Prueba de vida: Fidel Castro escribe una décima a Alexis Romay

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Por medio de la presente,
quiero pedirte, bloguero,
que no sigas dando cuero
a mi imagen penitente.
Aunque mi cuerpo esté ausente,
no permiten que me extinga
mis tres camisas de guinga,
mis notas, en prosa y verso,
que explican el universo,
los yogas y la moringa.

Enero 13 de 2014
3 y 40 p. m.

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Haiku 108: Vista del amanecer sin el trópico

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Cae la nieve.
En Cuba me estaría
jamando un cable.

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¿Quién va a decirle al muerto que está muerto?

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¿Quién va a decirle al muerto que está muerto?
¿Quién va a arriesgarse a darle la primicia?
¿Quién se apunta a llevarle la noticia?
(Más fácil es nadar en el desierto).

¿Quién le dirá: «se te acabó el concierto»;
«estás como la industria alimenticia»;
«se esfuma tu presencia vitalicia»;
«el Más Allá anda en busca de un experto»?

Dicen que el muerto en vida (o muerto en muerte),
se resiste con fuerza a la evidencia:
su estado es un reflejo del Estado.

Un linaje terrible, un cuerpo inerte,
un pueblo que ha perdido la paciencia,
una estela de muertos: su legado.

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Cuba: el breve espacio en que ni eres ni estás

Alexis_Romay_Aldea La primera vez que me incluyeron en una antología de poesía fue en el verano de 1997. Por aquellos días, vivía en Cuba y el libro había sido publicado en España. Hasta ese momento, solo había aparecido en oscuras revistas literarias, leídas únicamente por los familiares más cercanos de los editores y tres o cuatro gatos. Este libro luego sería crucial en mis futuros planes de escaparme de la isla, pero entonces no podía imaginarme cómo. Sólo estaba loco de contento de ver mi nombre y mi poema entre las cubiertas de una bella edición en tapa rústica.

Cuando el libro llegó a mis manos en Cuba, vino convoyado de una nota que listaba los ocho poetas cubanos que habían sido incluidos en ese increíblemente internacional caleidoscopio del verso. Yo había contado nueve en el índice, pero no le presté mucha atención a la falta de destreza matemática del funcionario cultural que había escrito la carta con el error tipográfico.

Dos de los poetas incluidos en la antología trabajaban en instituciones culturales en sus respectivos pueblos. Eso explica por qué, para enero de 1998, habíamos coordinado una suerte de gira que nos llevaría al oriente del país a leer y dar conferencias en un festival de música y poesía. Nos pasearon por la ciudad como la reencarnación del mesías. La otrora tranquila ciudad de Guantánamo cobró vida con actividades culturales por espacio de una semana. Y ya que muchos de nosotros veníamos de La Habana, la capital, el hecho de andar por las calles de una de las poblaciones más empobrecidas de la isla nos daba cierto estatus de estrellas de rock. En cuestión de días, nuestros poemas fueron musicalizados. Nos llevaron a una estación de televisión local para leer poesía —repito, leer poesía— ante las cámaras. Me recuerdo parado, sin saber muy bien qué hacer, al lado de un trovador que había puesto música a mi poema, mientras yo murmuraba la letra que de algún modo, con sus acordes, ganaba y perdía significados. Hay un video de este programa. De todo corazón espero que nunca llegue a YouTube.

***

En 1999, me pude escapar de la isla, y comencé mi nueva vida. Me lancé a escribir ficción desde el minuto en que toqué suelo norteamericano. Luego de haberme liberado de la mordaza de la censura gubernamental y del efecto paralizador del miedo, escribí mi primera novela, Salidas de emergencia, con relativa facilidad, particularmente para alguien que nunca había experimentado el salto a las turbias aguas de la prosa.

En 2001, conocí a la novena poeta de la antología. Se había escapado a España justo antes de la publicación del libro. Ella y su esposo devinieron colegas, amigos, familia, mon semblable, mon frère.

Juntos desciframos el misterio de su omisión durante la gira poética que había constituido nuestros quince minutos de fama. No fue tan difícil dar con el código: ella se había ido. Se había escapado. Había traicionado al país. Según las instituciones culturales, ya ella no era cubana. La condición exiliada la había vuelto invisible.

