Haiku 109: Variaciones sobre un tema invernal

IMG_1418.JPG

Lluvia en el techo
de lata de mi infancia:
hoy eres nieve.

¿Qué es el mal tiempo:
la indómita ventisca
o la nostalgia?

Cae la nieve
y un piano desafina
en la distancia.

Nieva sin pausa.
Es marzo, y yo esperando
la primavera.

Con la tormenta,
algún sendero ignoto
se ha revelado.

Danzan los pinos
al ritmo de la nieve
desaforada.

Nieva y añoro
el bullicio incesante
de La Florida.

La nieve irrita.
Peor es el castrismo
y sus desmanes.

Publicado en Cuba, Exilio, Haicubano | Deja un comentario

La apertura cubana en el Nuevo Herald

La apertura cubana (maqueta)Entiéndase que cuando hablo de “la apertura cubana”, me refiero, obviamente, a la única visible: mi novela. (Sobre la farsa del deshielo, ya he comentado antes). Pero a lo que iba: el escritor y dibujante argentino Hernán Vera Álvarez ha reseñado mi libro para la página de Artes y Letras de el Nuevo Herald.

Aquí publico —no necesariamente en ese orden— la reseña y mi gratitud a Vera Álvarez.

Alexis Romay: la voz cubana
HERNÁN VERA ALVAREZ * ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

James Joyce lo hizo con Dublín, Jorge Luis Borges con Buenos Aires, y Guillermo Cabrera Infante con La Habana: construir una ciudad dorada desde la distancia que da la adultez. En Tres tristes tigres la metrópoli cubana es un territorio mítico, puerto cosmopolita, entrada y salida de aventureros, artistas, criminales. Hay un contrabando de ideas que se celebra. La apertura cubana, de Alexis Romay, también edifica un vínculo muy íntimo con su ciudad.

La novela comienza de una manera vertiginosa, en sintonía con la claridad de su prosa: un avión de línea es secuestrado y desviado hacia la Isla. Es el año 1996. Las autoridades someten a interrogatorio a una mujer —padre cubano, madre norteamericana—. La transcripción de esa confesión escurridiza –a la mujer se le antoja decir lo que quiere– se mezcla con las entradas de un diario de una muchacha habanera de nombre La Camilita durante la década de los ’80.

Aunque La apertura cubana sea literatura, en el modo que es un obra escrita para sostenerse en el papel, es una novela oral. “Esto no es nada comparado con lo que vas a escuchar”, uno de los epígrafes del trabajo, tomado de Las mil y una noches, señala las coordenadas de lectura. Así, en un momento de las letras que se tiende a escribir en un español estándar, la lengua popular es un recurso que utiliza el autor para mover cómodamente los destinos de los personajes.

Y aquí un detalle para nada menor: Romay tiene una sensibilidad para captar la voz de las mujeres, pero también lo que se esconde detrás de ella: la sutileza de la psique femenina. Tamaña empresa, sin duda, la de Alexis, ya que tantos autores han resbalado en esa intención provocando una serie de lugares comunes irresistibles. Hay ejemplos distintos, sin embargo, como los de Manuel Puig, Tomás Eloy Martínez o Antonio Orlando Rodríguez.

“¿Quieres que te haga el cuento de la buena pipa? Me alegra que no lo quieras escuchar, porque te tengo uno mejor y más macabro y que comienza así: la primera (y espero que la última) vez que esta que viste y calza durmió entre rejas, en una estación de policía, fue el sábado de la semana pasada. Eso de dormir es una artimaña narrativa, Esporádico. No pude pegar un ojo en toda la noche”, escribe La Camilita en una entrada del 1 de febrero de 1987.

Si La apertura cubana es ante todo una novela de la lengua, esa seña particular se hace evidente al contraponer las voces de las protagonistas. En la declaración de la mujer secuestrada, escuchamos: “Sí, mi madre participó como voluntaria de las brigadas Venceremos, y trabajó en un par de provincias e igual número de campamentos, pero a mí no me incrimine con sus creencias ideológicas —debería decir religiosas, que la ideología es una religión, como otra cualquiera— que yo no tengo nada que ver con eso: recuerde que su aventura cubana ocurrió en 1969, cuando yo todavía no había nacido”.

Los dos discursos, a la vez, gravitan en lo íntimo y en lo general en la realidad del régimen cubano: la represión, las fiestas salvajes, las charlas a la medianoche, el rock argentino, el ajedrez, el vino, humo de rebeldía. Más allá de las palabras —y en ellas— el lector se preguntará cómo esas dos vidas aparentemente distantes, finalmente, pueden unirse. Bajo la escritura de Alexis Romay el enigma seduce, como Scheherazade al lector.

@HVeraAlvarez

Publicado en Cuba, Han dicho, La apertura cubana | Etiquetado , | 1 comentario

El reencuentro

IMG_1386.JPG

a A. E.

