Haiku 76: Exilio cubano

A Arsenio Rodríguez Quintana, que me dio el pie de amigo

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Isla que viaja
en busca de sí misma
a todas partes.

***
[Ilustración: Garrincha].

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Réquiem por Nueva York

Estuve al menos media hora en uno de los vagones del metro N, en mi trayecto rumbo al sur de Manhattan, varado en algún punto impreciso entre las estaciones de la calle ocho y la calle 14. En aquel entonces no tenía teléfono móvil. (A decir verdad, no creía en los teléfonos móviles: me irritaba sobremanera la gente que andaba arriba y abajo en cuchicheo perenne con Dios sabe quién al otro lado de la línea). Horas después, aclaradas las dudas, comprendería que de poco me habría valido una conexión celular. Casi todos los circuitos telefónicos en ese momento estaban incapacitados.

Al principio no nos dijeron nada. Por suerte o por desgracia, mis años en Cuba me habían familiarizado con la vaguedad como método de información, así que intenté ignorar aquel desconocimiento que nos mantenía, en su forma más literal, bajo tierra: las autoridades ferroviarias habían optado por preservar la calma en el submundo. Ya al cabo de cinco minutos, cuando la parada irregular se había extendido mucho más de lo acostumbrado, empezaron a anunciar por el sistema de altoparlantes que debido a una congestión al sur de Manhattan estaban demorando —y hasta desviando— los trenes que iban al área de Wall Street.

¿De qué tipo de congestión hablaban? Se referían al hecho como algo que ocurría “above ground”. La manera en que decían “above ground” me pareció un poco melodramática: más apropiada para una película taquillera del Hollywood más comercial. «Estos americanos», pensé. Por otra parte, ¿cómo era posible que un disturbio sobre tierra pudiera afectar a quienes viajábamos —ajenos a todo— en sus entrañas? La claustrofobia empezó a generar preguntas que, por el momento, iban a caer en saco roto. Sin otra alternativa, regresé a la lectura de turno, que era, con toda probabilidad, algún escritor del Boom latinoamericano, a quienes tuve que (re)leer para (mi desdicha y) la maestría en esta olvidada lengua que cursaba por aquel entonces.

Pasado un tiempo incalculable, le dieron luz verde al tren. Recuperó el ritmo y en par de minutos se puso en la estación de la mentada calle ocho. Bajaron varios pasajeros, pero —esto debió haberme sorprendido— el flujo fue unidireccional: no subió nadie a repoblar mi vagón. No presté atención al detalle. ¿Qué se podía esperar de un martes común y corriente?

El tren siguió su curso como si nada hubiese pasado; como si la media hora que nos retuvo en ese limbo subterráneo perteneciera a otra vida, a otro tiempo. Casi automáticamente empecé a ensayar la excusa que le daría a mi jefa para amortiguar la tardanza. ¿Me creería? ¿Media hora atascado en tierra de nadie? A otro perro con ese hueso. La próxima parada era la mía. Me quedaba en Prince, esquina a Broadway. Mi trabajo por aquellos días estaba a unos pasos de la boca del metro: en la calle de los teatros, entre Prince y Spring. Por lo general, salía como un sonámbulo del tren, inmerso en las páginas de algún libro —cualquier libro—, con pleno conocimiento de la distancia entre cada peldaño de la escalera del Subway, dueño de cada olor que emanaba del superpoblado Downtown neoyorquino, experto en evitar a todo tipo de transeúntes sin despegar la vista de las páginas que me ocupaban.

Esa mañana, a la salida del metro, tropecé con un escalón a desnivel —esta imagen la insertaría en mi novela—; levanté la vista y di con una multitud corriendo rumbo norte por Broadway. Eran poco más de las nueve de la mañana. No supe qué pensar ante el panorama. Así que regresé al libro. Pero la lectura duró un segundo, quizá menos: esta vez fue el olfato y no el tumulto lo que me devolvió a la realidad: nos rodeaba un olor intenso, como a ¿pelo quemado? Luego vi una columna de humo que subía desde algún punto que no pude determinar, a unas veinte cuadras de la esquina a la que me habían llevado el metro y mis desorientados pasos.

Lo primero que me vino a la mente —en ese instante me pareció lógico y ridículo a la vez— fue que estaban filmando alguna película de ciencia ficción. Parecía una escena sacada de Godzila: un pánico generalizado que se mezclaba con mi desconcierto: ¿de qué huía la gente en desbandada? ¿Y por qué había otros que iban en dirección contraria, rumbo al humo y la debacle, aferrados a sus teléfonos, marcando números que ya habían recibido su última llamada? Dale con Hollywood y su empeño en hacer que las cosas parecieran reales. Por lo menos podían haber avisado, que uno sale del tren y no tiene ni idea… Pero no vi cámaras por ninguna parte. «¿Qué pasa?», pregunté al azar. «Nos atacan», me gritó uno sin detenerse.