Fue borrada de la vida pública. Su obra ya no sería patrimonio de la nación. La gran ironía de todo esto es que su poema era un cuestionamiento nostálgico de esa decisión. «¿Es que hice bien en salir de Cuba (…)?», se preguntaba en verso. Para el momento en que nos conocimos, ya sabíamos la respuesta.

***

Hace un año, me descubrí diciendo que soy originalmente de Cuba. ¿Cuándo inserté el adverbio en esa declaración? Yo solía ser de Cuba. Ahora provengo de esa isla. Una década y media de asimilación en los Estados Unidos ha convertido mi pasado en mi origen.

Hace casi 10 años, al comienzo de mi primer trabajo editorial en New York, conocí a Leslie. Tenemos muchas cosas en común, pero destaco nombre y lugar de nacimiento. Éramos y aún somos un combo peculiar: dos cubanos con nombres tradicionalmente percibidos como femeninos en este país. Nos hicimos amigos de inmediato. Él había nacido en Cuba, pero había crecido en Boston, adonde arribó con sus padres a la tierna edad de tres años.

Nuestra amistad era complementaria en muchos sentidos: habíamos vivido la Guerra Fría desde lados opuestos de la Cortina de Azúcar, así que podíamos comparar notas. El inglés era su lengua natal; el español, la mía. Por tanto, nos corregíamos mutuamente cuando destrozábamos nuestro segundo idioma. Leslie fue crucial en mi aprendizaje de muchas expresiones de la lengua vernácula norteamericana, mientras yo le pasaba frases que no encontrarían un lugar apropiado en medio de una cena familiar. También traducíamos contextos culturales, y descargábamos con la melodía estilo Hendrix de su guitarra combinada con mis sincopados ritmos afrocubanos. Era una asociación perfecta.

Una tarde, antes de salir del trabajo, el azar me puso a hablar con su supervisora. Yo tenía un acento difícil de identificar. (Cuando mis interlocutores adivinaban, el resultado era un variopinto inventario de patrias potenciales: Israel, Marruecos, Perú… La lista suma y sigue). Así que, su jefa tuvo que preguntar. Cuando respondí que era de mi malhadada isla caribeña, la mujer se puso eufórica.

Comenzó a hacerme las preguntas que los bienintencionados habitantes de la Costa del Este les hacen a los cimarrones cubanos. Algunas de esas preguntas, por cierto, no pueden desprenderse de un aroma colonialista, racista incluso. Lo mismo es aplicable a la frase: “quiero ir a Cuba antes de que Castro muera”. Pero ese es otro tema. (Quedan invitados a leer mis libros, o mi blog, si quieren que me expanda).

Antes de que nuestra conversación se tirara en picado hacia la política, le mencioné que si estaba tan interesada en mi isla natal siempre que quisiera podría hablar con mi amigo, quien, de hecho, trabajaba con ella. Él se había mantenido silente durante el intercambio, parado justo al lado de nosotros. Yo quería enmendar la exclusión.

Lo miró de arriba abajo. Él había crecido cerca de Fenway Park. Era probablemente fanático de los Red Sox. Era blanco. No tenía en su frente un anuncio neón que lo identificaba como El Otro.

—Bueno —dijo—. Él no es un cubano de verdad.

Esto fue seguido de un incómodo viaje en elevador y una conclusión inmediata: según nuestra colega, mi amigo no existía. No era lo suficientemente cubano. Era invisible pues le faltaba esa condición cubana.

Durante las últimas cinco décadas y media, la condición cubana ha sido una prerrogativa de la familia Castro. Este linaje dinástico ha decidido quién es y quién no es cubano. Te vas de la isla: estás fuera del juego. Eres disidente: ya no puedes ser patriota. Esto es sal en la herida. Al dolor de tener a un tirano que decida por ti tu origen, tienes que añadirle el insulto de tener que escuchar de un extranjero que no eres suficientemente cubano. O que no eres cubano en absoluto.

Pero ni Castro y sus sensores ni las legiones de condescendientes y sus ideas románticas de mi tierra natal pueden definir quién soy. Soy cubano. Y cimarrón. Y apruebo este mensaje.

***

Alexis Romay
Nueva Jersey

PD: Este texto fue publicado originalmente en inglés en NBC.

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A propósito de Mariela Castro (y el día de los inocentes)

Mariela_Castro_2010_Hamburg A propósito de la inocentada de ayer, aquí les dejo los posts publicados en este blog en el día de los inocentes.