Me fuiste a despedir al aeropuerto.
«Sospecho que te fugas», me dijiste.
Para variar, hicimos aquel chiste
repetido al final de algún concierto.

Pasó el tiempo y pasó por el mar muerto.
(El Caribe fue un cementerio triste).
Dijiste que vendrías, y viniste
(con pasaje de vuelta a aquel desierto).

Hoy vengo a recibirte en tierra extraña
(extraña para ti, pero ya mía):
mis laberintos son tus laberintos.

Hablamos del olvido, esa patraña.
Olvidamos hablar de ideología.
Somos los mismos. Somos tan distintos.

***
[Ilustración: Garrincha].

Publicado en Apologías e insultos, Cuba, Exilio, Insilio, Viajes | Deja un comentario

Prueba de vida: Fidel Castro escribe una décima a Alexis Romay

IMG_1345.JPG

Por medio de la presente,
quiero pedirte, bloguero,
que no sigas dando cuero
a mi imagen penitente.
Aunque mi cuerpo esté ausente,
no permiten que me extinga
mis tres camisas de guinga,
mis notas, en prosa y verso,
que explican el universo,
los yogas y la moringa.

Enero 13 de 2014
3 y 40 p. m.

Publicado en Cuba, El Innombrable, La muerte de Narciso, Una décima (a)parte | Etiquetado | 2 comentarios

Haiku 108: Vista del amanecer sin el trópico

IMG_1308.JPG
Cae la nieve.
En Cuba me estaría
jamando un cable.

Publicado en Cuba, Exilio, Haicubano, Insilio | 3 comentarios

¿Quién va a decirle al muerto que está muerto?

IMG_1302.JPG

¿Quién va a decirle al muerto que está muerto?
¿Quién va a arriesgarse a darle la primicia?
¿Quién se apunta a llevarle la noticia?
(Más fácil es nadar en el desierto).

¿Quién le dirá: «se te acabó el concierto»;
«estás como la industria alimenticia»;
«se esfuma tu presencia vitalicia»;
«el Más Allá anda en busca de un experto»?

Dicen que el muerto en vida (o muerto en muerte),
se resiste con fuerza a la evidencia:
su estado es un reflejo del Estado.

Un linaje terrible, un cuerpo inerte,
un pueblo que ha perdido la paciencia,
una estela de muertos: su legado.

Publicado en Apologías e insultos, Cuba, El Innombrable, La muerte de Narciso | Etiquetado | Deja un comentario

Cuba: el breve espacio en que ni eres ni estás

Alexis_Romay_Aldea La primera vez que me incluyeron en una antología de poesía fue en el verano de 1997. Por aquellos días, vivía en Cuba y el libro había sido publicado en España. Hasta ese momento, solo había aparecido en oscuras revistas literarias, leídas únicamente por los familiares más cercanos de los editores y tres o cuatro gatos. Este libro luego sería crucial en mis futuros planes de escaparme de la isla, pero entonces no podía imaginarme cómo. Sólo estaba loco de contento de ver mi nombre y mi poema entre las cubiertas de una bella edición en tapa rústica.

Cuando el libro llegó a mis manos en Cuba, vino convoyado de una nota que listaba los ocho poetas cubanos que habían sido incluidos en ese increíblemente internacional caleidoscopio del verso. Yo había contado nueve en el índice, pero no le presté mucha atención a la falta de destreza matemática del funcionario cultural que había escrito la carta con el error tipográfico.

Dos de los poetas incluidos en la antología trabajaban en instituciones culturales en sus respectivos pueblos. Eso explica por qué, para enero de 1998, habíamos coordinado una suerte de gira que nos llevaría al oriente del país a leer y dar conferencias en un festival de música y poesía. Nos pasearon por la ciudad como la reencarnación del mesías. La otrora tranquila ciudad de Guantánamo cobró vida con actividades culturales por espacio de una semana. Y ya que muchos de nosotros veníamos de La Habana, la capital, el hecho de andar por las calles de una de las poblaciones más empobrecidas de la isla nos daba cierto estatus de estrellas de rock. En cuestión de días, nuestros poemas fueron musicalizados. Nos llevaron a una estación de televisión local para leer poesía —repito, leer poesía— ante las cámaras. Me recuerdo parado, sin saber muy bien qué hacer, al lado de un trovador que había puesto música a mi poema, mientras yo murmuraba la letra que de algún modo, con sus acordes, ganaba y perdía significados. Hay un video de este programa. De todo corazón espero que nunca llegue a YouTube.

***

En 1999, me pude escapar de la isla, y comencé mi nueva vida. Me lancé a escribir ficción desde el minuto en que toqué suelo norteamericano. Luego de haberme liberado de la mordaza de la censura gubernamental y del efecto paralizador del miedo, escribí mi primera novela, Salidas de emergencia, con relativa facilidad, particularmente para alguien que nunca había experimentado el salto a las turbias aguas de la prosa.