Eché a correr al norte del infierno. (Coincidencia irónica: unos meses más tarde, traduciría una excelente novela que lleva ese título). No me detuve hasta el entronque de la calle 14 y la sexta avenida. Hasta ese momento no sabía de qué me alejaba; corría por inercia, como si fuera un extra de esa película que aún no lograba comprender; tampoco, hasta entonces, habría imaginado que podía correr tanto. En la esquina de la 14 y la sexta, la gente se estaba congregando para ver el fin de una era. Ya se había desplomado la primera torre. Alguien mencionó que la segunda caería en breve. Aparté la vista. (Hay imágenes que prefiero evitar). Escuché un suspiro general. Un grito aquí, una maldición allá y una conmoción en la atmósfera me confirmaron lo que ya temía: la segunda torre se estaba desmoronando.

Caminé al oeste por la calle 14 hasta llegar a Lectorum, la librería que me había recibido en mil y una ocasiones felices desde mi llegada a Manhattan; me recibieron con caras largas; pedí el teléfono; llamé a casa y hablé con la amiga que había vivido intensamente mi fuga de Cuba, dos años de noviazgo conmigo y que en unos meses se convertiría en mi esposa. Le dije que, salvo causa mayor, no se moviera de ahí. Que iba a su encuentro. Deambulé hasta la calle 50 y la undécima avenida: por esa zona la gente había formado un cordón en la acera y saludaba —¿despedía?— con carteles de apoyo, lágrimas, comida, botellas de agua y cuanto artículo pudiera ser útil a los bomberos, policías y voluntarios que se aventuraban a la Zona Cero.

Seguí andando. Llegué a casa poco antes del mediodía. Aún a esa altura de Manhattan no era difícil oler la muerte. Los helicópteros sobrevolaban la isla, las sirenas aullaban ininterrumpidamente, los teléfonos (que aún servían) no paraban de sonar. Mi novia me recibió con una tristeza desconocida. No puedo precisar cuándo empecé a llorar ni dónde culminó el llanto. El resto del día fue un letargo intranquilo. Empezamos a hacer planes emergentes: a quién llamaríamos en caso de urgencia si no nos podíamos comunicar entre nosotros; dónde nos reencontraríamos si la vida nos lanzaba otra vez ante un escenario (casi) post-apocalíptico… La incomunicación había sido siniestra. La angustia de aquellas horas en que no supimos el uno de la otra fue una de las sensaciones más intensas que había experimentado hasta la fecha. (¿Debo recordar que provengo de Cuba, la tierra de las sensaciones más intensas?).

Esa tarde murieron mi inocencia —gigantesca, no olvidemos que crecí en La Habana— y mi incredulidad y disgusto ante la telefonía celular, y me nació un escepticismo que a ratos me sirve de brújula. El 12 de septiembre de 2001 compré mi primer teléfono móvil. El aparato es lo que en mis años en Cuba era el carné de identidad: una suerte de salvoconducto. Lo llevo a todas partes.

Reza el lugar común que a los amigos se les reconoce en los malos tiempos. La fatalidad tiene ese don de sacar a flote —en alguna gente— los buenos instintos. Hasta el 11 de Septiembre de 2001, la Gran Manzana —con sus aires de capital del mundo, su ritmo acelerado, sus clubes de jazz, su diversidad variopinta, sus barrios segregados, sus tragos cosmopolitas, su rivalidad entre los lados este y oeste, su West Side Story y su Metropolitan, sus viñetas de Woody Allen, su ruido infernal, sus taxistas descabellados, su coexistencia pacífica entre Chelsea y Hell’s Kitchen, su Central Park con la estatua ecuestre de José Martí, sus cubanos de todos los credos y todas las latitudes— no me era indiferente, pero tampoco me era particularmente entrañable: era una ciudad más, desde donde vivía mi destierro con el mayor decoro posible.

Esa tarde —quizá sin proponérmelo—, dejé de ser habanero de un golpe.

Desde entonces, no importa donde viva, sé que soy natural de Nueva York.

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Alexis Romay
11 de Septiembre de 2008

Publicado en el número 21 de la revista Replicante.

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Irse del país

tautologia

Hace un par de días, el poeta Arsenio Rodríguez Quintana publicaba desde su exilio barcelonés un poema —que tuvo la gentileza de dedicarme— sobre ese deporte nacional cubano que es el arte de las fugas. Como la pelota está en mi cancha, la devuelvo con un fragmento de la entrada del diario de una de las protagonistas de La apertura cubana, mi más reciente novela.

No doy el contexto. Ni creo que haga falta.