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

En 2011: las declaraciones de Silvio Rodríguez a raíz de un concierto en Quito en el que rompía con el régimen cubano.

En 2012: un “app” creado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) para facilitar a los represores y chivatos cubanos la delación y otras infamias.

En 2013: el lanzamiento al mercado de Comecandela, la cerveza de los revolucionarios.

En 2014: la “decisión” de Mariela Castro de cambiar su orientación sexual, a tono con los cambios que no acaban de llegar.

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Mariela Castro anuncia el cambio

Agencias | La Habana | 28 Dic 2014 – 12:01 am. |

Mariela_Castro_2010_Hamburg Luego de varios años en los que ha sido objeto de innumerables críticas producto de presidir el Centro Nacional de Educación Sexual, una institución que representa los intereses de la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales), una minoría de la cual no forma parte, Mariela Castro ha anunciado públicamente su resolución de año nuevo: ha decidido que a partir de 2015 será lesbiana, y que no descarta la posibilidad de cambiar de sexo en el futuro. (En ese caso, como se trata de una revolucionaria, la operación y la terapia de reemplazo hormonal serían gratis, recuerda la titular del CENESEX).

Esta “decisión” de cambiar su sexualidad no deja de ser problemática, pues sirve en bandeja de plata el argumento de que la orientación sexual es una elección. A lo que Castro (Mariela, se entiende) responde: “Como resulta obvio, esto no es más que otra campaña mediática del imperialismo y de la mafia cubano americana de Miami. Primero criticaban a mi tío por la falta de opciones. Cinco décadas más tarde, siguen criticando a mi padre con la misma cantaleta. Después de todo ese tiempo rasgándose las vestiduras, vienen a criticarme a mí por nepotismo. Mire usted, ¡nepotismo en Cuba! Y, para colmo, ahora que he tomado esta decisión tan importante, cansada de representar a una comunidad que no me siente suya, me critican precisamente por elegir. Que pongan el huevo. La capacidad de elegir es buena o no, ¿en qué quedamos? Cómo es eso de que critican a mi padre porque no hay elecciones en Cuba y cuando yo elijo mi sexualidad me critican a mí”.

Mariela Castro hizo estas declaraciones en entrevista radial con los editores de Ocean Sur, editorial que publicará en 2015 su libro de memorias La revolución (y la diversidad sexual) en Cuba. En la contraportada de este volumen de 480 páginas que recoge desde sus primeros recuerdos de infancia —que alternan entre sus juegos de muñecas con las sirvientas de la casa hasta los sustos que su hermano, Alejandro Castro Espín, daba a las visitas amenazando con fusilarlas desde la tierna edad de 5 años— hasta su reciente decisión de “jugar para el otro bando”, Castro declara que “sueña con el día en que la diversidad sexual deje de ser una nota parentética en las cubiertas de libros escritos para lavar la cara de regímenes represivos”.

Gracias al deshielo en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, la gira promocional del libro comenzará en la Biblioteca Pública de Nueva York y será financiada con el excedente de los fondos del contribuyente norteamericano destinados al embarazo de la esposa del espía cubano Gerardo Hernández.

La revolución… saldrá a la venta, en edición bilingüe, el 1 de abril de 2015.

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Cuba, la esperanza y el cambio

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El presidente Obama, un hombre que promueve activamente la audacia de la esperanza y que basó sus campañas presidenciales en la idea del cambio, ha combinado los dos conceptos en su acercamiento a Cuba: tiene la esperanza de que Castro cambie. Sin embargo, esa opción no es ni remotamente posible. En 2003, los hermanos Castro añadieron una cláusula a la Constitución que establece que el carácter socialista de la revolución cubana es irrevocable.

Quienes pensaron que la Guerra Fría terminó y es tiempo de dar un paso adelante, ahí está Raúl Castro para recordarles que no deben olvidar.

Castro y Obama habían acordado anunciar la noticia del nuevo amanecer para las relaciones de Cuba y Estados Unidos simultáneamente, al mediodía del 17 de diciembre, fecha particularmente significativa en el folclor cubano pues celebra a San Lázaro, el santo patrón de los necesitados, el que le da esperanza a la gente.

