenido para los que lo practican como hobby e igual de peligroso para la criatura que los entretiene. Me refiero a la “caza de Pánfilo”. Este pasatiempo es mucho más fácil que pescar a la carpa inglesa. Sólo hace falta una cámara de video, alguna bebida alcohólica y encontrar a quien se ha convertido en nuestro más popular borracho. También es imprescindible que a quienes lo filmen no les importe un ápice la suerte que el pobre hombre pueda correr una vez que el clip recorra los cuatro confines y provoque la risa de algunos y la ira del régimen cubano, demiurgo de Pánfilo, ese verdadero Hombre Nuevo.
Si en el caso de la carpa inglesa lo que generaba el atractivo era su descomunal tamaño, en el de Pánfilo es la suma de dos factores: la embriaguez y el pigmento oscuro de su piel. La raza, en este caso, hace que el espectáculo sea mucho más pintoresco.
Todos los “documentalistas” que han atrapado al beodo tienen en común que ninguno da la cara. Dejan que el negro diga y desdiga, graban su descarga conteniendo la risa mientras lo provocan a soltar la lengua, hacen las maletas, regresan a sus países de residencia, cuelgan el clip en Youtube y se desentienden de cuánto le pueden haber complicado la vida a quien repite en estado de ebriedad lo que ellos no se atreven a decir sobrios.
Escribo esta nota impulsado por el más reciente video de Pánfilo que acabo de ver y, obviamente, no me causó ninguna gracia. Por ello, desde una habitación cualquiera de un hotel cualquiera de una ciudad cualquiera, condeno ese nuevo entretenimiento macabro: la pesca de la carpa en la Gran Carpa.