Irse del país. Faltaría más. Yo he querido desaparecer tantas veces del mapa. Pero irme del país. Dejarlo todo: la ciudad —atestada de esos contrarios dialécticos: los policías y los atracos nocturnos, pero que, a pesar de sus contradicciones puede ser entrañable—, la familia —gritona, insufrible, melodramática, pero familia al fin—, los amigos —esos entes volátiles, animales saciados de idas y regresos—, abandonar este exceso de confianza que emana —como la suspicacia— de todas partes, partir de este temor daltónico a comprar carne roja en bolsa negra y el subsiguiente placer al consumirla, huir de estos atardeceres rayanos en lo cursi que nos regala el malecón, fugarme de las olas que rompen en su dique, del salitre que me curte la piel, del sol que me la quema, de la música que se apodera de cada esquina, escaparme de esta obsesión nacional con desbancar a Capablanca de su trono de escaques, de las madrugadas de insomnio y parranda con el cielo de testigo… Son estas y no otras cosas las que conforman mi noción de patria, querido. Quien te diga lo contrario te estará mintiendo descaradamente. Quien te hable del amor a la patria, estará hablando del amor a cierta gente, al aroma indescriptible de una casa, al sabor de una fruta. El resto, inestimable artefacto, es artificio.

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[Foto e imagen de portada: Geandy Pavón].

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Jorge I. Domínguez López comenta La apertura cubana

Diario de Cuba ha publicado una generosa reseña de Jorge Ignacio Domínguez López sobre mi más reciente novela: La apertura cubana. Para continuar la lectura del texto, he aquí el enlace.

tautologiaEl 22 de octubre de 1862 se jugó en La Habana la partida de ajedrez más singular que se haya librado en la Isla. De un lado del tablero, con los ojos vendados y las piezas blancas, estaba el genio ajedrecístico más grande del siglo XIX, el norteamericano Paul Morphy. Del otro lado estaba un joven esclavo negro, el cubano José María Sicre, con las piezas negras.

Paul Morphy era el jugador más famoso del mundo. Sureño de New Orleans, tras servir brevemente en los ejércitos de la Confederación, había burlado el bloqueo para huir del caos de su patria rumbo a Cuba. No lo sabía aún, pero su largo viaje terminaría en el caos de la locura.

José María Sicre, sin libros ni maestros, había aprendido los secretos del ajedrez observando jugar a su amo, el campeón cubano Félix Sicre. Morphy ganó la partida, como ganó todas durante aquella visita habanera, pero Sicre sería recordado por la excelente defensa francesa que ensayó aquella noche ante el sureño afrancesado.

Morphy, me imagino, jugaría aquella partida defendiendo un pasado que ahora probaba ser efímero: el Sur esclavista y su reinado del ajedrez estaban en el ocaso. José María la habrá jugado soñando con una gloria de alfiles y peones que le deparara un futuro distinto al prefijado por su mundo.

La partida de Morphy y Sicre puede ser vista como una metáfora del amor por ajedrez, los meandros de la injusticia, la ceguera voluntaria, la violencia que divide a un país, el exilio, la larga y complicada relación entre Cuba y los Estados Unidos, el deseo de reinvención personal, la eterna posibilidad de hallar un terreno común…

En esos poderes evocadores del ajedrez pensaba mientras leía La apertura cubana, la novela de Alexis Romay. Su Apertura es también una partida de ajedrez a ciegas. Y es una reflexión dolorosa y aguda —valga la “redundancia”— sobre la historia reciente de Cuba, sobre el precio que ciertas fronteras imponen, y sobre el precio cierto que se paga al imponer fronteras.

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[Continúa la lectura aquí].

[Foto e imagen de portada: Geandy Pavón].

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Haiku 75: Algunas variaciones sobre el déficit de jugo (de Descemer Bueno)

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Los haikus que siguen fueron inspirados por estas declaraciones de Descemer Bueno, ese lector de Dostoievski.

Ah, que tú escapes
por siempre a La Florida,
Jugo de Mango.

Por el embargo
en Cuba no tenemos
ni guachipupa.

Yo quiero un jugo
que me ayude a olvidar
que tengo miedo.

No se permiten
los jugos de palabras
contra el Estado.

***
Coda:

Pienso en Descemer Bueno y me da por parafrasear a Martí:

Yo quiero cuando me muera
sin patria, pero sin yugo,
tener en mi losa un jugo
de frutas y una bandera.

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De contra:
Para cantar con la melodía de “Bailando”, de Descemer Bueno:

Callando.
Callando.
Culpando al embargo
de todos los males
y a Castro alabando.

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[Ilustración: Garrincha].

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La apertura cubana en Queens

La apertura cubana GP

El próximo viernes (29 de agosto), a las 6:00 pm, presentaré mi novela La apertura cubana en la librería Barco de Papel, en Queens (4003 80th St. Elmhurst, NY 11373).

Jorge I. Domínguez estará a cargo de las palabras de apertura.

Si tienen una apertura en el calendario, pasen por allá. La librería y este escriba los esperan con las puertas abiertas.

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[Foto e imagen de portada: Geandy Pavón].

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Exhortación al viajero a #Miami

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A Tersites Domilo, que inspiró estas líneas con una foto

Ya que vas por esas calles
de una ciudad tan coqueta,
¡te comes una croqueta
cuando llegues al Versailles!
Cómetela. No me falles.
Encarga una panetela,
evita la bagatela
y, si se te sube el loco,
pide también flan de coco.
¡Y léete mi novela!

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[Foto: Emilio, en Flickr].

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