Obama dio su conferencia de prensa de pie, en una habitación iluminada. Se veía a un hombre joven, durante su segundo mandato presidencial, hablar con naturalidad. Castro, una reliquia de la era Eisenhower, estaba sentado en una cápsula de tiempo de caoba pobremente iluminada. Leyó sus declaraciones de una serie de cuartillas impresas, con el tono impostado de quien da un discurso grandilocuente, el único tono con el que siempre se ha dirigido al pueblo de Cuba.

Obama, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, compareció vestido de civil. Castro hizo acto de presencia infundado en su uniforme militar, con la retahíla de medallas que se ha otorgado a sí mismo durante décadas (ha sido la máxima figura del ejército cubano desde que él y su hermano tomaran el poder en 1959). Esa opción en la vestimenta fue cuidadosamente considerada.

Raul Castro apareció entre dos fotos en blanco y negro. En una, posa con un compañero de lucha que murió peleando contra el dictador anterior (no Fidel, el que estaba antes). En la otra foto figura con su difunta cónyuge, la mujer más poderosa del último medio siglo en la isla. Por más que el presidente de los Estados Unidos quiera pasar la página, Raúl Castro es un hombre que vive en el pasado.

Pero en caso de que la estética retro no fuera suficiente, Raúl Castro abrió la boca. Estas fueron sus primeras palabras: “Compatriotas, desde mi elección como presidente…”. Ese es el momento exacto en el que la audiencia educada debe comprender que esto es una gran farsa: Raúl Castro nunca ha sido elegido.

El acuerdo de abrir una embajada estadounidense en La Habana fue precedido del mambo del trueque en el que un espía del gobierno norteamericano que cumplía sentencia en Cuba fue canjeado por tres espías cubanos presos en Estados Unidos. (Según se puede ver en el selfie en el que Raúl Castro muestra su recién recibido botín de guerra, los espías cubanos estuvieron bien alimentados durante su cautiverio). Alan Gross, el subcontratista de USAID que perdió más de 100 libras de peso y gran parte de su dentadura en prisión, fue liberado por “cuestiones humanitarias” luego de 5 años de encarcelamiento injusto por entregar computadoras portátiles y teléfonos móviles a la comunidad judía en Cuba.

Además, Obama anunció que quiere reconsiderar la pertenencia de Cuba a la lista de países que patrocinan el terrorismo. Aun así, el mismo día de este intercambio, el largo tentáculo de la represión norcoreana penetró la conciencia colectiva de Estados Unidos al advertirle a Sony Pictures (y su audiencia global) que si la compañía saca la película “The Interview” habrá repercusiones terroristas. Nada ha cambiado desde que en julio de 2013 el barco norcoreano Chong Chong Gang fuera interceptado en aguas panameñas con 240 toneladas de cargamento bélico escondidas bajo sacos de azúcar. El barco y las armas procedían de Cuba, del mismo régimen que puso al mundo al borde de una guerra nuclear a principios de los 60, el mismo régimen al que esta nueva movida intenta apaciguar.

En su discurso inaugural del 20 de enero de 2009, Obama aludió a la dinastía Castro: “Quienes se aferran al poder a través de la corrupción, el engaño y el silenciamiento de la oposición, sepan que están en el lado equivocado de la historia, pero que les extenderemos la mano si están dispuestos a abrir el puño”. Pero el puño castrista sigue tan apretado como siempre.

En la mañana del 20 de diciembre de 2014, la noticia de que un guardacostas cubano había hundido una embarcación que llevaba mujeres y niños comenzó a circular en la prensa en inglés. Hasta el momento, se ha reportado un desaparecido. Esperemos más desplantes al gobierno norteamericano (y al pueblo de Cuba) de la misma fuente.

Hay una parábola que ilustra la malhadada relación entre Obama y Castro. Un hombre ve un escorpión ahogándose en un charco. Considera el resultado de sus acciones, pero decide que está en su naturaleza proteger al animal, así que mete la mano en el agua y lo saca. La naturaleza del alacrán es clavar el aguijón. El hombre reacciona al veneno abriendo la mano, lo que hace que el escorpión caiga al agua. Con las extremidades comenzando a inflamarse y a punto de alucinar, el hombre ve un escorpión ahogándose en un charco. Y siente la imperiosa necesidad de salvar a la criatura.

***
Alexis Romay
New Jersey

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