En 2001, conocí a la novena poeta de la antología. Se había escapado a España justo antes de la publicación del libro. Ella y su esposo devinieron colegas, amigos, familia, mon semblable, mon frère.

Juntos desciframos el misterio de su omisión durante la gira poética que había constituido nuestros quince minutos de fama. No fue tan difícil dar con el código: ella se había ido. Se había escapado. Había traicionado al país. Según las instituciones culturales, ya ella no era cubana. La condición exiliada la había vuelto invisible.

Fue borrada de la vida pública. Su obra ya no sería patrimonio de la nación. La gran ironía de todo esto es que su poema era un cuestionamiento nostálgico de esa decisión. «¿Es que hice bien en salir de Cuba (…)?», se preguntaba en verso. Para el momento en que nos conocimos, ya sabíamos la respuesta.

***

Hace un año, me descubrí diciendo que soy originalmente de Cuba. ¿Cuándo inserté el adverbio en esa declaración? Yo solía ser de Cuba. Ahora provengo de esa isla. Una década y media de asimilación en los Estados Unidos ha convertido mi pasado en mi origen.

Hace casi 10 años, al comienzo de mi primer trabajo editorial en New York, conocí a Leslie. Tenemos muchas cosas en común, pero destaco nombre y lugar de nacimiento. Éramos y aún somos un combo peculiar: dos cubanos con nombres tradicionalmente percibidos como femeninos en este país. Nos hicimos amigos de inmediato. Él había nacido en Cuba, pero había crecido en Boston, adonde arribó con sus padres a la tierna edad de tres años.

Nuestra amistad era complementaria en muchos sentidos: habíamos vivido la Guerra Fría desde lados opuestos de la Cortina de Azúcar, así que podíamos comparar notas. El inglés era su lengua natal; el español, la mía. Por tanto, nos corregíamos mutuamente cuando destrozábamos nuestro segundo idioma. Leslie fue crucial en mi aprendizaje de muchas expresiones de la lengua vernácula norteamericana, mientras yo le pasaba frases que no encontrarían un lugar apropiado en medio de una cena familiar. También traducíamos contextos culturales, y descargábamos con la melodía estilo Hendrix de su guitarra combinada con mis sincopados ritmos afrocubanos. Era una asociación perfecta.

Una tarde, antes de salir del trabajo, el azar me puso a hablar con su supervisora. Yo tenía un acento difícil de identificar. (Cuando mis interlocutores adivinaban, el resultado era un variopinto inventario de patrias potenciales: Israel, Marruecos, Perú… La lista suma y sigue). Así que, su jefa tuvo que preguntar. Cuando respondí que era de mi malhadada isla caribeña, la mujer se puso eufórica.

Comenzó a hacerme las preguntas que los bienintencionados habitantes de la Costa del Este les hacen a los cimarrones cubanos. Algunas de esas preguntas, por cierto, no pueden desprenderse de un aroma colonialista, racista incluso. Lo mismo es aplicable a la frase: “quiero ir a Cuba antes de que Castro muera”. Pero ese es otro tema. (Quedan invitados a leer mis libros, o mi blog, si quieren que me expanda).

Antes de que nuestra conversación se tirara en picado hacia la política, le mencioné que si estaba tan interesada en mi isla natal siempre que quisiera podría hablar con mi amigo, quien, de hecho, trabajaba con ella. Él se había mantenido silente durante el intercambio, parado justo al lado de nosotros. Yo quería enmendar la exclusión.

Lo miró de arriba abajo. Él había crecido cerca de Fenway Park. Era probablemente fanático de los Red Sox. Era blanco. No tenía en su frente un anuncio neón que lo identificaba como El Otro.

—Bueno —dijo—. Él no es un cubano de verdad.

Esto fue seguido de un incómodo viaje en elevador y una conclusión inmediata: según nuestra colega, mi amigo no existía. No era lo suficientemente cubano. Era invisible pues le faltaba esa condición cubana.

Durante las últimas cinco décadas y media, la condición cubana ha sido una prerrogativa de la familia Castro. Este linaje dinástico ha decidido quién es y quién no es cubano. Te vas de la isla: estás fuera del juego. Eres disidente: ya no puedes ser patriota. Esto es sal en la herida. Al dolor de tener a un tirano que decida por ti tu origen, tienes que añadirle el insulto de tener que escuchar de un extranjero que no eres suficientemente cubano. O que no eres cubano en absoluto.

Pero ni Castro y sus sensores ni las legiones de condescendientes y sus ideas románticas de mi tierra natal pueden definir quién soy. Soy cubano. Y cimarrón. Y apruebo este mensaje.

***

Alexis Romay
Nueva Jersey

PD: Este texto fue publicado originalmente en inglés en NBC.

Publicado en Censura, Cuba, Exilio, Insilio, Libros, Música, Viajes | Etiquetado , | 5 comentarios